martes, 21 de octubre de 2014

La caldera de Asia



Al analista internacional Robert D. Kaplan le gusta recordarnos que por más que hayamos avanzado tecnológicamente y por muchos cambios ideológicos que se hayan producido, la geografía sigue siendo un factor tan determinante en las relaciones internacionales como lo era en tiempo de los sumerios. Con esa idea en la cabeza escribió “La venganza de la geografía. Cómo los mapas condicionan el destino de las naciones”. Y es también con esa idea que ha escrito “La caldera de Asia” donde analiza uno de los conflictos más agudos de la actualidad y uno en el que la geografía es determinante: el del Mar del Sur de China.

Kaplan afirma que el Mar del Sur de China es para la China de hoy en día el equivalente de lo que el Caribe fue para EEUU. EEUU domina el norte del área caribeña, ocupando una posición un poco similar a la de China con respecto al Mar del Sur de China. El Caribe pone en conexión América del Norte con América del Sur, igual que el Mar del Sur de China conecta Asia Nororiental con el Sudeste Asiático. Un momento clave en el ascenso estadounidense a la hegemonía mundial fue cuando a comienzos del XX se convirtió en el hegemón absoluto del Mar Caribe. Para Kaplan el elemento clave en ese dominio norteamericano no era tanto el control directo sobre el mar y sus islas como su capacidad para denegarle el acceso a cualquier otra potencia. El Mar del Sur de China podría representar algo similar para China: un área cuyo control le resulta imprescindible para ascender a la categoría de gran potencia mundial. Esta sola idea sirve para poner en contexto la actual rivalidad entre EEUU y China por el Mar del Sur de China y la insistencia china en que las potencias extrarregionales se mantengan al margen.

Siguiendo con las comparaciones históricas, Kaplan afirma que el Mar del Sur de China podría ser a Asia-Pacífico en el siglo XXI lo que la Mitteleuropa era a Europa en el siglo XX: el eje del continente, aquel territorio cuyo control conferiría predominio sobre el área continental a la potencia que lo consiguiera.  A mí lo de la Mitteleuropa nunca me convenció del todo. Los Habsburgos la controlaron durante tres siglos y no es que le sacaran mucho partido. Sin embargo, desde el punto de vista geoestratégico el Mar del Sur de China sí que es otra cosa y es para pensárselo.

Más de la mitad del tonelaje de la flota mercante pasa por el Mar del Sur de China, así como un tercio de todo el tráfico marítimo. La inmensa mayoría del petróleo que importan China, Japón y Corea del Sur debe pasar por el Mar del Sur de China. Por él pasa tres veces más petróleo que el que pasa por el Canal de Suez y quince veces más que el que pasa por el Canal de Panamá. Para colmo, esta arteria tan vital tiene unos cuantos cuellos de botella por donde sería facilísimo bloquearla: los estrechos de Malacca, Sunda, Lombok y Makassar.

El mar además alberga grandes tesoros: 7.000 millones de barriles de petróleo y 900 billones de pies cúbicos de gas natural y eso si sólo hablamos de las reservas probadas. Hay expertos chinos que afirman que podría tener hasta 130.000 millones de barriles. Se estima que podría guardar importantes reservas minerales que apenas se han empezado a explorar. Y no hablemos de su rica biodiversidad.

Kaplan piensa que un conflicto por el Mar del Sur de China sería un conflicto puramente económico, que no levantaría grandes pasiones, un conflicto entre armadas, lejos de la vista de los periodistas y que no provocaría desplazados ni víctimas civiles, salvo algún pepinazo ocasional que se desviase hacia las cosas. Por otra parte, la geopolítica del conflicto no parece muy complicada. Hay un hegemón regional, China, y una serie de enanitos alrededor. Lo único que frena al hegemón es otro hegemón extrarregional, EEUU, que está más cachas que él. No obstante, las tendencias apuntan a que la disparidad de fuerzas entre China y EEUU se va reduciendo y podría llegar el día en que China estuviera en condiciones de toserle militarmente a EEUU. Ese escenario no es imposible, pero Kaplan apunta a que muchas cosas pueden cruzarse en el camino de China: disturbios internos, una recesión económica, una grave crisis medioambiental…

