lunes 6 de julio de 2009

La mujer que tenía dos ombligos (1)

Para ilustrar la entrada he escogido esta foto: esta mujer también tiene dos... ¡y qué dos!

(Advertencia: Voy a destripar la novela. Teniendo en cuenta mi opinión sobre la misma, creo que haré un favor a los potenciales lectores)

Leí “La mujer que tenía dos ombligos” de Nick Joaquín por dos motivos. El primero es que Joaquín me gusta mucho como ensayista y pensé que como novelista sería igual de bueno. El segundo es que me la regaló mi mujer y sabía que me sucedería como con las corbatas. Cuando me regala una corbata, así sea amarilla fosforito con pintas moradas, si dejo pasar más de tres días sin ponérmela, se me mosquea. “¿Qué pasa? ¿Es que no te gusta la corbata que te he regalado?” La conozco lo suficiente como para saber que es una pregunta con trampa. Responder que no implica dudar de su sentido del gusto, que es casi como dudar de su femineidad, que a lo mejor implica que me estoy fijando en otras mujeres… si eso sucede por una puñetera corbata, no quiero ni imaginarme lo que ocurriría por un libro. Así que me lo leí, y hasta el final, por si me hacía un examen.

La historia es tremebunda y parece salida de un dramón del siglo XIX. Connie Escobar, una niña rica de Manila, va a Hong Kong a visitar al doctor Pepe Monson, un filipino exiliado, porque tiene dos ombligos y quiere que el doctor se lo corrija. Curiosamente, el doctar la cree sin pedirle ni que le muestre el vientre. Más tarde aparece Concha Vidal, la madre de Connie, quien advierte al doctor que su hija es complicada, una lianta y una embustera. Como si el lector no se hubiera dado cuenta ya; pero parece que el doctor Monson es un poco lento de reflejos.

Más tarde se sabrá lo que ocultan madre e hija. La madre casó a su hija con Macho Escobar, su amante, 20 años más joven. Pero eso sí, los casó por una buena causa: “…Hubo una vez en que se había rendido a su conciencia; había renunciado a Macho, cuando era casi como renunciar a la vida misma, sólo para verlo corrompido mucho más por su renuncia que por su lascivia. Queriendo todavía salvarle y queriendo salvar también a su hija, los había entregado el uno al otro, las dos personas a las que amaba y temía más…” La cosa se torció cuando Conni encontró las cartas de Macho y su madre y descubrió lo que había sucedido.

A todo esto, una persona normal se diría que ha dado con una familia de liantes y pondría tierra por medio. Pero Pepe Monson no es una persona normal. Él y su círculo (su hermano Tony, que es cura, su novia Rita y el matrimonio formado por Paco y María Teixeira) se proponen salvar a Connie de sí misma.

La historia va avanzando parsimoniosamente, con numerosos flashbacks, que son más interesantes que el argumento principal. Finalmente llegamos al punto en el que el Jaguar de Connie aparece despeñado y todo apunta a que se ha suicidado. El lector, que para entonces ya le ha cogido el punto melodramático a Joaquín, sabe perfectamente que no es así. Efectivamente, treinta páginas después Connie reaparece. Resulta que en el último momento optó por no suicidarse y saltó del coche. No sé, a mí mi hija me estrella el Jaguar y casi, por la cuenta que le trae, que se quede dentro mientras el coche se despeña. Habiendo optado por la vida, lo celebra de la manera más obvia: con un buen casquete (bueno, esto se infiere, porque Joaquín es más bien pudibundo). Va a buscar a Paco Teixeira a la salida del pub en el que toca y ambos se escapan a Macao. Mientras tanto, Macho Escobar, desesperado, creyendo a Connie muerta, pega un tiro a Concha Vidal y a continuación se suicida. Al parecer a esto Joaquín lo llama “final feliz.”

viernes 3 de julio de 2009

Impermanencia

Las tres características que marcan todos los fenómenos y que deben subyacer a toda doctrina que se proclame budista son el no-yo (anatta), la insatisfactoriedad (dukkha) y la impermanencia (anicca). Buda habría descubierto estos tres principios en su meditación.

Cuenta el Mahaparinirvana Sutra que las últimas palabras de Buda a sus discípulos fueron: “Todo es impermanente. Sed diligentes.” Parecería que con estas palabras Buda estuviera resaltando la importancia de la impermanencia sobre el no-yo y la insatisfactoriedad. Creo que ésa era la intención de Buda, porque de los tres principios la impermanencia es el que mejor sirve de acicate para el emprender el camino espiritual.

El no-yo es una doctrina demasiado abstracta. Vale, yo no tengo existencia inherente, pero la almorrana con todo lo que me molesta seguro que la tiene. Incluso, el no-yo puede servir de alivio: ¡Que bueno saber que mi jefe no existe realmente! ¡Un sueño darme cuenta de que mi cretinez no es real, sino imaginada! No, no me imagino al no-yo impulsándole a nadie a emprender el camino espiritual.

La insatisfactoriedad de esta vida es algo que todos conocemos, pero siempre le añadimos la coletilla “pero es la única que tenemos”. Aunque al final sea básicamente insatisfactoria, hay momentos en los que nos sentimos tan a gustito que nos quedaríamos un rato más en este mundo que los setenta cochinos años que nos dejan. Cuando uno está jodido, no tiene la cabeza para prácticas espirituales. Cuando uno está pasándoselo bien, ¿para qué va a cortar el rollo y ponerse transcendente? No, la insatisfactoriedad no basta para empujar a nadie a la espiritualidad.

La impermanencia es otra cosa. No es abstracta como el no-yo y no te deja resquicios para que te olvides de ella como la insatisfactoriedad. No tienes más que verte en el espejo y comparar tu cara con fotos antiguas para darte cuenta de que has cambiado. Amistades que creías firmes se enfrían con el paso del tiempo. Tu coche que te compraste hace tres años y que parecía tan nuevo se te descuajeringa justo el día antes de que tengas que pasar la I.T.V. Tu partido que había conseguido la mayoría absoluta en las últimas elecciones y estaba más chulo que un ocho, se desgaja y pasa a la oposición. Nada dura. Y eso jode.

La impermanencia, el cambio, que todo es transitorio, es una de las experiencias más universales. Fuera del budismo no recuerdo haber leído a nadie escribir sobre el no-yo. Sobre la insatisfactoriedad de la vida se escribe mucho, pero se escribe todavía más sobre el gustito que dan ciertas cosas de la vida. Desde la poesía anacreóntica hasta las novelas de Cortín Tellado, pasando por las fotos del “Penthouse”, la Humanidad ha encontrado mil maneras de exaltar la belleza de la vida, que la tiene.

