domingo, 20 de abril de 2014

La radicalización del Islam indonesio (4)


Una interpretación muy buena que he leído de los acontecimientos que llevaron a la caída de Sukarno en 1965 apunta a que desde la independencia tres fuerzas habían estado rivalizando por hacerse las riendas del país: el Ejercito, el PKI y el Islam. Sukarno había sabido manejarlas con habilidad, ganándose el título del “gran titiritero”. Sin embargo, a medida que avanzaba la década de los sesenta Sukarno empezó a apoyarse más y más en el PKI. Así se llegó a los confusos sucesos de septiembre de 1965, sobre los que todavía hoy es mucho lo que se ignora. Los sucesos de septiembre de 1965 provocaron la caída de Sukarno y una matanza de miembros del PKI, que se estima que dejó al menos medio millón de muertos. Desde aquel día el PKI dejó de ser una fuerza a tener en cuenta en Indonesia.

Suharto, el general que sucedió a Sukarno, tuvo claro que a él no le pasaría lo que a Sukarno. Estableció lo que denominó el Nuevo Orden, que consistía básicamente en que en Indonesia mandaba él y punto pelota. El Pancasila, tan vago como buenista, se convirtió en la hoja de parra ideológica del régimen. En cuanto a las dos fuerzas que habían quedado en pie tras el exterminio del PKI,- el Ejército y los militares-, Suharto se encargaría de que fuesen sumisos y obedientes. 

La reacción de los musulmanes tradicionalistas, abangan, y de los modernistas, santri, fue muy distinta. El Nahdlatul Ulama, anticomunista, ofreció en los primeros años un apoyo social muy importante al régimen. Sin embargo para finales de los sesenta empezó a ponerse pesadito con su petición de que se reinstaurase la Carta de Yakarta. Suharto quería una sociedad despolitizada y a comienzos de los setenta metería en vereda al NU.

Los musulmanes reformistas llevaron peor la llegada del Nuevo Orden. Masyumi había sido perseguida y finalmente disuelta en los últimos años de Sukarno. Los reformistas entendían que sus sacrificios merecían una recompensa. Ahora que sus rivales del PKI habían desaparecido de la escena, había llegado su momento… pero su momento no llegó. Suharto no les dio el papel preponderante que creían que les correspondía. Frustrados y a la vez alarmados por las conversiones al cristianismo, los principales líderes del partido, entre los que se contaba el más influyente de todos, Mohammed Natsir, estimaron que la vía a seguir era la de la islamización de la sociedad indonesia, antes de plantearse nuevas batallas políticas, y se dedicaron a la enseñanza y el proselitismo. El vehículo que escogieron fue el Consejo de Predicación del Islam Indonesio (Dewan Dakwah Islamiyah Indonesia-DDII). Las ideas del DDII pueden resumirse de una manera sencilla: una empanada mental. Defendían la democracia occidental frente a los estilos dirigistas de Sukarno y Suharto, los esfuerzos de los misioneros cristianos les ponían de los nervios y en términos doctrinales miraban a Oriente Medio y especialmente a Arabia Saudí. Una característica del DDII que influiría en su evolución futura fue su disposición a abrirse a las redes islamistas internacionales.

Algunos líderes se segunda fila de Masyumi optaron por mantenerse en política y crearon en 1968 Parmusi, el Partido de los Musulmanes Indonesios. Como era de esperar, Parmusi defendía el Islam reformista y abogaba por el restablecimiento de la Carta de Yakarta. Privado de líderes del prestigio de los que se habían retirado de la política, Parmusi era un tigre sin dientes ni zarpas. Llegó al extremo de dejar que a comienzos de los setenta Suharto le impusiera como líder a Mohamed Syafaat Mintaredja. Parmusi concurrió a las elecciones sin pena ni gloria y en 1973 fue uno de los partidos que Suharto forzó a unirse en el PPP.

Para comienzos de los setenta, Suharto se sintió lo suficientemente seguro como para decirles a los musulmanes indonesios cómo deberían organizarse políticamente. El remedo de democracia que se le ocurrió a Suharto se fundaba en tres partidos. En primer lugar estaba el Golkar, que era como el Movimiento Nacional del tardo-franquismo, una amalgama de altos funcionarios y paniaguados que siempre ganaba las elecciones. Frente al Golkar competían con más moral que el Alcoyano, el Partido Democrático Indonesio (PDI), que agrupaba a cinco antiguos partidos nacionalistas, y el Partido Unido del Desarrollo (PPP, según sus siglas en indonesio), nacido de la fusión a punta de bayoneta de cuatro formaciones islámicas (Nahdlatul Ulama, Parmusi, Partido de la Unión Islámica Indonesia y Movimiento Educacional Islámico). El PDI y el PPP estaban llamadas a ser meras comparsas que debían concurrir a las elecciones simplemente para que darles un poco de colorido y que nadie pudiese decir que el régimen indonesio era un régimen de partido único. Suharto fijaba sus márgenes de actuación y llamaba al orden a sus líderes si exhibían demasiada libertad de espíritu. El intervencionismo de Suharto llegó tan lejos que acabó forzando al PPP a sustituir su ideología islamista por la Pancasila y le prohibió el uso de símbolos islámicos. Hace falta un dictador para tener un partido islamista que no puede abogar por el Islam. En todo caso, si lo que quería era ponerle puertas al progreso del Islam modernista, se estaba equivocando de objetivo.


Tal vez políticamente el Islam estuviese emasculado, pero a nivel social todavía podía dar guerra. En los años setenta se marcó algunas victorias frente al régimen por la simple vía de la presión de la calle. En 1974 forzó al gobierno a dar marcha atrás en su reforma del matrimonio civil, que, entre otras cosas, iba a obligar a que los matrimonios musulmanes debieran inscribirse en el registro para ser válidos, dificultaba la poligamia y permitía los matrimonios de musulmanas con no-musulmanes. En 1978 también la presión de los grupos musulmanes logró frenar los planes del gobierno para reconocer a la espiritualidad javanesa el mismo status que a las cinco religiones reconocidas (Islam, cristianismo, budismo, hinduismo, confucianismo), así como que se prohibiera el proselitismo misionero cristiano. Dice mucho de la concepción que Suharto tenía del poder que cediera. Mientras no se atacase las bases de su poder político ni se interfiriese en sus intereses económicos, podía ceder en temas que le parecían menores.

miércoles, 16 de abril de 2014

La radicalización del Islam indonesio (3)


En noviembre de 1945 Masyumi se configuró como un partido político que defendía una democracia musulmana, no confundir con un Estado islámico. Sus principales líderes, entre los cuales se contaba Mohammad Natsir, pertenecían a la corriente modernista, pero durante los primeros años consiguieron incorporar también a elementos tradicionales.