Ahora mismo la presencia de la Armada norteamericana que supera inmensamente a la de China es un factor clave en la ecuación. Pero Kaplan nos recuerda que las cosas podrían cambiar en el futuro. EEUU tenía 600 buques de guerra en tiempos de Reagan; en la actualidad son algo menos de 300. Los presupuestos norteamericanos de defensa hacen prever que la Armada norteamericana seguirá reduciendo su tamaño. Mientras tanto la Armada china crece. Podrán pasar muchos años antes de que China disponga de un número igual de portaviones, y de la misma calidad, que EEUU. Pero eso no es tan importante. Para 2020 China podría tener tantos submarinos como EEUU. Ello, unido a los avances en tecnología de misiles balísticos y en ciberguerra, podría dar a China los instrumentos para vedar a EEUU el acceso al Mar del Sur de China. Para ganar esta guerra naval, China no necesita combatir con EEUU por la posesión del Pacífico Central como el Imperio japonés en la II Guerra Mundial. Con tener la capacidad de echar el cerrojo al Mar del Sur de China cuando le plazca, le basta.

Kaplan traza también una semblanza de los principales contendientes por el Mar del Sur de China y realiza algunas afirmaciones chocantes, porque van en contra de lo que normalmente se mantiene. Por ejemplo, afirma que en determinadas ocasiones una democracia autoritaria y dirigida puede ser mejor que una democracia genuina. Pone los ejemplos de Lee Kuan Yew en Singapur, de Mahathir en Malasia y de Chiang Kai-shek en Taiwán, como líderes no muy democráticos que, sin embargo, tuvieron un impacto positivo sobre sus países. Un contraejemplo sería Ferdinand Marcos en Filipinas, cuyo legado fue “sobornos, nepotismo y ruina”. También contrapone los ejemplos de los autócratas árabes. Piensa que la diferencia puede que estribe en los valores del confucianismo, vigentes en Singapur, Taiwán y Malasia, pero no en Filipinas. Aquí me parece que estira un poco la impronta del confucianismo. Los malayos pueden ser muchas cosas, pero confucianos…

Otra afirmación que me sorprendió fue su concepto positivo de Chiang Kai-shek. Tradicionalmente se ve a Chiang Kai-shek como “un gobernante corrupto e inepto, que arrastró los pies en la lucha contra los japoneses a pesar de toda la ayuda que obtuvo de EEUU durante la II Guerra Mundial y que perdió China frente a Mao porque era inferior a éste.” Siguiendo las biografías que Jonathan Fenby y Jay Taylor han escrito en los últimos años sobre Chiang, Kaplan afirma que la leyenda negra de Chiang es injustificada y proviene del enfrentamiento que tuvo con el General norteamericano Joseph W. Stillwell. Stillwell, que tenía más sentido de la propaganda que de la estrategia, fue quien se ocupó de que todos los periodistas norteamericanos que cubrieron el frente chino en la II Guerra Mundial estuviesen enterados de lo inútil que era Chiang. A esta labor de zapa, se unieron una visión romántica de Mao y sus muchachos, el hecho innegable de que Mao tenía muchísimo más carisma que Chiang y el encanto de Zhou Enlai, que era un maestro en hipnotizar a los visitantes occidentales que recibía. Una de las acusaciones que normalmente se le hacen a Chiang es que no quería implicarse a fondo en la lucha contra los japoneses, porque quería salvaguardar sus fuerzas para la guerra civil contra los comunistas que sabía que se produciría en cuanto la II Guerra Mundial hubiese terminado. Kaplan afirma que fue al contrario: fueron los comunistas quienes se resistieron a enfrentarse a los japoneses con el fin de estar preparados para la guerra civil posterior. No obstante, todas sus supuestas carencias, hay que reconocer que Chiang Kai-shek supo crear después de 1949 en Taiwán un Estado moderno con un nivel de vida elevado y a un coste muchísimo menor que el que Mao impuso a los chinos del continente para obtener unos resultados más magros.


En fin, un libro imprescindible para cualquiera al que le interesen las relaciones internacionales y esté un poco cansado de estar todo el día oyendo hablar de Siria, Iraq y el Estado Islámico. 

viernes, 17 de octubre de 2014

¿Es el hombre bueno, malo o un capullo?