Sobre la impermanencia también se ha escrito mucho en todas las culturas, con una diferencia: aquí no hay belleza que la contrapese. El tiempo pasa, el cuerpo se nos arruga y nos encaminamos hacia la muerte. Jorge Manrique escribió las “Coplas a la muerte de su padre”. François Villon escribió “La balada de las damas de antaño”, en la que se pregunta dónde están todas las bellas que fueron famosas en su día. Somerset Maugham cuenta cómo en un viaje coincidió con Lillie Langtry, que había sido una de las grandes bellezas en su día, y que Lillie ahora tenía que contratar a jóvenes para que bailasen con ella, porque no había voluntarios dispuestos a hacerlo gratis. El final de “En busca del tiempo perdido” de Proust es toda una constatación amarga de que el tiempo pasa sin piedad.

Incluso en una cultura que nos es tan lejana como la del México precolombino, nos encontramos con obras que hablan de esa impermanencia que es inseparable con la vida. Termino con un poema del poeta Nezahualcoyotl de Texcoco:

No estamos para siempre en la tierra; sólo por un instante.
El jade se rompe.
El oro se quiebra.
La pluma del quetzal se desmenuza.
No estamos para siempre en la tierra; sólo por un instante.

Como a una pintura nos borrarán.
Como una flor, nos secaremos aquí en la tierra.
Como el vestido plumífero de un ave del paraíso,
ese ave preciosa con su cuello ágil,
nos acabaremos.”

miércoles 1 de julio de 2009

... a hierro muere

Prabhakaran tuvo varias oportunidades de haber logrado una salida negociada al conflicto. La primera fue en 1987. Ese verano el Ejército srilankés lanzó una ofensiva contra la península de Jaffna que puso al LTTE contra las cuerdas. En ese momento intervino la India. El Primer Ministro Rajiv Gandhi por motivos de política interna (con más de 60 millones de tamiles en su país no estaba el horno para bollos) no podía permitir que el Gobierno de Sri Lanka aplastase a los tamiles. El Gobierno srilankés entendió que, cuando un vecino del tamaño de la India te dice que te estés quieto, lo mejor que puedes hacer es no moverte.

El Presidente Jayawardene ordenó el cese de la ofensiva y el 27 de junio firmó un acuerdo con la India en el que aceptaba algunas de las reclamaciones de la minoría tamil. El acuerdo tenía algunos agujeros de importancia. El primero: el LTTE no había participado en las negociaciones. El segundo: se preveía que el LTTE se desarmase. En todos los conflictos civiles una de las cosas más complicadas es desarmar a los contrincantes. Para ello suele organizarse una fase previa de generación de confianza entre ambas partes. Aquí no se previó eso y encima se pidió al LTTE que se fiasen sí o sí del cabronazo de Jayawardene. De puertas afuera Prabhakaran dijo que aceptaba el acuerdo. De puertas adentro, les dijo a sus socios que Gandhi era un traidor y que se iba a enterar. Y tanto que se enteró: cuatro años después, una terrorista suicida tamil le hizo saltar por los aires en múltiples pedacitos.

En octubre de 1987 el LTTE rompió la baraja y siguieron casi tres años de conflicto entre los rebeldes y las tropas indias que descubrieron que de pacificadores se habían convertido en beligerantes. Más divertido fue descubrir que para 1989 tanto tamiles y cingaleses habían comprobado que odiaban más a los indios de lo que se odiaban entre sí. Llegó un momento en el que el Ejército srilankés les pasaba armas a los guerrilleros tamiles para que las empleasen contra los indios. En diciembre de 1989 V.P. Singh fue elegido nuevo Primer Ministro de la India. Singh estimó que su predecesor ya la había cagado lo suficiente en la isla y mandó las tropas de vuelta a casa. Poco después Gobierno y rebeldes volvieron a entablar conversaciones de paz.

Las negociaciones fracasaron. Unos afirman que el LTTE nunca se las tomó muy en serio. Otros dicen que el Presidente Premadasa sólo quería ganar tiempo para aprovecharse del vacío de poder que crearía la salida de las tropas indias. Con la que había caído, las reservas de confianza y buena voluntad entre el Gobierno y los guerrilleros estaban más bien bajas.

La elección de Chandrika Kumaratunga como Presidenta en 1994 ofreció a Prabhakaran una posibilidad real de obtener la paz. Kumaratunga hizo campaña prometiendo que empezaría negociaciones con el LTTE. Kumaratunga reconocía que las quejas de los tamiles tenían fundamento y que habían sido discriminados desde la independencia. Su victoria implicaba que una parte importante de la población de la isla quería la paz después de una década de conflicto.

Kumaratunga dio algunos pasos interesantes: levantó el embargo económico a la provincia del norte y liberó a los presos políticos. Por desgracia, su Gobierno era débil e inexperto y estaba muy presionado por la oposición del Partido Nacional Unido (el del amiguete Jayawardene). Tal vez las negociaciones hubieran fracasado en todo caso, a pesar de su buena voluntad. Nunca lo sabremos. Prabhakaran no le dio opción: tras seis meses de alto el fuego, en abril de 1995 el LTTE atacó dos barcos de la Armada en la base naval de Trincomale y las hostilidades se reanudaron. La justificación dada entonces fue que la puesta en marcha de los esfuerzos humanitarios iba muy lenta, que seguía habiendo escasez en el norte, a pesar del fin del embargo y que el LTTE había dejado de confiar en el proceso negociador. Yo añadiría otra razón: que a Prabhakaran le iba la marcha guerrera, siempre que las víctimas fuesen otros, y que no quería conformarse con menos que la independencia. La elección de Kumaratunga había sido recibida con júbilo por muchos, incluídos los tamiles. Si sus esfuerzos negociadores hubieran triunfado, ¿dónde habría quedado la legitimidad de Prabhakaran? ¿habría aceptado convertirse en el líder de un partido regional integrado en la vida política nacional, en lugar de ser el Presidente y Primer Ministro del Tamil Eelam independiente?

La última posibilidad de salida airosa a la guerra que se le ofreció a Prabhakaran fue en 2002.

A finales de 2001 diversas circunstancias llevaron a ambas partes a buscar una tregua. Los atentados del 11-S habían hecho que internacionalmente al LTTE dejase de vérsele como un grupo independentista y que se le pasase a ver como un grupo terrorista, con todo lo que ello implica. La vida política en Colombo seguía siendo el caos habitual: la Presidenta Kumaratunga había terminado más mal que bien su mandato y su sucesor, Ranil Wickremesinghe, había sido elegido nuevamente con una plataforma de paz.