Poco antes, en junio de 1945, cuando las derrotas japonesas ya permitían prever su retirada y con ella la proclamación de una independencia genuina, Sukarno presentó la Pancasila, los cinco principios que deberían representar la base ideológica del futuro Estado indonesio y que se introdujeron en el preámbulo de la Constitución. El Pancasila fue un golpe maestro de Sukarno que sirvió para poner las bases de un Estado laico en Indonesio. A modo de concesión a los islamistas, Sukarno aceptó que el primero de los principios fuera “la fe en un Dios”. El principio está formulado de una manera lo suficientemente neutra como para que no cupiera extraer de él la lectura de que implicaba que Indonesia sería un estado musulmán.

Bueno, el principio está formulado de una manera neutra ahora, porque el 22 de junio de 1945 la denominada Carta de Yakarta establecía como uno de los principios fundadores de la nueva república “la fe en un Dios con la obligacion para los musulmanes de practicar la ley islámica”. Esta formula de compromiso le fue impuesta a Sukarno por algunos líderes musulmanes que deseaban un mayor papel para el Islam en la futura república. La sorpresa vino cuando la nueva Constitución fue publicada el 17 de agosto de 1945 y las famosas siete palabras (en bahasa indonesia la fórmula “con la obligacion para los musulmanes de practicar la ley islámica” se expresa con siete palabras) habían desaparecido. Parece que la iniciativa de su supresión vino del Vicepresidente Hatta, que no quería alienarse a los cristianos (en torno al 10% de la población). Incluso había musulmanes que no querían la implantación de la shariah, que era a lo que parecían apuntar las siete palabras.

Muchos modernistas vieron la supresión de las siete palabras como una puñalada trapera. Hatta trató de compensarles restableciendo una idea que había figurado en los primeros borradores de la Constitución: el establecimiento de un Ministerio de Religión, que gestionaría los asuntos religiosos no sólo del Islam, sino de las otras cuatro religiones reconocidas. Los radicales tienen que les das la mano y te cogen el brazo. Los modernistas interpretaron esa concesión en el sentido de que el Ministerio estaría dirigido por un musulmán, trataría básicamente de asuntos islámicos y sería un primer paso hacia la constitución de una sociedad islámica.

El período que va de agosto de 1945, cuando Indonesia se proclamó independiente frente a un colonizador holandés que trataba de recuperar su colonia tras la derrota de los japoneses, hasta el 27 de diciembre de 1949 cuando los holandeses reconocieron oficialmente la independencia del país, es extraordinariamente complejo y difícil de resumir. En lo que se refiere al Islam indonesio, los efectos más destacados de este período fueron: 1) El PKI se radicalizó, haciendo imposible una confluencia de intereses con los elementos musulmanes más reformistas; 2)  Masyumi, bajo la batuta de Natsir, abrazó los principios democráticos occidentales y asumió la separación entre política y religión; 3) Apareció un Islam radical y violento que deseaba el establecimiento inmediato del Estado Islámico.

Y es a este Islam al que toca referirse ahora. El origen de este movimiento está en algunas milicias musulmanas que se formaron durante la ocupación japonesa. Estas milicias lucharon posteriormente contra los holandeses y en el proceso se radicalizaron, considerando su lucha anticolonial como una jihad y su objetivo el establecimiento de un Estado islámico. Su líder era Kartosuwiryo, que dio al movimiento el nombre de Darul Islam. Su base de operaciones era Java occidental, pero consiguió atraer a su órbita a movimientos afines que operaban en Aceh y el sur de Sulawesi. La captura y muerte de varios de sus líderes a comienzos de los sesenta provocó el final del movimiento. Únicamente en Aceh, el movimiento logró un acuerdo con las autoridades centrales, por el que la provincia gozaría de cierta autonomía y la shariah gozaría de un estatus especial.

Darul Islam defendía un Islam intransigente y violento muy alejado de las tradiciones indonesias. Aunque aplastado a comienzos de los sesenta, algunos veteranos supervivientes contribuirían más tarde a crear las primeras células terroristas indonesias. En todo caso, el recuerdo de Darul Islam inspiraría a los terroristas yihadistas indonesios que aparecerían a finales del siglo XX.

Los primeros años de la República de Indonesia estuvieron muy marcados por la figura de Sukarno que era uno de esos personajes que, gracias a Dios, son irrepetibles. En esos años, dos partidos islamistas, el Masyumi y el Nahdlatul Ulama (NU) lograron resultados electorales importantes, sobre todo en las elecciones de 1955 donde entre los dos acapararon el 45% de los votos. Sin embargo, divergencias sobre el papel que debería jugar el Islam impidieron que cooperaran. Además, en todo caso, quien marcaba la agenda política era Sukarno.


La cuestion religiosa en esos años pasó a un segundo plano, hasta que a Sukarno se le ocurrió que el país lo que necesitaba era una democracia dirigida y una nueva Constitución. Fue un melón que no hubiera debido abrir. La cuestión de la Carta de Yakarta reapareció con toda su virulencia. Los debates se estancaron a propósito de esa cuestión. Sukarno no conseguía la mayoría de dos tercios que necesitaba, ante la oposición intransigente de Masyumi y de NU que no aceptaban ningún arreglo que no incluyera la Carta de Yakarta. Sin embargo, Masyumi y NU no fueron capaces de atraer a otros partidos a su causa. Hastiado con la situación y sintiendo el aliento de los militares en el cogote, Sukarno acabó tirando por la calle de enmedio: el 5 de julio de 1959 restableció la Constitución de 1945.

domingo, 13 de abril de 2014

La radicalización del Islam indonesio (2)



La Muhammadiya fue fundada en 1912 por Kyai Haji Ahmad Dahlan. Dahlan pertenecía al establishment religioso de Yogyakarta y había estudiado en La Meca, donde había absorbido el pensamiento reformista. Con Dahlan la Muhammadiyah centró sus esfuerzos en la educación y la asistencia social y trató de contrarrestar los esfuerzos de los misioneros cristianos y de purificar al Islam indonesio de las “supersticiones” que le habían penetrado. Desde el inicio hubo lazos estrechos entre la Muhammadiyah y el Sarekat Islam, habiendo personas que eran simultáneamente miembros de ambas. La escisión del Sarekat Islam y la salida de sus elementos más radicales favoreció un acercamiento aún más estrecho entre ambas asociaciones.