Uno de los grandes debates ha sido el de la naturaleza humana, si el hombre es bueno, malo o simplemente un capullo. Hobbes pensaba que los hombres, si se les deja, lo que quieren es mandar, vivir bien y ciscarse en sus prójimos. La idea que Hobbes tenía del ser humano cuando le dejan a sus anchas era tan pobre que consideraba preferible crear un Estado con sus cárceles, sus policías y sus IBIs para garantizar un poco de orden. La alternativa al Estado y sus corsés era una vida “solitaria, pobre, desagradable, embrutecida y corta”. Visto así, casi mola pagar el IBI.

Rousseau, por su parte, pensaba que el hombre era bueno por naturaleza, pero que la sociedad y la civilización le corrompían. Para demostrar este punto, Rousseau abandonó los hijos que tuvo con su amante Therese Levasseur en la inclusa, aun a sabiendas que la tasa de mortalidad infantil en los orfanatos de aquella época era bastante elevada.

Otro que terció en el debate sin definirse por una u otra postura fue John Locke. Para Locke, al nacer somos una pizarra limpia donde se puede escribir lo que se quiera. La experiencia, las percepciones sensoriales y la educación determinarán aquello en lo que nos convirtamos.

Para nosotros, occidentales, que nos gusta pensar que la Historia de la filosofía empieza con nosotros y que antes de los griegos las cabezas sólo servían para llevar sombreros y piojos, resulta un poco humillante enterarnos de que ese mismo debate lo habían tenido en China dos mil años antes y que distintos filósofos chinos habían llegado a las mismas conclusiones que los filósofos occidentales.

Mencio, que vivió un siglo después que Confucio y sería después del propio maestro el pensador más influyente dentro del confucianismo, ya reflexionó sobre la naturaleza humana, un tema sobre el que Confucio había dicho poco. En el debate sobre la naturaleza última del hombre, Mencio se sitúa al lado de Rousseau: el hombre es bueno por naturaleza.

La naturaleza humana es aquello con lo que el Cielo dota al hombre desde el principio. La naturaleza humana por un lado es lo que nos vincula al cosmos; por otro es lo que nos define en tanto que seres humanos.

Creando una metáfora que hará furor en el pensamiento chino, Mencio compara la naturaleza humana con el agua. “La naturaleza humana es buena, de la misma manera que el agua fluye hacia abajo. No hay hombre sin bondad, igual que no hay agua que no fluya hacia abajo.” Igual que hacen falta artilugios mecánicos para conseguir que el agua vaya hacia arriba, es preciso violentar su naturaleza para que el hombre haga el mal. Una muestra clara para Mencio de la tendencia humana innata para el bien es la empatía, que hace que el espectáculo del sufrimiento ajeno nos resulte insoportable. Obviamente Mencio vivió siglos antes que los guardianes de las SS y que Aníbal Lecter.

El corazón humano portaría las semillas de la compasión que engendra la empatía, de la modestia que engendra la empatía, de la vergüenza que engendra la justicia y del discernimiento que ayuda a distinguir entre el bien y el mal. Lo que nos hace humanos es desarrollar esas cuatro semillas.

La maldad humana viene cuando uno se olvida de su verdadera naturaleza y al olvidarla deja de esforzarse en la senda del bien. Pero, como somos buenos por naturaleza, basta con que uno se dé cuenta de cuál es su verdadera naturaleza, para que retorne al buen camino. Aquí hay un pequeño punto que no me queda claro: si el hombre es intrínsecamente bueno, ¿cómo es que se le puede olvidar? Al agua en presencia de una pendiente nunca se le olvida que tiene que ir para abajo.

Otro que también le encontró algunos agujeros al razonamiento de Mencio fue Xunzi, que nació unos 50 años después que él y vivió a caballo de los siglos IV y III a.d.C. Para entender a Xunzi hay que tener en cuenta que vivió en la época del auge del reino de Qin, cuando éste empezó a unificar China a base de capones. Que Qin, que era considerado un reino de costumbres bárbaras, fuese merendándose a reinos más antiguos y refinados que respetaban los ritos tradicionales, supuso un aldabonazo muy fuerte para los partidarios del orden tradicional. Por otra parte, en tiempos de Xunzi, el pragmatismo de Mozi y el legismo de Han Fei estaban en boga y habían hecho que se tambalearan el tradicionalismo de Confucio y el buenismo de Mencio.