Con la intermediación de Noruega, ambas partes firmaron un alto el fuego en febrero de 2002 y un comunicado en Oslo en diciembre de aquel año. El comunicado señalaba que ambas partes “acordaban explorar una solución fundada en el principio de autodeterminación interna en las áreas de poblamiento histórico de los pueblos de habla tamil, basada en una estructura federal dentro de una Sri Lanka unida.” La mediación noruega parecía haber conseguido una base a partir de la cual ambas partes pudieran alcanzar un compromiso político.

Hay que hacer un esfuerzo de fe para creerse que Prabhakaran realmente quería la paz y que aceptaba con sinceridad lo acordado en Oslo. Prabhakaran aprovechó el alto el fuego para rearmar a sus fuerzas, seguir reclutando niños-soldados y deshacerse de los rivales que le molestaban. El caso más sonado ocurrió en 2004, cuando el coronel Karuna, comandante de las fuerzas en el este se escindió junto con 5.000 combatientes, por no recibir suficientes recursos y por sentir que los tamiles del este de la isla estaban marginados en el LTTE. Es lo que tiene el separatismo: por la misma regla de tres por la que tú te quieres separar de otro, porque tu pueblo es más chulo que el suyo, otro vendrá que se quiera separar de ti, porque su pueblo es más chulo que el tuyo. Un ejemplo de la seriedad con la que Prabhakaran se tomaba la tregua es que en tres años el LTTE la violó 3.800 veces. No es que el Gobierno de Colombo la respetase escrupulosamente, pero con 350 violaciones registradas parece que sí que se la tomaba algo más en serio.

Prabhakaran no parecía darse cuenta de que las condiciones estaban cambiando y que su posición era más débil de lo que parecía. En el mundo posterior al 11-S, los tigres tamiles cada vez más eran vistos como un grupo terrorista y se hacía más difícil conseguir simpatías y apoyos. Peor todavía: sus activos en el exterior fueron congelados y se hizo más difícil la recaudación de fondos entre la diáspora tamil. La India, que en los ochenta había podido mirarlos con complicidad, ahora los miraba con recelo y estaba dispuesta a cooperar con Sri Lanka para eliminarlos. Por otro lado, al amparo de la tregua el Ejército srilankés se estaba rearmando. Si las hostilidades se reanudaban, el LTTE se iba a encontrar con un enemigo mucho más serio. Finalmente estaba el propio cansancio de muchos tamiles que querían la paz. La escisión del Coronel Karuna hubiera debido ser un aldabonazo de advertencia. Pero Prabhakaran seguía en sus trece: quería su república independiente, en la que él sería el Presidente, Primer Ministro, Padre de la Patria y lo que hiciera falta.

En 2005 Prabhakaran cometió dos gravísimos errores de juicio. El primero fue el asesinato, por medio de un francotirador, del Ministro de Asuntos Exteriores, Lakshman Kadirgamar, un tamil muy respetado. En ese momento desapareció cualquier posibilidad de que el LTTE pudiera dejar de ser considerado como un grupo terrorista. El segundo fue el llamamiento al boicot en las elecciones presidenciales de diciembre. Los contendientes en las elecciones eran el ex-Primer Ministro Wicremesinghe, partidario de restablecer el diálogo con el LTTE, y el Primer Ministro Mahinda Rajapaksa, partidario de una línea más dura. El boicot aseguró la victoria por un margen estrecho de Rajapaksa.

En abril de 2006 el LTTE abandonó las conversaciones de paz. Al año siguiente, el Gobierno puso fin al alto el fuego. Los duros en el Gobierno se impusieron: el objetivo ahora era erradicar de una vez por todas al LTTE.

En enero de 2008 el Gobierno srilankés lanzó la madre de todas las campañas para acabar con el LTTE. Esta vez ya no habría más ofertas de paz a Prabhakaran que le salvasen el pescuezo en el último segundo. Había agotado su suerte y la paciencia de la comunidad internacional.

El final ya es sabido: el pasado 18 de mayo fue muerto en compañía de otros comandantes y de su hijo mayor, mientras intentaba huir de la zona de combate. No creo que le vayamos a echar mucho de menos.

lunes 29 de junio de 2009

Quien a hierro mata...

Como a tantos nacionalistas, a Prabhakaran le encantaba disfrazarse con uniforme y diseñar banderas.
Velupillai Prabhakaran estaba hecho de la pasta de la que se hacen los grandes asesinos de la Historia. Era un iluminado. Era de los de “o conmigo o contra mí” y los que estaban en contra suya solían tener vidas breves que terminaban violentamente. Había hecho de una simple idea, el independentismo tamil, un ídolo al que había que sacrificarlo todo. Todo lo que no sirviera para la creación de ese Estado tamil independiente era secundario y prescindible, incluidas las vidas humanas. Teniendo en cuenta el recurso regular a los ataques suicidas, uno podría pensar que Prabhakaran estaba dispuesto a masacrar a toda la población tamil para crear su dichoso Estado.

Prabhakaran había nacido en 1954 en el seno de una familia hindú, que veneraba al Mahatma Gandhi. Desde pequeñito Prabhakaran dejó claro que lo suyo eran la megalomanía y la masacre. Sus ídolos eran Napoleón, Alejandro Magno y los líderes independentistas indios Subhash Chandra Bose y Bhagat Singh. Le gustaba el “Bhagavad Gita”, especialmente la parte en la que Krishna le dice a Arjuna que su deber es combatir y matar incluso a sus parientes.

Años después Prabhakaran diría que dejó de confiar en la no violencia cuando se vio ante el cadáver del Teniente Coronel Thileepan en 1987. Thileepan era un comandante de la guerrilla del LTTE que en septiembre de 1987 había decidido emprender una huelga de hambre hasta la muerte para llamar la atención sobre la opresión del pueblo tamil en manos de la mayoría cingalesa y para denunciar que India no había cumplido los compromisos adquiridos con los tamiles de Sri Lanka durante la visita que Prabhakaran había hecho a Delhi. El sacrificio de Thileepan fue un momento de gran dramatismo para los tamiles, pero me parece que Prabhakaran juega interesadamente con su significado. Para aquel entonces Prabhakaran ya llevaba años aplicando la violencia.

