La anterior entrada fue para abrir el apetito. Hoy hablaré de la parte del libro que me parece vomitiva.
Para finales de los 50 lo peor de la guerra civil había pasado. Estaba claro que el Estado central sobreviviría. En el proceso, el Ejército había ganado poder y además se había convertido en una herramienta cohesionada: durante los años del conflicto, todos los oficiales desafectos por motivos ideológicos o étnicos lo habían abandonado. En 1958, en un momento en el que la gobernante Liga Anti-Fascista por la Libertad del Pueblo se encontraba sumida en el caos como resultado de una escisión en sus filas, los militares presionaron al entonces Primer Ministro U Nu para que diese paso a un gobierno militar interino. De 1958 a 1960 los militares gobernaron el país con bastante eficacia. Posteriormente devolvieron el poder a los civiles, que volvieron a las querellas de costumbre.
El 2 de marzo de 1962 el Ejército dio un golpe de estado casi incruento, posiblemente en respuesta a los esfuerzos federalizadores del Primer Ministro U Nu. Taylor, siempre inclinado a pensar bien de los militares, cree que inicialmente los golpistas no pretendían perpetuarse en el poder. De hecho muchos en Birmania en aquellos días creyeron que estaban ante una repetición del gobierno militar interino del bienio 1958-60. Bertil Lintner, menos ingenuo, apunta en su libro “Burma in revolt” algunos indicios ominosos de que los militares habían venido para quedarse: el día del golpe asesinaron al primer Presidente del país, Sao Shwe Thaike, y en los días posteriores ejecutaron al líder shan Sao Kya Seng.
La descripción que Taylor hace del régimen militar que gobernó Birmania entre 1962 y 1988 es tan benévola que casi uno añora no haber vivido allí. Los militares trataron de implantar un sistema que mezclaba socialismo y nacionalismo y buscaba movilizar a las masas e integrarlas en el sistema. Aunque rechazasen el federalismo y la autonomía, sí que había un cierto reconocimiento de las minorías étnicas. Los militares aumentaron el gasto en educación y sanidad y los índices en ambas áreas mejoraron. En fin, que parecería que lo único que los militares estaban intentando hacer era fortalecer al Estado y educar a las masas para cuando volviera la democracia.
Lo lamento, pero me quedo con la descripción que hace Bertil Lintner de este período: “La inclusión del ideólogo furibundo Ba Nyein- y la clara deriva hacia el totalitarismo envuelto en la retórica marxista que siguió- hizo que la mayoría de los hombres de negocios extranjeros, que inicialmente habían dado la bienvenida al golpe, cambiaran de opinión sobre el gobierno militar. La estabilidad que el ejército contemplaba claramente no era para ellos. La reacción de la opinión pública al golpe y a la transformación subsiguiente del sistema político y económico de Birmania, fue de shock y cólera cuando las libertades de que habían venido disfrutando fueron severamente restringidas (…) El totalitarismo birmano había vuelto con una ferocidad sin precedentes.”
Si el gobierno militar era tan benévolo, ¿por qué los birmanos se lanzaron a la calle en 1988 para derribarlo? Para mediados de los ochenta el sistema de economía planificada implantado por los militares no daba más de sí. Los precios subieron y los niveles de vida cayeron. Taylor no menciona en esa ecuación la corrupción y los abusos de los militares; por el contrario, escribe: “Incluso los miembros de la élite militar, política y económica, que vivían en una economía oficial que había sido marcada por la austeridad y la frugalidad durante la mayor parte de la postguerra, se las arreglaban para sobrevivir únicamente gracias a la venta en el mercado negro de los pocos beneficios que recibían de los almacenes y tiendas especiales del Ejército y del Partido.” ¡Qué bonito! Birmania era una gran familia pobre, pero familia.
Taylor sí que menciona que el detonante de las manifestaciones de 1988 fue la demonetización de septiembre de 1987, apenas dos años después de la anterior. Como posibles razones para la demonetización, Taylor apunta las siguientes: un intento de controlar la inflación, retirando dinero de la circulación; confirscar las ganancias de los especuladores y quienes operaban en el mercado negro; los supuestos planes de los rebeldes de la Unión Nacional Karen de introducir millones de billetes falsos en el país. Taylor no menciona otra de las razones que se han dado: la superstición del dictador Ne Win que quiso introducir nuevos billeres de 45 y 90 kyats, aconsejado por su astrólogo, dado que el 9 era su número de la suerte.
A partir de este momento en el libro Taylor se embarca en un esfuerzo titánico para exculpar a sus amigos los generales de cualquier falta y el libro entra en los terrenos de la desfachatez desvergonzada y vomitiva.