Para Xunzi, como para Mencio, el hombre procede del Cielo, pero el Cielo de Xunzi es un Cielo amoral, al que se la suda que seamos buenos, malos o mediopensionistas. Sospecho que Xunzi hubiera suscrito una frase del “Tao Te King” que siempre me dejó un poco desasosegado: “El Cielo y la Tierra no tienen preferencias: tratan a todas las cosas como si fueran perros de paja.” Los perros de paja eran figuritas con forma de perro hechas con paja. Se utilizaban en rituales y una vez el ritual concluido, se pisoteaban y abandonaban.

El hombre según baja del Cielo es un ser bruto, movido por la codicia, el odio, los celos y los deseos sensuales. Es la inteligencia la que nos pone en el camino hacia la verdadera humanidad. La inteligencia nos ayuda a refinar nuestros instintos, a descubrir lo que es o no admisible. De alguna manera volverse auténticamente humano implica un esfuerzo y un esfuerzo en el que el aprendizaje y la cultura cuentan mucho. La naturaleza humana en bruto no tiende al bien, sino que es preciso inculcarle la moralidad. Freud, que llamaba a los niños “perversos polimorfos”, no hubiera podido estar más de acuerdo.

China también tuvo su Locke. Se llamó Wang Chong, vivió en la época de los Han Anteriores y lo tenía muy claro: “La naturaleza del hombre promedio depende de su educación: si es buena, se hará bueno; si es mala, se hará malo. Sólo las personas extremadamente buenas o extremadamente malas no cambian, cualquiera que sea su educación.”

En fin, que no entiendo tanto debate sobre la bondad o maldad innatas de la naturaleza humana, cuando está tan claro que todos somos una inmensa panda de capullos.  

domingo, 12 de octubre de 2014

El ascenso de las potencias medias


Uno de los primeros que le dio una pensada al tema de las potencias medias fue el italiano Giovanni Botero, quien en el siglo XVI las definió como “aquéllas que tienen suficiente fuerza y autoridad como para sostenerse por sí solos sin necesidad de la ayuda de otros.” Si esta definición ya era discutible en el siglo XVI, en nuestro mundo globalizado ya ni hablemos.

El diplomático canadiense R.G. Riddell ofreció en los años cuarenta del siglo XX otra definición: “Las potencias medias son aquéllas que en razón de su tamaño, sus recursos materiales, su disposición y capacidad para aceptar responsabilidades, su influencia y su estabilidad se encuentran próximos a convertirse en grandes potencias.” Esta definición nos dejaría con muy pocas potencias medias: la India, Brasil, Sudáfrica, Indonesia, Francia, el Reino Unido y muy poco más. Sin embargo uno se resiste a una definición que deje fuera a Japón (carece del tamaño), Corea del Sur (carece del tamaño y hasta ahora la disposición y capacidad para aceptar responsabilidades) o a Nigeria (carece de estabilidad y de recursos materiales).

Dada la dificultad de describir lo que es una potencia media, hay quienes han intentado definirlas mediante una serie de parámetros (PIB, población, Fuerzas Armadas, capacidad nuclear…). Pero las disparidades entre los aspirantes al estatus de potencia media son tantas que los parámetros no sirven de mucho: Indonesia tiene 252 millones de habitantes y no posee armas nucleares; Francia con 66 millones las tiene. Ambas aspiran al estatus de potencia media. Estos parámetros podrían aquilatarse con otros criterios como el prestigio o el grado de influencia en los asuntos internacionales, pero entonces estaríamos introduciendo unos criterios de valoración subjetivos porque ¿cómo se miden el prestigio y la influencia?

Otra vía para tratar de identificar a las potencias medias ha sido definir cómo se comportan.  Bernard Wood siguió este camino y encontró que las potencias medias tienden a “buscar soluciones multilaterales a los problemas internacionales (…) a abrazar posiciones de compromiso en las disputas internacionales (…) a abrazar nociones de “buena ciudadanía internacional” para guiar su diplomacia”. Con razón, muchos otros estudiosos han criticado esta manera de argumentar que acaba cayendo en la tautología: una potencia media es la que hace lo que las potencias medias hacen. Por otra parte, resulta dudoso que todas las potencias medias se comporten como pretende Wood. La Italia de comienzos del siglo XX es un buen ejemplo de potencia media y se pasaba la legalidad internacional por el forro.

Al final va a resultar que el concepto de potencia media es intuitivo y que lo más que podemos decir de ellas es que son aquellas que son demasiado pequeñas como para que podamos considerarlas grandes potencias y demasiado grandes como  para que podamos considerarlas pequeñas.