Desde comienzos de los setenta Prabhakaran había estado envuelto en la lucha de los tamiles contra la discriminación a la que les habían sometido los distintos gobiernos de la isla. En 1972 fundó los Nuevos Tigres Tamiles y en 1975 se hizo famoso al haber asesinado de un tiro a bocajarro al alcalde de Jaffna, Alfred Duraiappah, a las puertas del templo hindú. El asesinato se presentó como una venganza por unos incidentes unos meses antes en los que siete manifestantes habían muerto en un enfrentamiento con la policía, en el que Durapaiah habría actuado como un traidor a su pueblo. Duraiappah pertenecía a la etnia tamil y era un alcalde popular, eficaz y querido, que nunca había jugado la carta nacionalista ni tenía ambiciones más allá de Jaffna. Era el tipo de político que molesta a los nacionalistas radicales.

En 1976 los Nuevos Tigres Tamiles se reconvirtieron en los Tigres por la Liberación de Tamil Eelam (LTTE). En los años siguientes el LTTE trató de atizar las llamas del conflicto étnico y logró hacerse un nombre con el asesinato de dos policías, que estaban buscando a los asesinos de Durapaiah, y con el atentado contra el diputado tamil moderado M. Canagaratnam. Para la ejecución de este útlimo atentado, Prabhakaran se desplazó hasta Colombo, a pesar de que había orden de busca y captura contra él. La osadía del ataque causó sensación en Sri Lanka.

A pesar de todo, las llamas del independentismo tamil no acababan de prender. Una parte importante de los tamiles tenían una existencia acomodada y no eran partidarios de la acción violenta. Fue la torpeza del Gobierno del Presidente J.R. Jayawardene la que proporcionaría el combustible para la explosión que el LTTE no conseguía provocar. J.R. Jayawardene era de esos políticos que no temen atizar las llamas del enfrentamiento étnico para mantenerse en el poder. El cabronazo de Prabhakaran había encontrado a su alma gemela; entre los dos harían todo lo posible para que el país se sumergiese en la guerra civil.

En julio de 1983 el LTTE tendió en Jaffna una emboscada al ejército srilankés, en la que mató a 13 soldados. El Ejército srilankés estaba furioso y pedía sangre. El Presidente Jayawardene se la dio: ordenó que los 13 cadáveres fueran trasladados a Colombo para su cremación. Dicho de otra manera: permitió que se fumara dentro de la gasolinera, mientras un camión repostaba. Las masas cingalesas encolerizadas organizaron una matanza de tamiles. Entre 3.000 y 5.000 murieron. Fue el inicio de la guerra civil.

Pronto el LTTE se convirtió en la única fuerza de la resistencia tamil. Eran los más despiadados y no tenían reparos en eliminar a los grupos que no comulgaban con sus ideas. Prabhakaran había conseguido un conflicto a la altura de su personalidad.

Como líder militar Prabhakaran destacó por su inventiva y su desprecio de la vida humana. Convirtió el suicidio en un arma militar. Convenció a sus soldados de que no debían dejarse atrapar vivos por el ejército srilankés y les proporcionaba cápsulas de cianuro. Mandó hombres-bomba, mujeres-bomba y hasta niños-bomba para que perpetraran atentados que desmoralizaran a sus enemigos. Eso sí, como tenía su corazoncito, la noche anterior cenaba con los suicidas y se hacía fotos con ellos. Yo hubiera preferido pasar mi última noche en el planeta de farra con una modelo, que no cenando con un tipo gordo y bigotudo, al que seguro que le olía el aliento a cebolla.

El “Straits Times” de Singapur rindió homenaje a su “savoir faire” terrorista con el siguiente comentario: “Pocos discuten que fue uno de los líderes guerrilleros más efectivos de la guerra moderna. Hizo alarde de la habilidad táctica del afghano Ahmad Shah Masoud, de la implacabilidad de Osama bin Laden y la convicción del revolucionario latinoamericano Che Guevara”. Con respecto a este último señalo que, por motivos estéticos, no creo que vayamos a ver en el futuro muchas camisetas con su rostro.

Para ser un hombre con tanta inventiva homicida, sus ideas políticas eran más bien pobres. Era de esos hombres que creen que declararse nacionalista y afirmar que uno es de puta madre porque nació en su pueblo, exime del deber de pensar. En la única entrevista que concedió, en 2002, dijo que los fundamentos de su lucha eran tres: la patria tamil, la nacionalidad tamil y el derecho a la autodeterminación del pueblo tamil. No debía de ser muy ducho en matemáticas, porque a mí ahí no me salen más que dos fundamentos, porque lo de distinguir la patria y la nacionalidad tamil no lo veo muy claro.

Pese a todo ha habido quienes han intentado rastrear el pensamiento o no-pensamiento de Prabhakaran en su praxis y en sus alocuciones. Esos autores han encontrado que Prabhakaran, que procedía de una casta inferior, socavó el sistema de castas, pero no mediante el ataque frontal, sino mediante la práctica: el liderazgo de la LTTE lo componían miembros de todas las castas, con predominio de los de las castas inferiores. Favorecía un mayor estatus para las mujeres que el tradicional y defendía que se les diesen las mismas oportunidades. Efectivamente, en el LTTE una mujer podía convertirse en terrorista suicida lo mismo que un hombre. La religión se la traía bastante al fresco, aunque era un admirador del dios hindú de la guerra de los tamiles, Murugan. Tal vez tuviera miedo de que si leía libros religiosos se encontrase tarde o temprano con uno de dijese “no matarás” y se acabase la juerga. En los ochenta se definía como “socialista revolucionario”. En 2002 el ideológo del movimiento, Anton Balasingham, definió al LTTE como defensor de la “economía de mercado”. Digamos, pues, que de economía no tenía ni idea y que defendía la teoría que estuviese más al uso. Donde sí que parece que era más consistente era en su respeto al medio ambiente. “La naturaleza es mi vida”, afirmaba. Lástima que los hombres fuesen sus enemigos.