La descripción de los acontecimientos del verano de 1988 es la siguiente: “La Administración básicamente se colapsó con el saqueo de las tiendas gubernamentales, las oficinas y las fábricas. El gobierno- a pesar de los esfuerzos del sucesor del Presidente Ne Win y del Presidente San yu, U Sein Lwin, de reafirmar la autoridad del estado por la fuerza, incluyendo disparos indiscriminados así como arrestos más calculados de líderes- resultó incapaz de parar las manifestaciones que al comienzo fueron en gran medida pacíficas y ordenadas. El saqueo y los robos aumentaron y los particulares se vieron atrapados en vendettas locales con acusaciones que terminaban en decapitaciones y otras violencias al tiempo que las instituciones públicas como las prisiones, los hospitales psiquiátricos y la policía dejaban de funcionar…” Este párrafo me parece un prodigio de manipulación. No niega que el gobierno disparó indiscriminadamente contra los manifestantes, pero presenta el caso en un contexto de descomposición de las instituciones, o sea, que se puede atribuir a policías que se sintieron desbordados. Puede que el gobierno matara a gente, pero también los propios birmanos se mataron entre ellos, así que no todos los muertos se les pueden achacar a las autoridades.
En todo caso, las autoridades, tras la dimisión de Ne Win, buscaron un compromiso y el resultado fue: “La ausencia de organizaciones efectivas y la falta de recursos favorecieron un cierto grado de faccionalismo entre los líderes políticos estudiantiles así como entre los políticos más veteranos y experimentados. La ayuda financiera y de otro tipo que recibieron de las Embajadas occidentales y la publicidad que recibieron los líderes de los medios de comunicación internacionales, les proporcionaron los incentivos para aumentar sus demandas y evitar compromisos del tipo que el Doctor Maung Maung había ofrecido. La falta de credibilidad del gobierno también implicó que cada vez fuese menos probable la posibilidad de poner fin a las manifestaciones pacíficamente ya que las reservas del Ejército estaban bajas (…) y tenían que reponerse si se quería evitar la anarquía…” Es decir: el Gobierno estaba dispuesto a llegar a compromisos pero los malvados líderes de la oposición, espoleados por los perversos diplomáticos y periodistas occidentales, se pusieron a pedir el oro y el moro. La oposición estaba llevando al país a la anarquía.
Ni tan siquiera un apologista del régimen militar como Taylor puede dejar de mencionar las masacres del verano de 1988 sobre las que la junta militar se aupó en el poder. Pero Taylor sabe cómo torcerle la mano a la verdad para que sus amigos militares no salgan demasiado mal parados: “Es imposible saber cuántos fueron matados por el ejército y la policía o por la población exaltada y grupos e individuos criminales. Uno puede encontrarse con descripciones vívidas de sangrientas masacres, pero es difícil establecer una evidencia firme sobre el número de muertos.” Ya lo tenemos: no murió tanta gente como se ha dicho y la policía y el ejército no fueron los únicos que anduvieron matando gente en esos días.
Taylor dice que la lección que el Ejército sacó de los acontecimientos del verano de 1988 fue que era la única institución capaz de mantener la unidad nacional y de evitar que el país zozobrase en la anarquía. Sólo ellos eran capaces de mantenerse por encima de las luchas partidarias. Ésta sería la base de su legitimidad. De acuerdo con el análisis, al que yo le añadiría otra cosa que se le olvida a Taylor: el Ejército que ya llevaba 20 años disfrutando de los frutos del poder, no iba a dejar tan fácilmente el chollo que tenía. Por más que Taylor haya mencionado el socialismo de Estado y el Partido del Programa Socialista Birmano que gobernó el país entre 1962 y 1988, la realidad es que detrás de esa fachada estaban Ne Win y el Ejército.
Después de haber “demostrado” que las masacres de 1988 no fueron para tanto y que la oposición mató a tanta gente como el Ejército, ponerse a convencernos de que el Ejército de verdad asumió el poder ese año con la intención de abandonarlo pronto, es un juego de niños.
“… El antagonismo tempestuoso contra el antiguo régimen expresado por los estudiantes y otros líderes políticos tras el golpe militar, así como el de los gobiernos occidentales y los medios de comunicación, y el antagonismo creciente hacia el Ejército mismo, como heredero y supuesto hombre de paja de U Ne Win se hizo palpable. El “tatmadaw”, o Ejército, anteriormente saludado como el defensor abnegado de la nación, empezó a ser descrito como el opresor de su población (…) El hecho de que muchos líderes políticos creyeran, equivocadamente o no, que el Ejército nunca tuvo la intención de respetar su compromiso de abrir el proceso político, resultó en que sus alegaciones se convirtieron en realidad.” Aquí realmente Taylor o nos cree estúpidos o nos cree estúpidos. En 1988, después de 26 años de dictadura, pocos birmanos veían al Ejército como una institución abnegada, con o sin prensa occidental malmetiendo por detrás. Si interpretamos a Taylor correctamente, resultaría que la culpa de que el Ejército no abriese el proceso político la habrían tenido los malvados políticos que dudaron de su palabra y se encontraron con una profecía autocumplida.