La Muhammadiyah, que ha perdurado hasta nuestros días, se define en la actualidad como una organización puritana y rigorista, que tiene el Corán como base, pero tolerante. Afirman que los Hermanos Musulmanes no son su modelo y que se sienten más próximos al tradicionalistas Nahdlatul Ulama. Aceptan sin problemas la laicidad del Estado y no buscan crear un Estado islámico.

En 1923 apareció otro movimiento islámico un poco más fundamentalista: la Unión Musulmana (Persatuan Islam o Persis). Los fundadores de Persis habían recibido influencia del exterior, que les había llegado sobre todo por vía de Singapur. Los principales eran Haji Muhammad Yunus, Ahmad Hassan y Haji Zamzam. Desde el comienzo defendieron tesis fundamentalistas: había que volver al Islam original lo que implicaba una lectura literal del Corán y el rechazo de cualesquiera elementos indígenas que se le hubieran incorporado. Su rechazo alcanzaba incluso al sufismo, muy influyente en el Islam tradicional indonesio. Persis nunca fue un movimiento mayoritario, pero constituiría un precedente a tener en cuenta por los elementos más radicales del Islam indonesio.

Por cierto que la emergencia de grupos que defendían un Islam reformista acabó provocando que los tradicionalistas organizaran su propia asociación. En 1926 fue fundado el Nahdlatul Ulama por líderes tradicionales que seguían la escuela shafi’i, encabezados por Kyai Haji Hasjim Asjari. Estos líderes veían cómo estaban siendo cogidos por una pinza. De un lado estaban los movimientos reformistas que despreciaban e ignoraban el Islam tradicional indonesio. De otro, estaban el PKI y otros elementos afines que, aun teniendo un carácter más javanés, no tenían el Islam en el centro de su ideología (bueno, ni tan siquiera en la periferia). El Nahdlatul Ulama fue, pues, la manera de hacerse oír de los ulemas tradicionales. Aunque los vientos reformistas no dejaron de alcanzarles y también ellos abogaron por la erradicación de algunas de las prácticas más heterodoxas del Islam indonesio.

La década de los treinta fue la época de las querellas y los personalismos, que acababan provocando las escisiones y la creación de grupúsculos efímeros. Política y religión, modernismo, tradicionalismo, radicalismo y nacionalismo, Indonesia estaba en efervescencia. De todas estas corrientes, fue la nacionalista la más poderosa y Sukarno el líder que la encarnó.

El surgimiento de un nacionalismo laico levantó ronchas entre algunos líderes musulmanes, especialmente entre los más imbuídos de modernismo. Estos líderes estimaban que el nacionalismo era una invención humana, un falso ídolo que hacía competencia al único Dios. Además podían argüír que el nacionalismo era una importación del imperialismo occidental y que el ideal a defender era la unidad de la Ummah musulmana.

No obstante, por esas fechas ya hubo musulmanes reformistas que se dieron cuenta de que la Ummah y el califato pertenecían al pasado, que la vía del futuro era la de aunar Islam y nacionalismo. Varios minangkabaus que habían estudiado en Oriente Medio, encabezados por Iljas Jacub y Muchtar Lufti, se hicieron a comienzos de los 30 con la asociación Permi (Persatuan Muslim Indonesia- Unión de Musulmanes Indonesios) cuyo eslogan fue Islam y nacionalidad.

Para finales de los 30, los islamistas se dieron cuenta de que la fuerza en auge era el nacionalismo y que ellos y sus querellas se estaban quedando al margen. Asi se produjo un acercamiento. Los modernistas aceptaron que la reforma del Islam indonesio no se produciría de un día para otro y los tradicionalistas reconocieron que debían de introducir algunas reformas como programas reglados en sus escuelas. En septiembre de 1937 la Muhammadiyah y el Nahdlatul Ulama crearon el Consejo Supremo Islámico de Indonesia (Majlis Islam A’laa Indonesia- MIAI), al que se acabarían adhiriendo prácticamente todas las demás asociaciones musulmanas. La MIAI funcionó básicamente como un foro de discusión y ayudó a mantener abiertos los canales de comunicación entre los diferentes grupos.

En 1942 los japoneses invadieron Indonesia y pronto vieron el papel que el Islam podía jugar en su acercamiento al pueblo indonesio y en la erradicación de todos los vestigios del colonialismo. Así la administración japonesa invitó a Yakarta a representantes de los kyai (maestros musulmanes rurales) y empezó a favorecerlos. En 1943 forzaron a todas las organizaciones musulmanas a unirse en el Consejo Consultivo de los Musulmanes de Indonesia (Majlis Syuro Muslimin Indonesia- Masyumi) y fomentaron la creación de milicias musulmanas hizbullah. El Islam se vio así atribuido un papel político y hasta militar que nunca antes había tenido en el país.

Mientras que los kyais se dejaron querer por los japoneses, los reformistas y los musulmanes urbanos no cayeron en la trampa. Para ellos, los japoneses eran igual de infieles que los aliados y algunas de las medidas que trataron de introducir como la de la obligación inclinarse en dirección a Tokio como gesto de respeto al Emperador, les rechinaron fuertemente.


En 1945 los japoneses abandonaron Indonesia, pero durante sus tres años de ocupación habían desatado una serie de fuerzas que los colonizadores holandeses descubrirían que no podían devolver a sus botellas. Entre otras, el Islam, que se había revelado como una fuerza política, ya no querría abandonar ese terreno de acción.

viernes, 11 de abril de 2014

La radicalización del Islam indonesio (1)


(Cuando empecé a escribir esta entrada no me imaginé que me costaría tanto trabajo ni me saldría tan larga. A medida que la escribía he ido descubriendo lo compleja que ha sido la historia del Islam indonesio en el siglo XX y lo que llevamos de siglo XXI.