Un aspecto importante de su ideología era que nadie con ideas diferentes pudiera exponerlas y vivir para contarlo (“Si alguien estaba contra él, nunca le daba una oportunidad. Ordenaba que le mataran”, comentó uno que le conoció bien). Fue lo que les ocurrió a los tamiles moderados y partidarios del entendimiento con el Gobierno, Durapaiah y Canagaratnam. También les ocurrió a Appapillai Amirthalingam y a Vettivelu Yogeswaram, que no eran lo suficientemente separatistas y querían una salida negociada para el conflicto. K. Pathnamabha fue otro que discrepó y que no vivió para contarlo. Uma Mahattaya, uno de los principales líderes de la guerrilla tamil que había abogado por la paz a comienzos de los noventa, se vió acusado de espía indio, atado a un cocotero y ejecutado; le acompañaron 257 de sus partidarios. Pero Prabhakaran era un asesino imparcial; tanto le daba asesinar a tamiles que se le oponían como a cingaleses porque sí. Otras de sus víctimas, esta vez cingalesas, fueron: el Ministro de Defensa Ranjan Wijeratne (1991), el jefe de la Armada de Sri Lanka, Clancey Fernando (1992), el Presidente Ranasinghe Premadasa (1993), el candidato presidencial Gamini Dissanayake (1995) y el Ministro de Asuntos Exteriores Lakshman Kadirgamar. Pero el asesinato más sonado de los encargados por Prabhakaran ocurrió fuera de Sri Lanka: fue el del ex-Primer Ministro indio Rajiv Gandhi.


Entrañable foto familiar de Prabhakaran. Si el niño de la foto en lugar de su hijo menor hubiera sido un niño-soldado de la LTTE, en lugar de diploma lo que tendría entre las manos sería una cápsula de cianuro.

viernes 26 de junio de 2009

Globalización avant la lettre

Sukopa publicó hace unos días una entrada muy interesante sobre Confucio en www.biblio-polis.blogspot.com. Con su permiso la reproduzco hoy:

Hace algunos Tiburcio Samsa publicaba en su blog una entrada que nos abría el apetito para leer más cosas sobre el tema. Ofrecía un resumen bastante completo del libro ReOrient: Global Economy in the Asian Age de Andre Gunder Frank.

El autor cuestiona la visión tradicional del poderío de Occidente a partir del descubrimiento de América a la que estamos acostumbrados. Occidente aprovechó simplemente su oportunidad en un escenario de debilidad de las antiguas potencias orientales, producida entre otras causas por la introducción en el escenario económico mundial de las materias primas y los metales preciosos procedentes de América.

Frank introduce un interesante punto de vista para entender la historia del mundo: "Todos los acontecimientos horizontalmente simultáneos en la historia universal, no son coincidencias, sino fenómenos interrelacionados en una historia horizontal integradora".

Los siglos de etnocentrismo nos hicieron perder esta visión global de la historia, que ahora, gracias a los progresos de las comunicaciones y a los intercambios económicos a nivel planetario, llamamos globalización.

Pero los intercambios interculturales han existido desde siempre, o el mundo ha sido desde siempre bastante pequeño. Un ejemplo de ello es la repercusión que el conocimiento de la obra de Confucio supuso para los intelectuales europeos durante los siglos XVII y XVIII.

Fueron los jesuitas los que trajeron a Europa las primeras noticias sobre el pensamiento de Confucio. Frente al esoterismo del budismo, o al pensamiento místico-mágico del taoísmo, vieron en el confucianismo un sistema filosófico comparable al pensamiento grecorromano. Con un entusiasmo semejante al de los humanistas hacia el pensamiento clásico, los estudiosos de la época se encontraron frente a un monoteísmo sin dogmas ni clero; una especie de deísmo que funcionaba a través de un despotismo benevolente. Las enseñanzas de Confuncio podrían servir como base para elaborar un manual de buen gobierno, concebido como una especie de anti-Maquiavelo.

Confucio llegó a compararse a Platón, a Sócrates e incluso a San Pablo, al ver en el sabio al encargado de devolver al hombre el conocimiento de la verdad. El hecho de que el filósofo chino fuera la cabeza de un sistema religioso, un maestro encargado de revivir la ley antigua gustaba especialmente a los jesuitas, que veían peligrar en esa época la indisoluble unidad entre el dogma y la moral.

Pero a la vez, el descubrimiento de Confucio dio alas al movimiento anticristiano, que fue fraguándose en Francia desde los libertinos, voraces devoradores de literatura de viajes, hasta llegar a su clímax en la figura de Voltaire.

Especialmente notable fue el caso de Leibniz. Confucio hacía posible su sueño de una síntesis integradora entre los sistemas ético-religiosos del mundo; un instrumento de fusión entre las culturas de Oriente y Occidente, que facilitara la creación de una cultura universal: "Creo que sería necesario, que se nos enviaran misioneros chinos para enseñarnos el espíritu y la práctica de la teología natural, igual que nosotros les mandamos a ellos misioneros para instruirlos en la religión revelada".

Llegó incluso a relacionar sus estudios sobre el sistema binario con el I Ching. Mientras otros buscaron en el confucianismo las armas frente a los abusos de la época, Leibniz encontró en él un aliado para superar las barreras intelectuales entre los hombres de las distintas naciones. Todo un ejemplo, en pleno siglo XVII de alianza entre civilizaciones.

En resumen, los occidentales se encontraron frente a un sistema ético-moral milenario y su traducción a la práctica social, justo en el momento en que la doctrina cristiana de la Revelación comenzaba a cuestionarse, frente a la confianza en la naturaleza y en el poder de la razón.

Platón ya había hablado de una ley moral natal, pero mientras él se quedó en el plano teórico y metafísico, la doctrina de Confucio era sobre todo práctica, y lo más importante; su sistema llevaba funcionando varios milenios.

Estaban ante una forma de gobierno en la que desaparecía la antinomia entre los intereses del gobernante y del gobernado. Y así, China se convirtió en un modelo de monarquía ilustrada, en el que el monarca ejercía su derecho divino para hacer felices a los súbditos, e inculcarles la virtud. Y esto era así, porque el soberano era consciente de sus obligaciones morales, que compartían con él todos los oficiales a su cargo. Lo que de verdad fascinó a Occidente fue la posibilidad de fundar un gobierno sobre las bases de la moral natural.

El confucianismo inspiró un humanismo nuevo, no centrado en el individuo como el renacentista, sino en la sociedad. Es aventurado hablar de influencias directas sobre los pensadores que llevaron a cabo la emancipación de la conciencia europea, pero en todo caso, es posible que debamos a Confucio más de lo que pensábamos.

miércoles 24 de junio de 2009

El efecto mariposa (Las mariposas dan mucho de sí)


Leyó: “el aleteo de una mariposa en Hong Kong puede producir una tormenta en Nueva York.” Se quedó pensativo. Eso sí que era un concepto profundo. ¡Qué fuera de serie al que se le ocurrió! Dio un puñetazo de aprobación en la mesa, de ésos que reservaba para las grandes ocasiones, como cuando el Madrid metía un gol.

Desde el dormitorio, su mujer le chistó. “¡No hagas ruido, que vas a despertar al niño!”