Resulta interesante que Taylor al hablar de este período no transcriba literalmente fuentes de la oposición. En cambio sí que introduce una cita del libro del turiferario del régimen Min Maung Maung, “El Tatmadaw y su papel de liderazgo”: “El gobierno hizo todas las concesiones menos la de entregar el poder. Los manifestantes nunca pensaron en hacer concesiones, una vez que se dieron cuenta de la debilidad del gobierno; comenzaron a pedir un gobierno provisional. Las maquinaciones exteriores afloraron abiertamente…”
Taylor también defiende al régimen militar de los abusos de Derechos Humanos o, como seguramente escribiría él de las alegaciones de supuestos abusos de Derechos Humanos: “Informes basados en casos específicos de trabajos forzados, violaciones, robo y relocalizaciones forzadas que ocurrían en medio de las campañas militares en las zonas de conflicto fueron publicados de manera que sugerían que esas cosas estaban sucediendo en todas las partes del país de manera rutinaria.” Más adelante añade: “Algunas alegaciones sin duda estaban exageradas y eran difíciles de refutar, pero había suficiente verdad en ellas como para preocupar al Ejército. Los sucesos a menudo eran repetidos en múltiples informes, hinchando su supuesta magnitud y haciendo que cada vez fuese más difícil distinguir la verdad de la ficción.” Según Taylor el gobierno no acostumbrado a la publicidad, no supo reaccionar adecuadamente más allá de negar los hechos o de afirmar que eran un asunto interno.
En 1990 los militares birmanos permitieron que hubiera elecciones. Fueron razonablemente limpias y libres. Tan limpias y libres que la Liga Nacional para la Democracia obtuvo 392 de los 485 escaños del Parlamento. El Partido de Unidad Nacional, que era el partido de los militares, sólo consiguió 10 escaños y fue derrotado incluso en circunscripciones de Rangún donde había cuarteles. Tan pronto los militares fueron conscientes de que habían sufrido una derrota abrumadora, afirmaron que las elecciones no habían sido para elegir al nuevo gobierno, sino para elegir una asamblea constituyente y que no entregarían el poder en tanto no se hubiera elaborado una nueva constitución. Taylor afirma que los militares simplemente querían seguír un proceso ordenado y legal de transferencia del poder y que la LND, con su obstinación, rompió toda posibilidad de diálogo.
Es cierto que durante 1989 los militares habían cambiado de opinión y habían advertido que las elecciones serían para elegir una asamblea constituyente. Pero también es cierto que los recelos de la LND en el sentido de que los militares nunca tuvieron la intención real de entregar el poder estaban justificados. Los militares habían dado por descontado que el Partido de Unidad Nacional ganaría las elecciones y que el proceso de elaboración de una constitución podría ser demorado de manera que la transferencia de poder se haría en los plazos y la manera que ellos quisieran. Un poco lo que han hecho quince años después con la Convención Constituyente, que arrancó en 2004 y las elecciones que tendrán lugar el año que viene. Nótese las pocas ganas que tienen de dejar el poder, que habrán necesitado seis años para elaborar una Constitución y convocar elecciones.
Taylor afirma que la LND estropeó todo el proceso porque, espoleada por Occidente (los malos de la película junto a Aung San Suu Kyi), adoptó posiciones maximalistas y no quiso negociar con los militares. En el fondo Aung San Suu Kyi se merece lo que los militares le han hecho porque es una tocapelotas y no ha cesado de hacer llamamientos al caos y la anarquía. Resulta interesante que a Taylor, que sólo encuentra palabras de elogio para el dictador Ne Win (al que continuamente se refiere añadiéndole el honorífico U, U Ne Win), le salga la vena crítica cada vez que se tiene que referir a Aung San Suu Kyi: “Su oposición implacable al turismo y a la inversión en Myanmar se extendió a un seminario de Derechos Humanos para funcionarios de Myanmar, organizado por el gobierno australiano, que consideró que estaba “mal aconsejado”. Varios miembros disidentes de la LND fueron expulsados por escribir al gobierno proponiendo negociaciones a bajo nivel para intentar romper el impasse al que se había llegado y otros altos miembros del partido, incluyendo a su ex-presidente U Kyi Maung, dimitieron en 1997 como resultado de su insatisfacción con su liderazgo y comportamiento.” Respecto a la última frase, hay que señalar que Taylor afirma en otra parte que Aung San Suu Kyi tiene un comportamiento descocado y agresivo y utiliza un lenguaje un poco chabacano, que choca a los birmanos más educados.
Describiendo lo que ha sido el gobierno militar en Birmania después de 1990, Taylor se olvida de mencionar las atrocidades cometidas en la frontera, seguramente porque las considera exageraciones. Tampoco habla de la corrupción de la cúpula del régimen y de lo conveniente que resulta trabar vínculos con los militares si se quieren hacer negocios en el país. No menciona la gran participación del Ejército en la economía y el gasto público. Ni dice que Birmania está al fondo de la tabla en todos los listados sobre desarrollo humano.
Como es posible que en este año de crisis ya se le haya acabado el dinero que le debieron de dar los militares birmanos para que escribiera el libro, le sugiero, si necesita ingresos extras, que se dirija a Kim Jong-Il. El mundo está necesitando un libro que le cuente las delicias del maravilloso régimen norcoreano y Taylor está sobradamente cualificado para escribir ese libro.