Reconozco que no es el tipo de entrada acabada que me hubiera gustado escribir, pero la riqueza del tema me ha superado. Antes que nada quiero advertir las carencias de la entrada. La primera, que hice ex profeso, es dejar de lado lo relativo al Islam tradicionalista. El Nahdlatul Ulama y Abdurrahman Wahid han sido muy importantes en el Islam indonesio, pero yo quería centrarme en el Islam reformista, que miraba hacia Oriente Medio y quería “purificar” el Islam tradicional indonesio. Tampoco he puesto nada sobre Aceh. Aceh fue capital de un poderoso estado mercantil en los siglos XVII y XVIII y allí desde siempre se cultivó un Islam más próximo a los modelos medioorientales. Aceh tiene una problemática propia y hubiera merecido una entrada sólo para ella. No descarto escribirla un día.

En fin que considero esta entrada más un acicate para seguir profundizando en el tema, que algo perfectamente acabado).

La islamización de Indonesia se inicia en el siglo XIII, aunque ya desde mucho antes comerciantes musulmanes se habían instalado en el país y se habían casado con mujeres nativas. La islamización comenzó en el norte de Sumatra y para el siglo XIV algunos miembros de la nobleza javanesa y Brunei también se habían convertido. No sería hasta el siglo XVI que el Islam realmente se convertiría en la religión de Indonesia.

La islamización de Indonesia fue paulatina y sin violencia y es un proceso sobre el cual existen muchas lagunas históricas. Fue, por lo general, un proceso de arriba hacia abajo. El raja era convertido por algún comerciante o, más probablemente, por un maestro sufí, y a partir de la corte el islam iba difundiéndose hacia el pueblo. A diferencia de lo que ocurriría en la Malasia peninsular o en Aceh, en el norte de Sumatra, el Islam indonesio sería un Islam heterodoxo, que integraría sin dificultad tradiciones del reciente pasado hindu-budhista.

A partir de finales del siglo XIX el Islam indonesio comenzaría a recibir una serie de embates que pondrían a algunos de los nervios y les dirigirían hacia nuevos caminos. Los holandeses tradicionalmente habían sido indiferentes en cuanto a la religión de los colonizados: mientras fuesen rentables, se la sudaba a qué Dios adoraran. Sin embargo, a finales del siglo XIX, su actitud cambió y empezaron a permitir e incluso a promover la acción de los misioneros protestantes. Al mismo tiempo, algunos priyayi (nobles) en Java abrazaron con entusiasmo la educación moderna europea y comenzaron a cuestionar el Islam. Un ejemplo de esa línea de pensamiento que, sin embargo, nunca fue mayoritaria, fue “Babad Kedhiri” de 1873, que describe la caída del último gran reino no musulmán de Indonesia, el de Majapahit, en tonos que no dejan en buen lugar a los musulmanes.

Como en otros países, el impacto de la modernidad y el peso de la explotación colonial fue haciéndose más pesado y generando un naciente nacionalismo. En los países musulmanes esto se tradujo en la pregunta angustiosa de cómo era posible que el mundo musulmán hubiera sido adelantado por Occidente y cómo podía reformarse el Islam para recuperar su superioridad perdida. Fue así cómo en Egipto y otras regiones de Oriente Medio pensadores como Muhammad Abdu o Rachid Rida comenzaron a elaborar fórmulas para la reforma del Islam y el retorno a las esencias, que acabarían difundiéndose por todo el mundo musulmán.

El Islam reformista entró en Indonesia por vía de Singapur, que era el puerto de tránsito preferido por aquellos indonesios que hacían el hajj. En Singapur había comunidades árabes y de musulmanes indios que estaban en estrecho contacto con Oriente Medio y estaban al cabo de la calle de las nuevas corrientes de pensamiento que se estaban desarrollando allí. Esas comunidades, además, utilizaban el bahasa malayo, muy semejante al bahasa indonesio, para difundir sus ideas.

La primera asociación de musulmanes modernistas que apareció en Indonesia fue la Jami’iyyah Khayr (“Sociedad benevolente”) creada en Batavia la actual Yakarta) por hadramíes, esto es, descendientes de árabes venidos de Hadramut. La Jami’iyyah Khayr abrió escuelas que, siguiendo el modelo holandés, formaban a los alumnos en materias útiles para el mundo moderno.La sociedad se trajo a algunos profesores de Oriente Medio que estaban imbuidos del pensamiento reformista. Es posible que estos profesores trajeran más ideas modernistas de las que habían pensado los promotores.

También fueron hadramíes los que estuvieron detrás de la creación de Al-Irsyad, fundada en 1913 para abogar por la introducción de la shariah y la constitución de un estado islámico. La asociación también buscaba difundir la educación islámica.


Más importante que las anteriores de cara al futuro fue Sarekat Dagang Islam, la Unión de Comerciantes Musulmanes, creada en 1912 como una sociación de ayuda mutua. Pronto la asociación, redenominada como Sarekat Islam, amplio su radio de acción a toda la comunidad musulmana indonesia y amplió el ámbito de sus intereses a los temas sociales y políticos. Sus principales inspiradores fueron Hadji Omar Said Tjokroaminoto, que acabaría adoptando posturas radicales que le llevarían al PKI, y Hadji Agus Salim La influencia del socialismo y hasta del marxismo, fue creciendo en su seno, hasta que en 1921 se produjo una escisión: los elementos más radicales se pasaron al naciente Partido Comunista de Indonesia (PKI), mientras que el resto se aproximaba a la Muhammadiya. Por cierto que junto con los más influidos por el marxismo se fueron también los menos influidos por el movimiento reformista. El marxismo para penetrar en el Sarekat Islam se había javanizado y había esgrimido la bandera del Islam abangan, esto es, del Islam más imbuído de las tradiciones javanesas. 

miércoles, 9 de abril de 2014

El General que perdió Vietnam



Lewis Sorley subtituló su biografía del General Westmoreland como “El General que perdió Vietnam”. El subtítulo no puede ser más apropiado. Westmoreland dirigió entre junio de 1964 y junio de 1968 el Mando de Asistencia Militar a Vietnam (MACV). Cuando asumió el mando, la opinión pública norteamericana todavía no estaba hastiada de la guerra de Vietnam y las protestas contra ella aún no eran masivas. La economía era próspera y habia recursos suficientes para hacer frente a la guerra. La República de Vietnam del Sur ya había dado muestras de que no era ningún prodigio de estabilidad política, pero sus élites y sus tropas aún no se habían dejado ganar por la desmoralización. Contaba con la confianza del Presidente Johnson, que había dejado la conducción de la guerra en buena medida en manos de la Junta de Jefes de Estado Mayor. Una medida de esta confianza es que el Gobierno norteamericano puso a disposicion de Westmoreland casi todos los recursos que éste le pidió. Cuando llegó a Vietnam, en el país había unos 2.000 norteamericanos en tareas de asesoramiento a las FFAA y en la realización de operaciones encubiertas. Cuando se fue EEUU tenía sobre el terreno medio millón de hombres combatiendo sobre el terreno y sus aviones hacían 400.000 salidas anuales. Y a Westmoreland todavía le parecía poco.