“¡Qué genial!”, pensó. “Soy como la mariposa. Hago algo en el comedor y tiene efecto en el dormitorio.”

* * *

Llevaba un rato viendo cómo la mariposa se estrellaba contra el cristal intentando salir. Detestaba las mariposas. Le parecía que no eran más que gusanos con alas. Cogió el matamoscas.

Entonces entró su marido. “¡Qué vas a hacer loca! ¡Detente! ¡Mira que si es la mariposa cuyo aleteo provoca tormentas en Nueva York!”

* * *

Chuang Tsé soñó que era una mariposa cuyo aleteo provocaba una tormenta en Nueva York.

La mariposa soñó que era un humano llamado Greenspan y que el movimiento de su mano al marcar un número de teléfono provocaba 40 millones de parados en China.

* * *

Ya era mucho tiempo el que llevaba pensando en salir del armario. Habían sido muchos meses de imaginarse la escena: se plantaría ante su padre y le diría: “Papá, soy gay”. Bueno, no diría gay, que su padre no sabía idiomas. Le diría “Papá, soy homosexual”. No, tampoco. Su padre estaba muy chapado a la antigua. Lo mismo lo de homosexual lo malinterpretaba. Mejor ir a lo clásico: “Que te enteres de que soy maricón.” Cuando más pensaba en la escena y más la representaba en su cabeza, más incapaz se sentía de llevarla a cabo.

Aquella tarde decidió cortar por lo sano. No se lo diría abiertamente. Simplemente se lo mostraría con hechos, de manera que no pudieran seguir con la venda en los ojos.

Se puso la camisa negra y sin mangas que tenía escondida en el fondo del cajón, para que su madre no la viese. Se puso los vaqueros negros tan ceñidos y que le marcaban tanto el paquete. Se colocó en la muñeca la pulsera hippie que le regaló Daniel en su cumpleaños. Salió de la habitación y fue caminando por el pasillo. Por primera vez no trató de ocultar el contoneo de caderas y la mano caída que le delataban tanto cuando iba por la calle.

Su padre estaba viendo la televisión. “Hola, papá,” le dijo. Su padre le miró y volvió a concentrarse en la televisión. “Papá, que me voy con unos amigos a Chueca”, dijo, remarcando bien la palabra “amigos”. Su padre no reaccionó. La pantalla le tenía absorbido. “Que me voy a Chueca. Ya sabes, el barrio de los maricones”. “Que ya me he enterado. Calla, que estoy viendo las noticias.”

Su madre estaba en la cocina friendo las croquetas. “¿Dónde vas? ¿No cenas en casa? Mira que estoy cocinando croquetas de jamón, de las que tanto te gustan”. “No, mamá. Me voy con unos amigos a Chueca. Ya sabes, el barrio de los maricones.”. “Ah, vale. Que te lo pases bien. Ten cuidado y no vuelvas muy tarde.”

Estaba ya en la puerta, cuando su madre le dijo: “Oye…” Se quedó congelado un segundo. Iba a ser el momento de la confrontación. No podía ser que su madre no se hubiera dado cuenta. “Ya que vas para abajo, ¿te importaría tirar la basura?”

En el portal se cruzó con Humberto, el del tercero derecha. Humberto se quedó como clavado, con los ojos como platos. Hasta las “buenas tardes” que le iba a dar se le quedaron petrificadas en la boca.

Esa noche, Humberto no pudo dormir. No podía dejar de pensar en el hijo de los del sexto. “Así que homosexual”. Cierto que siempre le había parecido un poco amanerado, pero nunca se lo hubiese terminado de imaginar. Pero mejor así, que hubiera salido del armario y hubiera dejado las cosas claras.

Cuanto más pensaba en él, más iba siendo consciente de que algo no iba. ¿Por qué le preocupaba tanto que el del sexto hubiera salido del armario? “Porque yo sigo dentro del armario”. No supo cómo se le ocurrió la idea, pero en cuanto le vino ya no la pudo parar. Sí, siempre había sabido que en el fondo era homosexual. Que sus encuentros con chaperos no eran para experimentar, ni para romper la rutina. Que su falta de entusiasmo sexual por su esposa no era porque hubiese engordado y ya no le pusiese. Todo estaba tan claro ahora.

“Mañana, le digo a Clara que nos divorciamos”. Con ese pensamiento se durmió finalmente.

Moraleja: Así de jodido es el efecto mariposa. Uno sale del armario en el piso sexto y rompe un matrimonio tres pisos más abajo.

lunes 22 de junio de 2009

El Estado en Myanmar (2)


La anterior entrada fue para abrir el apetito. Hoy hablaré de la parte del libro que me parece vomitiva.

Para finales de los 50 lo peor de la guerra civil había pasado. Estaba claro que el Estado central sobreviviría. En el proceso, el Ejército había ganado poder y además se había convertido en una herramienta cohesionada: durante los años del conflicto, todos los oficiales desafectos por motivos ideológicos o étnicos lo habían abandonado. En 1958, en un momento en el que la gobernante Liga Anti-Fascista por la Libertad del Pueblo se encontraba sumida en el caos como resultado de una escisión en sus filas, los militares presionaron al entonces Primer Ministro U Nu para que diese paso a un gobierno militar interino. De 1958 a 1960 los militares gobernaron el país con bastante eficacia. Posteriormente devolvieron el poder a los civiles, que volvieron a las querellas de costumbre.

El 2 de marzo de 1962 el Ejército dio un golpe de estado casi incruento, posiblemente en respuesta a los esfuerzos federalizadores del Primer Ministro U Nu. Taylor, siempre inclinado a pensar bien de los militares, cree que inicialmente los golpistas no pretendían perpetuarse en el poder. De hecho muchos en Birmania en aquellos días creyeron que estaban ante una repetición del gobierno militar interino del bienio 1958-60. Bertil Lintner, menos ingenuo, apunta en su libro “Burma in revolt” algunos indicios ominosos de que los militares habían venido para quedarse: el día del golpe asesinaron al primer Presidente del país, Sao Shwe Thaike, y en los días posteriores ejecutaron al líder shan Sao Kya Seng.

La descripción que Taylor hace del régimen militar que gobernó Birmania entre 1962 y 1988 es tan benévola que casi uno añora no haber vivido allí. Los militares trataron de implantar un sistema que mezclaba socialismo y nacionalismo y buscaba movilizar a las masas e integrarlas en el sistema. Aunque rechazasen el federalismo y la autonomía, sí que había un cierto reconocimiento de las minorías étnicas. Los militares aumentaron el gasto en educación y sanidad y los índices en ambas áreas mejoraron. En fin, que parecería que lo único que los militares estaban intentando hacer era fortalecer al Estado y educar a las masas para cuando volviera la democracia.