Tradicionalmente las relaciones internacionales era algo de lo que se ocupaban los diplomáticos y los politólogos. Pero ahora vivimos tiempos en los que todo está impregnado de economía. Si hoy hablamos de los BRICS (Brasil, Rusia, Indica, China y Sudáfrica), no es porque el término surgiera en alguna conferencia internacional. No. El término se le ocurrió a Jim O’Neill, un economista de Goldman Sachs, en 2001. Por cierto que a lo que él se le ocurrió fueron los BRIC. Fue la política y no la economía la que introdujo la “S” de Sudáfrica.

O’Neill le gustó tanto lo de los acrónimos que en 2011 acuñó otro: los MIST, por México, Indonesia, Corea del Sur y Turquía. Los rasgos comunes que interesaron a O’Neill fueron: grandes mercados internos, políticas económicas con un eficiente control de la inflación, perspectivas de crecimiento económico, ser destinos de inversión extranjera en sectores estratégicos, economías abiertas y fuerte inversión en infraestructuras. Lo interesante es que O’Neill no andaba buscando convertirse en un estudioso de la geopolítica, cuando creó el concepto. Lo que quería era colocar a sus clientes productos de inversión referidos a esos países.

Aunque el acrónimo hubiera sido creado para vender acciones, sí que debía responder a una realidad, porque pegó. Tres de esos países (México, Indonesia y Turquía) tenían al menos una cosa en común: el deseo de que les invitaran a formar parte de los BRICS. Como esa invitación nunca llegó, el 25 de septiembre de 2013 los Ministros de Asuntos Exteriores de esos cuatro países, más la Ministra de AAEE de Australia se reunieron para crear el MIKTA.

El motivo que dieron para crearlo fue que sus voces no se oían lo suficiente en el escenario internacional. Los países del MIKTA afirman que juntos tienen capacidad para influir sobre algunos de los grandes temas de la agenda internacional: la ciberseguridad, el cambio climático, la seguridad nuclear, el mantenimiento de la paz… y todo ello desde el punto de vista de unos países que se rigen por sistemas democráticos. Por ello piensan que si se conciertan de una manera informal, conseguirán tener más peso en la política global.

Desde luego, sobre el papel el MIKTA tiene mucho potencial. Para empezar, como ellos mismos dicen, mientras que los BRICS son economías emergentes, los países del MIKTA son economías que ya han emergido. Los cinco pertenecen al G-20 y por su tamaño son las economías 12ª (Australia), 14ª (México), 15ª (Corea), 16ª (Indonesia) y 17ª (Turquía). A modo de comparación, cabe señalar que las posiciones de los miembros del BRICS en ese ránking son: China, 2ª; Brasil, 7ª; Rusia, 9ª; India, 10ª; Sudáfrica, 29ª. Salvo Australia (23 millones, 51º en la clasificación), son países bastante poblados (aunque tengo mis dudas, el tamaño de la población sigue siendo para muchos analistas un factor importante a la hora de medir el poderío de un Estado): todos tienen más de 50 millones de habitantes y están entre los 26 países más poblados del mundo (Indonesia, 4º; México, 11º; Turquía, 18º; Corea, 26º).

Son muchos los que han destacado la complementariedad geoestratégica entre estos países, que, por sus intereses, casi cubren medio globo. México es un país clave en Latinoamérica, especialmente en Centroamérica y el Caribe. Además, su adhesión al Tratado de Libre Comercio de América del Norte le añade un atractivo extra; muchos analistas valoran su papel de bisagra entre Latinoamérica y EEUU. Indonesia es uno de los motores políticos de la ASEAN y a poco que se lo curre, puede convertirse en un punto de referencia internacional en lo que se refiere al diálogo interreligioso y al fomento de la democracia. Corea del Sur es una de las grandes historias de éxito de los últimos treinta años (en 1980 su economía era la 28ª mundial; por cierto que ese año la nuestra era la 9ª y hoy es la 13ª, o sea que también hemos sido una gran historia a nuestra manera). Su economía no sólo ha crecido en volumen, sino también en tecnología avanzada. Turquía también juega un papel de bisagra entre Europa y tres grandes zonas: Oriente Medio, Asia Central y el Cáucaso Sur, aunque estar cerca de esas zonas yo lo veo más como un marrón que como una oportunidad. Finalmente, Australia es una potencia muy importante en el Pacífico, con una política exterior muy activa y comprometida.