En 1964 Westmoreland podía parecer una opción evidente para dirigir el esfuerzo bélico en Vietnam. Su curriculum era notable. Había sido uno de los cadetes más brillantes de su promoción en West Point. Se había desempeñado bien en la II Guerra Mundial y el la Guerra de Corea, ganándose la fama de un jefe firme, que se preocupaba por sus hombres y en quien se podía confiar. Otras cosas que Westmoreland tenía a su favor eran: un físico envidiable e imponente (aún somos tan cromañones que cosas como ésa influyen nuestros procesos de selección, aunque estemos buscando a un físico nuclear); una esposa hermosa y con encanto, Katherine Van Deusen, con gran habilidad social y bastante más inteligente que él; una disposición natural a llevarse bien con los superiores (vale, lo diré, era un poco lameculos).

Sin embargo, durante su mando en Vietnam serían sus carencias las que saldrían a la luz. La primera es que las ideas estratégicas de Westmoreland se habían quedado detenidas en la II Guerra Mundial, donde combatió en la artillería. Para él todo se resumía en una cuestión de potencia de fuego; el que tenga más cañones gana. Westmoreland no era un intelectual, no le gustaban ni leer ni estudiar. Simplemente no se preocupó por ponerse al día sobre los cambios estratégicos y operativos ni en aprender sobre las operaciones de contrainsurgencia. En resumen, Westmoreland estuvo luchando todo el rato en Vietnam la guerra equivocada.

En relación con lo anterior, muchos de sus subordinados han apuntado a que parecía tener problemas para entender problemas complejos. Uno comenzaba a explicarle una situación un poco complicada y enseguida sentía que le había perdido. Y cuando Westmoreland sacaba sus conclusiones de lo que se le había explicado, uno comprendía que efectivamente no se había enterado de nada.

Lo anterior se traducía en una falta de flexibilidad. Westmoreland era incapaz de cambiar sus planteamientos para adaptarlos a una situación cambiante. Si sus ideas no funcionaban, optaba por no ver la realidad y venderles a sus jefes que estaba haciendo progresos. Como eso era lo que sus jefes querían oír, hasta la Ofensiva Tet todo funcionó a las mil maravillas.

Un ejemplo de lo anterior ocurrió cuando el Informe Periódico de Inteligencia del MACV de enero de 1967 mostró que en el año anterior el enemigo había tomado de manera creciente la iniciativa. Los combates iniciados por iniciativa del enemigo se habían multiplicado por 1,5/2 en relación a comienzos de 1966. Eso no cuadraba con lo que Westmoreland y Johnson estaban vendiendo a la opinión pública de que a los norvietnamitas les estaban dando a base de bien. ¿Qué hizo Westmoreland? Ordenó a su equipo que redefiniera lo que se consideraría como operación iniciada por el enemigo. Con un pequeño cambio semántico, habían mejorado las estadísticas. Lástima que la realidad sea mucho más que números.

Westmoreland abordó la Guerra de Vietnam como si se tratase de la II Guerra Mundial con vietnamitas en lugar de con alemanes. Dado que él tenía más cañones, más aviones y más tanques que el enemigo, todo consistía en abrumarle con su potencia de fuego. Sin embargo, salvo en Ia Drang, los norvietnamitas rehuyeron las batallas campales, aquéllas en las que la superioridad de fuego norteamericana habría sido decisiva.

Westmoreland consideró que la manera de ganar la guerra era mediante el desgaste del enemigo. Según sus cálculos, por cada norteamericano que caía, morían diez vietnamitas. Por consiguiente todo consistía en alcanzar el punto de inflexión, aquel momento en el que los norvietnamitas estuvieran perdiendo más hombres de los que pudieran reemplazar.

En teoría, el plantamiento podía hasta resultar atractivo. En la práctica no funcionó. Vietnam del Norte estaba dispuesto a aceptar un nivel de bajas muy elevado para conseguir sus objetivos, mientras que la tolerancia norteamericana a las bajas era muy reducida, muchísimo más que en la II Guerra Mundial o en la Guerra de Corea.

Westmoreland nunca entendió la naturaleza política de la guerra que estaba combatiendo. Como en la II Guerra Mundial, todo consistía en matar enemigos y ocupar territorio. Se le escapó que en esa guerra la ideología era importante y que, en terminología de otros más avispados que él, había que conquistar las cabezas y los corazones de los vietnamitas.

Por una mezcla de arrogancia, desprecio racial e incomprensión de la verdadera naturaleza de la guerra, Westmoreland no prestó la atención debida a sus aliados survietnamitas. Americanizó la guerra. No quiso dotarles de los armamentos más modernos que iban llegando. No confió en ellos. Como mucho eran comparsas de los norteamericanos que eran quienes iban a ganar la guerra.

En 1967 la Administración Johnson lanzó lo que se denominó la “Ofensiva del Progreso” (“Progress Offensive”). Se trataba de convencer al pueblo norteamericano de que la guerra de Vietnam se estaba ganando. Westmoreland, con su gusto por las relaciones públicas y su adulación al poder, se prestó encantado a la operación. Viajó a Washington y allí dijo una de sus mentiras más gordas (lo que es mucho decir, ya que su carrera en Vietnam y después estuvo trufada de mentiras): afirmó que en marzo se había alcanzado el famoso punto de inflexión en el que los norteamericanos estaban matando más enemigos de los que éstos podían reemplazar. Intervino ante una Sesión Conjunta del Congreso y el Senado y afirmó sin pestañear que estaba aplicando la estrategia adecuada y que estaba teniendo resultado. Su intervención fue muy aplaudida. Fue el punto álgido de su carrera. A partir de ahí las cosas se torcieron.