Lo lamento, pero me quedo con la descripción que hace Bertil Lintner de este período: “La inclusión del ideólogo furibundo Ba Nyein- y la clara deriva hacia el totalitarismo envuelto en la retórica marxista que siguió- hizo que la mayoría de los hombres de negocios extranjeros, que inicialmente habían dado la bienvenida al golpe, cambiaran de opinión sobre el gobierno militar. La estabilidad que el ejército contemplaba claramente no era para ellos. La reacción de la opinión pública al golpe y a la transformación subsiguiente del sistema político y económico de Birmania, fue de shock y cólera cuando las libertades de que habían venido disfrutando fueron severamente restringidas (…) El totalitarismo birmano había vuelto con una ferocidad sin precedentes.”

Si el gobierno militar era tan benévolo, ¿por qué los birmanos se lanzaron a la calle en 1988 para derribarlo? Para mediados de los ochenta el sistema de economía planificada implantado por los militares no daba más de sí. Los precios subieron y los niveles de vida cayeron. Taylor no menciona en esa ecuación la corrupción y los abusos de los militares; por el contrario, escribe: “Incluso los miembros de la élite militar, política y económica, que vivían en una economía oficial que había sido marcada por la austeridad y la frugalidad durante la mayor parte de la postguerra, se las arreglaban para sobrevivir únicamente gracias a la venta en el mercado negro de los pocos beneficios que recibían de los almacenes y tiendas especiales del Ejército y del Partido.” ¡Qué bonito! Birmania era una gran familia pobre, pero familia.

Taylor sí que menciona que el detonante de las manifestaciones de 1988 fue la demonetización de septiembre de 1987, apenas dos años después de la anterior. Como posibles razones para la demonetización, Taylor apunta las siguientes: un intento de controlar la inflación, retirando dinero de la circulación; confirscar las ganancias de los especuladores y quienes operaban en el mercado negro; los supuestos planes de los rebeldes de la Unión Nacional Karen de introducir millones de billetes falsos en el país. Taylor no menciona otra de las razones que se han dado: la superstición del dictador Ne Win que quiso introducir nuevos billeres de 45 y 90 kyats, aconsejado por su astrólogo, dado que el 9 era su número de la suerte.

A partir de este momento en el libro Taylor se embarca en un esfuerzo titánico para exculpar a sus amigos los generales de cualquier falta y el libro entra en los terrenos de la desfachatez desvergonzada y vomitiva.

La descripción de los acontecimientos del verano de 1988 es la siguiente: “La Administración básicamente se colapsó con el saqueo de las tiendas gubernamentales, las oficinas y las fábricas. El gobierno- a pesar de los esfuerzos del sucesor del Presidente Ne Win y del Presidente San yu, U Sein Lwin, de reafirmar la autoridad del estado por la fuerza, incluyendo disparos indiscriminados así como arrestos más calculados de líderes- resultó incapaz de parar las manifestaciones que al comienzo fueron en gran medida pacíficas y ordenadas. El saqueo y los robos aumentaron y los particulares se vieron atrapados en vendettas locales con acusaciones que terminaban en decapitaciones y otras violencias al tiempo que las instituciones públicas como las prisiones, los hospitales psiquiátricos y la policía dejaban de funcionar…” Este párrafo me parece un prodigio de manipulación. No niega que el gobierno disparó indiscriminadamente contra los manifestantes, pero presenta el caso en un contexto de descomposición de las instituciones, o sea, que se puede atribuir a policías que se sintieron desbordados. Puede que el gobierno matara a gente, pero también los propios birmanos se mataron entre ellos, así que no todos los muertos se les pueden achacar a las autoridades.

En todo caso, las autoridades, tras la dimisión de Ne Win, buscaron un compromiso y el resultado fue: “La ausencia de organizaciones efectivas y la falta de recursos favorecieron un cierto grado de faccionalismo entre los líderes políticos estudiantiles así como entre los políticos más veteranos y experimentados. La ayuda financiera y de otro tipo que recibieron de las Embajadas occidentales y la publicidad que recibieron los líderes de los medios de comunicación internacionales, les proporcionaron los incentivos para aumentar sus demandas y evitar compromisos del tipo que el Doctor Maung Maung había ofrecido. La falta de credibilidad del gobierno también implicó que cada vez fuese menos probable la posibilidad de poner fin a las manifestaciones pacíficamente ya que las reservas del Ejército estaban bajas (…) y tenían que reponerse si se quería evitar la anarquía…” Es decir: el Gobierno estaba dispuesto a llegar a compromisos pero los malvados líderes de la oposición, espoleados por los perversos diplomáticos y periodistas occidentales, se pusieron a pedir el oro y el moro. La oposición estaba llevando al país a la anarquía.

Ni tan siquiera un apologista del régimen militar como Taylor puede dejar de mencionar las masacres del verano de 1988 sobre las que la junta militar se aupó en el poder. Pero Taylor sabe cómo torcerle la mano a la verdad para que sus amigos militares no salgan demasiado mal parados: “Es imposible saber cuántos fueron matados por el ejército y la policía o por la población exaltada y grupos e individuos criminales. Uno puede encontrarse con descripciones vívidas de sangrientas masacres, pero es difícil establecer una evidencia firme sobre el número de muertos.” Ya lo tenemos: no murió tanta gente como se ha dicho y la policía y el ejército no fueron los únicos que anduvieron matando gente en esos días.

Taylor dice que la lección que el Ejército sacó de los acontecimientos del verano de 1988 fue que era la única institución capaz de mantener la unidad nacional y de evitar que el país zozobrase en la anarquía. Sólo ellos eran capaces de mantenerse por encima de las luchas partidarias. Ésta sería la base de su legitimidad. De acuerdo con el análisis, al que yo le añadiría otra cosa que se le olvida a Taylor: el Ejército que ya llevaba 20 años disfrutando de los frutos del poder, no iba a dejar tan fácilmente el chollo que tenía. Por más que Taylor haya mencionado el socialismo de Estado y el Partido del Programa Socialista Birmano que gobernó el país entre 1962 y 1988, la realidad es que detrás de esa fachada estaban Ne Win y el Ejército.

Después de haber “demostrado” que las masacres de 1988 no fueron para tanto y que la oposición mató a tanta gente como el Ejército, ponerse a convencernos de que el Ejército de verdad asumió el poder ese año con la intención de abandonarlo pronto, es un juego de niños.