Ahora la moda en política internacional parece ser buscarse extraños compañeros de cama y formar clubes con los acrónimos más originales y/o impronunciables. El MIKTA cumple a la perfección estos requisitos, tiene miembros en los cuatro continentes y es poco eufónico. No sé si será exitoso, pero está en la onda.


jueves, 9 de octubre de 2014

El imperio portugués en Asia (3)


A partir de 1570 se produjo un cambio de calado en la estrategia colonial portuguesa, que posiblemente se debiera a la creciente influencia española sobre la Corte de Lisboa. Hasta entonces la empresa colonial portuguesa había sido esencialmente marítima y comercial. Había buscado esencialmente establecer unos cuantos enclaves estratégicos desde los cuales controlar las rutas marítimas. A partir de 1570 los portugueses comenzaron a interesarse por la expansión territorial. Hubo un intento de reformar el denominado Estado da India, dividiéndolo en tres circunscripciones: una para la costa oriental de Áfrca, otra para la India propiamente dicha y la tercera para Malacca. Esta división hubiera sido el punto de partida para una política de expansión territorial más agresiva. La división no funcionó a causa de la oposición del gobernador de Goa Antao de Noronha primero y después a causa de la muerte del Rey Don Sebastián que la había promovido. Aunque la división administrativa del Estado da India no prosperase, la idea de la expansión territorial permaneció.

En 1571 hubo una expedición fallida al interior de Mozambique, que fue seguida de otras dos en 1575 y 1577, en las que los portugueses apenas consiguieron otra cosa que cadáveres y picaduras de mosquitos. En 1581, con la unión de las dos coronas, se avanzaron planes para utilizar Malacca como plataforma para la conquista de Pattani y de Ayuthaya. Si la expedición del gobernador de Manila Pérez Dasmariñas no se hubiese abortado por la rebelión de los galeotes chinos, tal vez esos planes se habrían puesto en práctica, quién sabe con qué resultados. El aventurero Diogo Veloso, animado por los aires de conquista que se respiraban en el Asia portuguesa, fue uno de los inspiradores de la breve conquista de Camboya por un grupo de españoles. A finales del siglo XVI otro aventurero, Filipe de Brito, consiguió enseñorearse de la fortaleza de Syriam en la costa birmana y durante unos años proporcionó al Estado da India una base en el norte de la Bahía de Bengala. La falta de finura diplomática y de tacto a la hora de tratar con las religiones autóctonas le acabarían alienando las simpatías de la población local, que harta le acabó metiendo un palo por el culo en 1613 (literal), poniendo fin a la aventura.

De todo ese frenesí conquistador, lo único realmente duradero sería la conquista de Sri Lanka, donde poseían desde 1517 la fortaleza de Colombo. A partir de 1540 los portugueses comenzaron a inmiscuirse en los asuntos de Kotte, uno de los tres reinos en los que estaba dividida la isla. A base de intrigas, fuerza militar y falta de escrúpulos, para finales del siglo XVI habían conseguido conquistar la mayor parte de la isla.

A partir de comienzos del siglo XVII comienza el declive del imperio portugués en Asia. Las causas de este declive fueron esencialmente externas: la irrupción de los holandeses y los ingleses y los cambios geopolíticos en Asia. Empecemos por los segundos. El imperio mogol, que alcanzó su cénit en las últimas décadas del siglo XVI y las primeras del XVII, consiguió controlar las rutas comerciales terrestres que unían el golfo de Bengala con el Mar Arábigo y con la ruta levantina. Aunque portugueses y mogoles compartían una serie de intereses comunes, comenzando por la tirria que ambos les tenían a los otomanos, el caso es que desde finales del siglo XVI los portugueses vieron en los mogoles una suerte de espada de Damocles: todo iría bien mientras los mogoles no se interesasen por el sur de la India, porque el día que lo hicieran… Otra fuente de inquietud fueron las relaciones con la Persia safavida. En 1587 ascendió al trono el Shah Abbas I, que fortaleció militarmente el imperio y fue menos condescendiente que sus predecesores con la presencia portuguesa en Ormuz. El Shah Abbas reorientó la economía persa hacia el comercio y encontró que los portugueses eran un incordio considerable. Los desencuentros entre persas y portugueses fueron in crescendo y culminarían con la conquista de Ormuz por los persas en 1622. Tan grave como la pérdida de Ormuz fue la de Syriam nueve años antes, ya que privó a los portugueses de un punto clave a partir del cual controlar las rutas comerciales en el golfo de Bengala.