En julio el Secretario de Defensa, McNamara, visitó Vietnam y ocurrieron dos sucesos importantes. El primero fue que, en el curso de las presentaciones que le hicieron, McNamara se dio cuenta de que era mentira que hubiesen alcanzado el punto de inflexión. Al contrario: los números mostraban que el enemigo había incrementado el número de combatientes sustancialmente. El segundo fue que en el curso de una rueda de prensa, McNamara dijo que si Westmoreland le pedía más hombres, se los daría… a condición de que mostrase que estaba utilizando eficazmente los que ya tenía. Fue la primera vez que la Administración le desautorizó en público.

Irónicamente la desautorización por McNamara posiblemente hiciera que Westmoreland continuase al frente del MACV un año más. En mayo el General Creighton Abrams había llegado a Vietnam como número dos del MACV, con la idea de que reemplazaría a Wesmoreland en el verano. Tras las declaraciones de McNamara en julio, cesar a Westmoreland habría sido como abofetearlo y reconocer que las cosas no estaban tan bien como decía la Administración. Por otra parte, la oposición a la guerra iba aumentando y Westmoreland había demostrado que se plegaba bien a los deseos de la Administración de contar con pronunciamientos optimistas sobre la guerra. Westmoreland podía ser un General incompetente, pero era el tipo de relaciones públicas que necesitaba la Administración del Presidente Johnson.

En su momento Westmoreland pudo pensar que la extensión de su mando había sido una suerte. A la larga resultó un desastre. Si hubiera salido del país en agosto de 1967, como se esperaba, habría pasado a la Historia como uno de los generales que estuvo al frente del MACV y punto. El retraso de casi un año en su salida hizo que pasase a la Historia como “el General que perdió Vietnam”.

El primer error que cometió en ese año extra fue dejar que a finales de 1967 los norvietnamitas le arrastraran a la batalla de Khe Sanh. Khe Sanh era una base difícilmente defendible al norte de Vietnam del Sur, muy cerca de la frontera con Laos. Aunque representaba más una carga que una baza, Westmoreland quería mantenerla porque confiaba en utilizarla un día como trampolín para atacar la ruta Ho Chi Minh. Cuando los norvietnamitas amenazaron Khe Sanh, Westmoreland no dudó un momento en utilizar todos sus recursos para defenderla. A Westmoreland no se le ocurrió pensar que tal vez los norvietnamitas lo que querían era distraer su atención, que dirigiera sus tropas a una zona selvática remota, mientras ellos preparaban su Ofensiva Tet.

La noche del 29 al 30 de enero de 1968 el Ejército norvietnamita y el Vietcong atacaron hasta cuarenta poblaciones de Vietnam del Sur. La idea era provocar un levantamiento popular que derribaría al Gobierno de Vietnam del Sur. A Westmoreland el ataque le pilló en bragas. No lo había visto venir. Peor que eso, cuarenta y ocho horas después del inicio de la ofensiva, aún seguía afirmando que era una maniobra de distracción para despistarle del verdadero objetivo norvietnamita, que era Khe Sanh.

En términos estrictamente militares, la ofensiva Tet fue un fracaso para los norvietnamitas. No consiguieron sus objetivos estratégicos (no lograron conservar ninguna de las ciudades que atacaron y que en algunos casos conquistaron) ni políticos (no hubo levantamiento popular antigubernamental) y las fuerzas del Vietcong fueron diezmadas. Sin embargo, la ofensiva Tet representó un gran éxito político y supuso un punto de inflexión en la guerra. La ofensiva mostró a los norteamericanos la determinación norvietnamita en llevar la guerra hasta el final.

Uno de los elementos que contribuyó a la victoria mediática y política norvietnamita fue… el General Westmoreland. Pocos meses antes de la ofensiva había asegurado con convicción que la luz ya se veía al final del túnel. Sí, pero era la luz de los morteros norvietnamitas. Westmoreland quedó tan desprestigiado que, cuando dijo la verdad al final de la ofensiva de que los norvietnamitas habían sido derrotados, nadie le creyó.


En abril de 1968 Westmoreland entregó el mando del MACV. Se pasaría los 37 años de vida que le quedaban obsesionado por Vietnam. No pararía de dar conferencias y escribir libros y artículos en los que afirmaría una y otra vez que no se equivocó, que si no logró la victoria fue porque no le pusieron a su disposición los medios que hubiera requerido. Sus libros y artículos sobre Vietnam son un ejercicio magistral de medias verdades y distorsiones. Tanto que al final más que indignar resultan patéticos. Uno puede ver tras ellos la desesperación de un hombre que sabía que la Historia le juzgaría por su fracaso en Vietnam y que el juicio no sería benévolo. Y así fue.

lunes, 7 de abril de 2014

Una falacia


Los economistas han intentado convencernos de que lo suyo era una ciencia con todas las de la ley. Los economistas neoliberales fueron incluso más lejos. Un astrónomo te puede predecir un eclipse de sol. Vale, pero eso es una minucia comparado con lo que hace un economista neoliberal que no sólo te predice la crisis, sino que incluso te la evita. ¡A ver qué astrónomo es capaz de impedir un eclipse de sol!

Luego vino la crisis de 2007 y resultó que los economistas no sólo no la habían sabido impedir sino que ni tan siquiera la vieron venir. Que siete años después, los economistas sigan pontificando como si en 2007 no la hubieran cagado con música y honores sólo prueba que la economía no es una ciencia, sino que se asemeja más a la teología.

Me explico. Si un astrónomo predice un eclipse y éste no se produce, lo primero que hace es revisar sus cálculos. Si no detecta un error en ellos, empieza a pensar que tal vez su modelo de explicación de los eclipses no refleje fielmente la realidad y necesite cambios. Si un economista ve que se produce una crisis que no había previsto, no asume que su modelo se haya equivocado. Explicará más bien porqué su modelo falló en explicar esa crisis tan singular que nadie vio venir, hasta que nos convenza de que es la realidad la que se equivocó. Y puede hacer eso con éxito porque el economista del siglo XXI no es un científico, sino un teólogo. Te coloca cuatro falacias, digo, dogmas, te dice que son hechos científicos y ya pueden venir crisis. Ha conseguido que el pensamiento científico-racional descarrile y lo reemplace la fe.

