Sukopa me ha mandado una entrada titulada “Sexo slow”. No se trata de un alegato contra los eyaculadores precoces, sino una reflexión sobre el sexo, el tiempo y cómo los occidentales malinterpretaron el sentido del sexo tántrico; eso sí, se divirtieron mucho mientras lo malinterpretaban.
Buscar la deceleración del ritmo vital no es nada nuevo. Prácticamente desde que se inventó el reloj, el hombre está despotricando contra el tiempo. No se trata de convertirnos en perezosos, pero sí de encontrar el ritmo adecuado para hacer las cosas, aquel que nos permita saborear los momentos, aunque eso suponga dejar para mañana algunos de los puntos de la agenda.
¿Por qué ir más despacio? Podríamos dar muchas razones, pero se me ocurren dos especialmente: jamás vamos a poder hacer todo lo que queramos, porque nuestro tiempo tiene un límite. Además, ¿no es escapar del aburrimiento lo que pretendemos en el fondo, al convertirnos en seres tan monstruosamente ocupados? Y si tememos aburrirnos, es porque huimos el tiempo vacío, que haberlo haylo, así que ¿para qué correr? ¿Qué haremos mañana, si todo lo hemos hecho hoy?
Pero hablemos de sexo. Parece ser que en Occidente los encuentros sexuales tienden a ser muy breves. En 1994, en Estados Unidos, se dedicaba solamente media hora a la semana a hacer el amor por término medio. Según el Informe Kinsey, publicado en los años 50, el 75% de los maridos estadounidenses llegaba al punto culminante dos minutos después de la penetración.
Parece que detrás de tanta prisa está el instinto de supervivencia, ya que en tiempos prehistóricos una cópula rápida podría hacer al hombre menos vulnerable a cualquier ataque mientras estaba en faena. Para algunas religiones, además, las relaciones sexuales tienen por objeto exclusivamente la procreación, nada de goce, ni de búsqueda del placer.
Si en la actualidad las cosas han cambiado, ¿porqué hacer tan rápido algo que según Woody Allen es la mayor diversión que uno puede tener sin reírse?
A veces la eficacia en la vida sexual se mide por la velocidad en llegar al orgasmo. El sexo rápido puede tener sus momentos, pero hacerlo despacio nos puede llevar a una experiencia profunda y altamente gratificante, de comunicación con la pareja, además de proporcionar orgasmos mucho mejores.
El interés por el sexo lento llevó durante los años 60 y 70 a interesarse por el tantra, que significa en sánscrito: “tejido” en el sentido de continuidad. En Occidente se hizo una interpretación literal de algunos textos, que dio paso a la idea de que los ritos tantra incluyen prácticas sexuales para despertar la energía kundalini mediante el coito sagrado.
Parece que se trata de una lectura interesada, a la medida de una época que busca liberarse del conservadurismo sexual. En el fondo, el ascetismo budista no dista mucho del cristiano: el ejercicio tántrico sexual no es hedonista. Por el contrario, se pretende dominar el apetito sexual de forma que una erección pueda durar horas sin llegar a eyacular, a pesar de las artes amatorias de la mujer, que solía ser una prostituta.
En fin, parece que estamos ante un ejemplo más de mitificación de lo oriental, en este caso como sinónimo de sensualidad voluptuosa, frente a la estricta moral occidental. Las cosas no son lo que parecen, y prueba de ello es que los japoneses se están adhiriendo al movimiento Slow como a una tabla de salvación.