También en el Extremo Oriente las cosas empezaron a torcerse. El unificador de Japón, Toyotomi Hideyoshi, ya había encontrado a los jesuitas bastante entrometidos y en la década de los ochenta del siglo XVI había adoptado las primeras disposiciones anticristianas.  Los señores cristianizados tendieron a pasárselas por el forro y hubo bastante vista gorda; sin embargo, eran un indicio de lo que estaba por venir. Para finales del XVI se difundió entre los gobernantes japoneses una psicosis anti-ibérica y anti-cristiana: sospechaban que portugueses y españoles albergaban designios de apoderarse de Japón y que los misioneros eran su quinta columna. En 1614 el shogun Tokugawa decretó la expulsión de todos los misioneros. En lo sucesivo los portugueses ya no jugarían ningún papel político en Japón e incluso en el terreno comercial se verían ensombrecidos por los holandeses. Los holandeses, por cierto, nunca despertaron la misma inquina que los portugueses, porque nunca trataron de evangelizar. Iban a la pela.

Y ahora hablemos de la irrupción de otros europeos en lo que hasta este momento había sido un monopolio portugués. El primer barco inglés en aparecer en aguas asiáticas lo hizo en 1592; el primer navío holandés aparecería cuatro años después. Haciendo gala de cierta miopía, los portugueses no se inquietaron excesivamente al principio. Ingleses y holandeses procuraron en los primeros momentos no tener roces con los portugueses. Primero había que reconocer el terreno y establecer las alianzas necesarias. Pronto las cautelas de los inicios desaparecieron. Desde comienzos del siglo XVII los ingleses comenzaron a hacerse presentes en la costa de Gujerat y en el Golfo Pérsico, mientras que los holandeses se iban haciendo fuertes en el archipiélago indonesio y comenzaban a ser un factor a tener en cuenta en el comercio del golfo de Bengala y de la costa de Coromandel.

Los portugueses pronto salieron de la inopia inicial y comenzaron a idear maneras de protegerse de los molestos intrusos e incluso de expulsarlos. Una de las ideas que circuló fue la de crear una compañía comercial al estilo de las que ingleses y holandeses habían creado en 1600 y 1602 respectivamente. El proyecto fracasó por falta de capitales y hubo falta de capitales porque los portugueses para 1630 se revelaron incapaces de proteger sus navíos comerciales. La tasa de navíos perdidos era del 33%. De qué poner de los nervios hasta al capitalista más osado.

La estrategia diplomático-militar que sobre todo intentó el Virrey Miguel de Noronha, Conde de Linhares, entre 1630 y 1635 no resultó mucho más exitosa. Intentó expulsar a los holandeses de la costa de Coromandel, pero las dos escuadras que mandó fracasaron en su objetivo. Peor todavía, entretanto el gobernador mogol de Bengala arrebató a los portugueses la colonia que allí tenían de Hughli, que les abastecía de salitre y que les permitía participar en el lucrativo comercio textil de Bengala. Los portugueses reforzaron sus fuertes en la parte oriental de Ceilán para precaverse de las incursiones holandesas, que solían actuar en colusión con el reino de Kandy, que estaba deseando verse libre de las interferencias portuguesas. A la larga la situación en Ceilán se acabaría haciendo insostenible para los portugueses, que en 1658 terminaron perdiendo la isla.

Parte de la poca efectividad militar de los portugueses en aquellos años se debió a que los holandeses llevaron la guerra a su propio terreno. A partir de la segunda mitad de la década de los treinta del siglo XVII los holandeses comenzaron a enviar escuadras contra Goa con el fin de bloquearla e impedirle el comercio y el contacto con Lisboa.

Y como a perro flaco todo son pulgas, en 1639 Japón expulsó a los portugueses de sus islas y les prohibió comerciar con ellas y dos años después Holanda les arrebató el importantísimo puerto de Malacca.