Veamos, uno de esos dogmas era el que decía que el crecimiento económico es como la marea, que levanta a todos los barcos por igual. Sí, el petrolero seguirá estando mucho más arriba que la barquita del pescador, pero lo importante es que ambos habrán subido. La imagen es tan bonita que resulta difícil olvidarse que no deja de ser una imagen. Otra cosa es que la realidad la afirme o la desmienta.

Tomemos el caso de Filipinas y veamos lo que hizo la marea con sus barquitos.

Durante los cuatro años que llevamos de Administración del Presidente Aquino Filipinas ha conocido una tasa de crecimiento notable: más del 6% anual, salvo en 2011 que tropezó y se quedó en el 3,6%. Entre 2009 y 2012 la proporción de gente viviendo en la pobreza pasó del 26,3% al 25,2%. Incluso “The Economist Intelligence Unit” que es de donde saco ese dato y que no destaca por su conciencia social, reconoce que es una mejora muy débil para unos años de crecimiento tan fulgurante. Se me dan fatal las matemáticas, pero a ese ritmo simplemente para alcanzar el 21,6% de pobreza que España tuvo en 2013, Filipinas necesitaría ponerse a crecer al 10% anual durante una década. Y ya puestos pedirles a los Reyes Magos que todos los filipinos midan metro ochenta y cinco y se parezcan a Brad Pitt.

Una pequeña comparación mostrará lo ridículos que son los resultados obtenidos por Filipinas en la reducción de la pobreza. Las tasas de crecimiento de España entre 2008 y 2011 fueron: + 0’9% (2008); -3,8% (2009); -0,2% (2010); + 0,1% (2011). Como vemos proporcionalmente la economía española no se movió tanto como la filipina. Pues bien, esos pequeños cambios hicieron que la pobreza aumentase en España un 8% entre 2008 y 2011, según el informe “Desarrollo Humano y pobreza en España y sus comunidades autónomas” de la Fundación Bancaja y del Instituto Valenciano de Investigaciones Económicas.

Resultaría interesante cómo ha evolucionado el Coeficiente Gini, que mide las desigualdades en la distribución de la riqueza, en Filipinas desde 2010. Busqué en la página del Banco Mundial y me encontré con la sorpresa de que la última vez que lo midió en Filipinas fue en 2009. A ver, hay magnitudes macroeconómicas mucho más chorras que las miden trimestralmente y una tan interesante como la del Coeficiente Gini se les pasa…

Lo del Coeficiente Gini tiene su miga, porque me trae a la memoria otra falacia. Esto es lo que tiene la economía, sobre todo en su vertiente neoliberal, uno se pone a escribir sobre una de sus falacias y acaba escribiendo sobre dos o tres. Esta falacia consiste en afirmar que la riqueza de unos pocos acaba repercutiendo en bien de todos, porque esos pocos ricos acabarán creando puestos de trabajo. Al que le interese el tema le recomiendo ¿La riqueza de unos pocos nos beneficia a todos?” de Zygmunt Bauman que derriba esa falacia mucho mejor de lo que yo sabría hacer.

Y ya puestos a desmontar falacias, me despido con otra recomendación: “El capital en el siglo XXI” en el que el Profesor Thomas Piketty desmonta la creencia de que los mercados libres nos harán a todos más prósperos. Después de haber estudiado la cuestión, Piketty llega a la conclusión de que las rentas de capital siempre crecen más que las de los salarios, a menos que el Estado intervenga para corregirlo. A largo plazo es que vía reinversión y herencias, la riqueza va concentrándose más y más en unas pocas manos.

Empecé comparando la economía con la teología y me equivoqué, rebatir dogmas como el de la asunción de María a los cielos en cuerpo y alma me parece bastante más difícil que rebatir las afirmaciones de cualquier economista neoliberal al uso.




miércoles, 2 de abril de 2014

Entre ulemas y erdoganes (4)


Y en esto llegó el 11 de septiembre de 2001, que Mahathir supo manejar con gran habilidad. El 2 de octubre de 2001 Malasia declaró ante la Asamblea General de NNUU que condenaba el terrorismo en todas sus formas y manifestaciones. Aparentemente se situaba entre los aliados incondicionales de EEUU, pero en los meses siguientes Mahathir supo posicionarse de tal manera que, sin poner en duda la alianza con EEUU, se permitía críticas sobre la manera en que EEUU estaba llevando a cabo la campaña contra el terrorismo en Afghanistán e Iraq y sobre la falta de avances en el Proceso de Paz de Oriente Medio.

El 11-S también le sirvió a Mahathir para reforzar el control estatal sobre los centros educativos islámicos y para proyectar la imagen de que había un Islam bueno, pacífico y civilizatorio, que era el que promovía UMNO y otro malo, violento y radical, que era el que defendían todos los demás, PAS incluido. Yendo más lejos todavía, Mahathir trató de encontrar vínculos entre el PAS y la Jama’ah Islamiyyah. El PAS reaccionó con enorme torpeza y le hizo el juego a Mahathir cuando organizó manifestaciones anti-norteamericanas y mostró su apoyo al gobierno de los talibanes. Nunca he entendido bien lo que buscaba el PAS con una estrategia tan torpe. Si lo que quería era galvanizar al votante musulmán malayo y que abandonara en masa al UMNO, se equivocó de parte a parte. En unas pocas semanas echó por la borda todo el trabajo realizado por Fadzil Noor para dar un rostro moderado al PAS. Y, para colmo, Fadzil Noor, tal vez el único líder que hubiera podido reconducir la situación, murió en junio de 2002 tras haber sido intervenido del corazón.

Los errores cometidos le pasaron factura en las elecciones generales de 2004. El PAS perdió 20 escaños, quedando reducido a siete de los 219 escaños de la cámara, y perdió también el estado de Terengganu. El PAS había conseguido asustar a los malasios no musulmanes e incluso a muchos musulmanos moderados.

El liderazgo del PAS aprendió la lección. Nuevamente el establecimiento de un Estado Islámico quedó relegado en la agenda del partido y las cuestiones sociales y de justicia social pasaron al frente con un puntito de populismo. Así, el programa electoral incluyó promesas como la educación gratuita, el acceso gratuito al agua y gasolina barata. El PAS también defendió una política fiscal progresiva. Incluso en un guiño al electorado no-malayo hizo alguna alusión a la meritocracia. En este lavado de imagen su aliado Anwar Ibrahim, líder del Partido Keadilan, también le echó alguna mano, al afirmar que tampoco había que tomarse tan en serio la imagen de islamistas furibundos del PAS.