“… El antagonismo tempestuoso contra el antiguo régimen expresado por los estudiantes y otros líderes políticos tras el golpe militar, así como el de los gobiernos occidentales y los medios de comunicación, y el antagonismo creciente hacia el Ejército mismo, como heredero y supuesto hombre de paja de U Ne Win se hizo palpable. El “tatmadaw”, o Ejército, anteriormente saludado como el defensor abnegado de la nación, empezó a ser descrito como el opresor de su población (…) El hecho de que muchos líderes políticos creyeran, equivocadamente o no, que el Ejército nunca tuvo la intención de respetar su compromiso de abrir el proceso político, resultó en que sus alegaciones se convirtieron en realidad.” Aquí realmente Taylor o nos cree estúpidos o nos cree estúpidos. En 1988, después de 26 años de dictadura, pocos birmanos veían al Ejército como una institución abnegada, con o sin prensa occidental malmetiendo por detrás. Si interpretamos a Taylor correctamente, resultaría que la culpa de que el Ejército no abriese el proceso político la habrían tenido los malvados políticos que dudaron de su palabra y se encontraron con una profecía autocumplida.

Resulta interesante que Taylor al hablar de este período no transcriba literalmente fuentes de la oposición. En cambio sí que introduce una cita del libro del turiferario del régimen Min Maung Maung, “El Tatmadaw y su papel de liderazgo”: “El gobierno hizo todas las concesiones menos la de entregar el poder. Los manifestantes nunca pensaron en hacer concesiones, una vez que se dieron cuenta de la debilidad del gobierno; comenzaron a pedir un gobierno provisional. Las maquinaciones exteriores afloraron abiertamente…”

Taylor también defiende al régimen militar de los abusos de Derechos Humanos o, como seguramente escribiría él de las alegaciones de supuestos abusos de Derechos Humanos: “Informes basados en casos específicos de trabajos forzados, violaciones, robo y relocalizaciones forzadas que ocurrían en medio de las campañas militares en las zonas de conflicto fueron publicados de manera que sugerían que esas cosas estaban sucediendo en todas las partes del país de manera rutinaria.” Más adelante añade: “Algunas alegaciones sin duda estaban exageradas y eran difíciles de refutar, pero había suficiente verdad en ellas como para preocupar al Ejército. Los sucesos a menudo eran repetidos en múltiples informes, hinchando su supuesta magnitud y haciendo que cada vez fuese más difícil distinguir la verdad de la ficción.” Según Taylor el gobierno no acostumbrado a la publicidad, no supo reaccionar adecuadamente más allá de negar los hechos o de afirmar que eran un asunto interno.

En 1990 los militares birmanos permitieron que hubiera elecciones. Fueron razonablemente limpias y libres. Tan limpias y libres que la Liga Nacional para la Democracia obtuvo 392 de los 485 escaños del Parlamento. El Partido de Unidad Nacional, que era el partido de los militares, sólo consiguió 10 escaños y fue derrotado incluso en circunscripciones de Rangún donde había cuarteles. Tan pronto los militares fueron conscientes de que habían sufrido una derrota abrumadora, afirmaron que las elecciones no habían sido para elegir al nuevo gobierno, sino para elegir una asamblea constituyente y que no entregarían el poder en tanto no se hubiera elaborado una nueva constitución. Taylor afirma que los militares simplemente querían seguír un proceso ordenado y legal de transferencia del poder y que la LND, con su obstinación, rompió toda posibilidad de diálogo.

Es cierto que durante 1989 los militares habían cambiado de opinión y habían advertido que las elecciones serían para elegir una asamblea constituyente. Pero también es cierto que los recelos de la LND en el sentido de que los militares nunca tuvieron la intención real de entregar el poder estaban justificados. Los militares habían dado por descontado que el Partido de Unidad Nacional ganaría las elecciones y que el proceso de elaboración de una constitución podría ser demorado de manera que la transferencia de poder se haría en los plazos y la manera que ellos quisieran. Un poco lo que han hecho quince años después con la Convención Constituyente, que arrancó en 2004 y las elecciones que tendrán lugar el año que viene. Nótese las pocas ganas que tienen de dejar el poder, que habrán necesitado seis años para elaborar una Constitución y convocar elecciones.

Taylor afirma que la LND estropeó todo el proceso porque, espoleada por Occidente (los malos de la película junto a Aung San Suu Kyi), adoptó posiciones maximalistas y no quiso negociar con los militares. En el fondo Aung San Suu Kyi se merece lo que los militares le han hecho porque es una tocapelotas y no ha cesado de hacer llamamientos al caos y la anarquía. Resulta interesante que a Taylor, que sólo encuentra palabras de elogio para el dictador Ne Win (al que continuamente se refiere añadiéndole el honorífico U, U Ne Win), le salga la vena crítica cada vez que se tiene que referir a Aung San Suu Kyi: “Su oposición implacable al turismo y a la inversión en Myanmar se extendió a un seminario de Derechos Humanos para funcionarios de Myanmar, organizado por el gobierno australiano, que consideró que estaba “mal aconsejado”. Varios miembros disidentes de la LND fueron expulsados por escribir al gobierno proponiendo negociaciones a bajo nivel para intentar romper el impasse al que se había llegado y otros altos miembros del partido, incluyendo a su ex-presidente U Kyi Maung, dimitieron en 1997 como resultado de su insatisfacción con su liderazgo y comportamiento.” Respecto a la última frase, hay que señalar que Taylor afirma en otra parte que Aung San Suu Kyi tiene un comportamiento descocado y agresivo y utiliza un lenguaje un poco chabacano, que choca a los birmanos más educados.

Describiendo lo que ha sido el gobierno militar en Birmania después de 1990, Taylor se olvida de mencionar las atrocidades cometidas en la frontera, seguramente porque las considera exageraciones. Tampoco habla de la corrupción de la cúpula del régimen y de lo conveniente que resulta trabar vínculos con los militares si se quieren hacer negocios en el país. No menciona la gran participación del Ejército en la economía y el gasto público. Ni dice que Birmania está al fondo de la tabla en todos los listados sobre desarrollo humano.

Como es posible que en este año de crisis ya se le haya acabado el dinero que le debieron de dar los militares birmanos para que escribiera el libro, le sugiero, si necesita ingresos extras, que se dirija a Kim Jong-Il. El mundo está necesitando un libro que le cuente las delicias del maravilloso régimen norcoreano y Taylor está sobradamente cualificado para escribir ese libro.