Las elecciones de 2008 fueron una repetición ampliada de las de 1999. Se vio que los buenos resultados de la coalición gobernante del Barisan Nasional en 2004 habían sido coyunturales y que la tendencia era a la baja. Por primera vez el Barisan Nasional no consiguió hacerse con los dos tercios de los escaños de la Cámara. El PAS conquistó 23 escaños, 16 más que en las anteriores elecciones, pero siguió moviéndose en porcentajes de voto en torno al 15%. Insuficiente para convertirse en una alternativa seria o reclamar el liderazgo de la coalición opositora del Pakatan Rakiat. Como compensación conservó el estado de Kelantan y recuperó el de Terengganu.

Describir la evolución del PAS en los casi seis años transcurridos desde las elecciones de 2008, resulta complicado. Una manera de contarlo sería que en este período el partido se ha debatido entre los erdoganes (los reformistas) y los ulemas (los conservadores). Los primeros entienden que la sociedad malasia ha cambiado y que el PAS nunca conquistará el Gobierno sin el apoyo de los no-malayos e incluso de los malayos musulmanes tibios y para ello debe renunciar a colocar en primer término su reivindicación de un Estado islámico. El lema defendido por esta corriente es “PAS for all” = “PAS para todos” que parece sacado de un anuncio de seguros de vida y trata de lograr la cuadratura del círculo, haciendo que un partido que nació pensando en los malayos musulmanes y campesinos pueda resultar atractivo al resto de la sociedad. Los ulemas, por su parte, no quieren entender que la sociedad ha cambiado e incluso la noción de un malayo que no abrace el Islam con entusiasmo se les atraganta. En el fondo los ulemas siguen pensando en los mismos términos que Yusof Rawa en los ochenta.

El congreso que el PAS celebró en junio de 2011 fue visto por algunos como el congreso de la renovación. Por primera vez el partido no escogió a un ulema como su vicepresidente, si no a un político normal, Mat Sabu, y además aupó a una serie de políticos erdoganes a posiciones de liderazgo. Esta nueva generación de políticos mostró que el terreno donde el PAS debía ganar las elecciones era el de la lucha contra la corrupción de UMNO y los proyectos publicos dispendiosos, así como en el de las políticas sociales
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Esto habría estado muy bien si poco después Mat Sabu no hubiera tenido una de esas meteduras de pata que hacen historia, al afirmar que, en el incidente del ataque de la guerrilla comunista a la estación de Bukit Kepong en el que 26 policías malasios murieron defendiéndola junto a soldados británicos, los verdaderos héroes habían sido los atacantes comunistas. Para contrarrestar esa metedura de pata que sentó muy mal en muchos sectores, el líder espiritual del PASA, que además era el Primer Ministro de Kelantan, Nik Abdul Aziz, aumentó el envite y en septiembre de 2011 anunció que su intención era instaurar un Estado islámico, así como la ley penal islámica, el hudud.

Los meses sucesivos probarían que el problema no consistía en que a los líderes del partido se les calentara la boca con excesiva facilidad, sino en que ninguna de las dos alas del partido quería dar su brazo a torcer y por no coincidir no coincidían ni en el curso que estaba tomando el electorado malasio.

Los ulemas, en particular, creían que lo del “PAS for all” era una inmensa chorrada que estaba haciendo que perdiesen votos de malayos musulmanes sin ganar a cambio votos de los no-malayos. En su opinión, el PAS no debía perder su norte que todo el rato había sido el establecimiento de un Estado islámico. En sus críticos a los erdoganes los ulemas recibieron el inestimable apoyo de las juventudes del partido, que entre campaña para condenar la fiesta de San Valentín (sí, es una horterada, pero de eso a prohibirla…) y oposición a la celebración de conciertos de rock, encontraron tiempo para defender que el objetivo del partido debía de ser la islamización del país.

Lo que unos y otros no advertían es que aireando tantos desacuerdos estaban cabreando a sus socios de coalición, inquietando al electorado no-malayo y decepcionando al electorado musulmán conservador. Las elecciones de mayo de 2013 pondrían de manifiesto los resultados de estas equivocaciones. El Barisan Nasional obtuvo los peores resultados de su Historia, pero el PAS no se benefició de esto: perdió dos escaños y su porcentaje de votos se mantuvo en el 14’5%, igual que cinco años antes. Peor todavía, el UMNO que fue el partido que obtuvo mejores resultados en la coalición gobernante, los consiguió gracias a que se atrajo a parte de la población malaya musulmana rural, la base electoral tradicional del PAS.

Los resultados electorales representaron una dura decepción para el partido y empezaron a llover los capones, sobre todo en dirección al sector erdogan al que se acusó de haber provocado la derrota con sus políticas que les habían alienado las simpatías de su base electoral tradicional. En noviembre de 2013 el PAS celebró su congreso y allí el grupo ulema, apoyado por buena parte de las juventudes del partido, intentó barrer del mapa a los erdoganes. Inesperadamente los erdoganes resistieron el envite. Abdul Hadi Awang, representante de los conservadores, conservó la Presidencia del partido, pero Mat Sabu fue reelegido Vicepresidente por un margen de votos mayor que en 2011 y de las tres vicepresidencias adjuntas, dos fueron para erdoganes. El único sitio donde los ulemas se revelaron preponderantes fue en las juventudes del partido, gracias a una generación nueva de miembros muchos de los cuales se han formado en Oriente Medio.

El PAS es un buen ejemplo de los problemas a los que se enfrentan los partidos islamistas en muchos países. Si se atienen a su ideario fundacional, descubren que su atractivo electoral es limitado. Si optan por una agenda más social que deje las cuestiones de la shariah y del establecimiento de un Estado islámico en segundo término, descubren que el partido se les divide entre reformistas y conservadores. Esta es el dilema en el que se encuentra actualmente el PAS. Si los erdoganes no le encuentran una solución pronto, el futuro del partido estará con los ulemas, cuyos jóvenes cachorros vienen pegando fuerte y quieren regresar a las esencias fundacionales.