Para cuando Portugal recuperó su independencia en la década de los cuarenta del siglo XVII, el Estado da India se asemejaba a una hermosa mansión señorial completamente en ruinas. Había perdido bases tan importantes como Ormuz, Hughli y Malacca; la red comercial Malacca-Macao-Nagasaki-Macassar-Manila estaba completamente desmantelada y no era recuperable; Oman había aparecido como una potencia comercial rival en el Índico occidental; el conflicto con los holandeses, que no terminaría hasta 1669, ya había comenzado a poner en peligro sus intereses en Cochin, Ceilán, Malabar y la costa de Kanara. A la larga los portugueses quedarían expulsados de todos esas regiones.


El último tercio del siglo XVII, una vez firmada la paz con los holandeses, fue el momento de recomponer lo que quedaba del Estado da India. Pero esta historia la dejo para otra entrada.

lunes, 6 de octubre de 2014

El imperio portugués en Asia (2)


A muchos portugueses, que lo que querían era hacerse ricos yendo a su bola, el sistema de las “carreiras” y el control que quería imponer la Corona, les rechinaba como que bastante. Así pues, las costas del Índico se llenaron de portugueses que iban por libre y pasaban de la Corona. Estos portugueses podían ser una fuente de problemas para la Corona: se dedicaban a menudo al corso, no les importaba entorpecer a los representantes de la Corona, cuando entendían que iban en contra de sus intereses, lo que solía ser casi siempre, y sus acciones repercutían sobre la imagen de Portugal, porque vete tú a explicar a un gobernante indio que el sujeto ese que es cristiano y portugués y que le ha robado un barco no tiene nada que ver contigo.

Cuando la Corona se salía con la suya, como era el caso en el Índico occidental, se establecían colonias, que contaban con una guarnición y algunos funcionarios de la Corona (capitán, secretario…). Dichas colonias contaban con una población de mercaderes portugueses que se dedicaban al comercio privado de maneras autorizadas por la Corona.
Para 1525 resultó claro que la actividad portuguesa en Asia seguía dos líneas muy diferentes. La primera era militar y expansionista y estaba apoyada por la Corona y la alta nobleza. La segunda era netamente comercial e interesaba sobre todo a la baja nobleza, a los hidalgos y a los elementos marginales que iban a Asia a buscarse la vida. La Corona portuguesa siempre careció de los recursos necesarios para imponer sus deseos a todos los portugueses de Asia, de manera que las tensiones entre la vía militar y la comercial y entre los portugueses que acataban los planes de la Corona y los que iban por libre, nunca se resolvieron del todo.

La década de los treinta del siglo XVI trajo los signos precursores de la crisis que a mediados de siglo se abatiría sobre el imperio portugués en Asia. El progreso de la colonización de Brasil supuso el desvío de hombres y recursos en detrimento de Asia. Por otra parte, el Imperio Otomano volvió a interesarse por el Índico. En 1535 una flota otomana atacó sin éxito Diu, anticipando los dolores de cabeza que más tarde darían a los portugueses. Desde mediados de siglo los otomanos fueron una presencia molesta a tener en cuenta en el Índico occidental. Al mismo tiempo en el Índico oriental surgió otra potencia igualmente molesta: el sultanato de Aceh en el norte de Sumatra. Finalmente, los patrones comerciales en el golfo de Bengala empezaron a cambiar con la emergencia de dos nuevos poderes, Arakan y Toungoo.

No fue solo en Asia donde las cosas empezaron a torcerse para los portugueses. A mediados de siglo Portugal conoció una fuerte crisis económica ocasionada en parte por la recuperación de la ruta levantina de las especias, sobre la que los portugueses no tenían ningún control. La falta de capitales se tradujo en una disminución del comercio tanto con Asia como Flandes e Inglaterra. En el norte de África una nueva potencia belicosa, los Sa’dis, comenzó a amenazar los enclaves portugueses.

En este contexto, en la Corte de Joao III se debatieron en la década de los treinta tres posibles líneas de política exterior: 1) Concentrarse en el norte de África, que estaba a dos pasos de casa y donde el sueño de crear un gran imperio terrestre no había desaparecido del todo; 2) Centrarse en Asia, siguiendo con esa combinación tan peculiar de comercio y guerra; 3) Dirigir la atención al Atlántico, ya que Brasil había revelado tener un gran potencial agrícola y Angola podía abastecerle de los esclavos que necesitaba para desarrollarlo. El problema es que no había recursos suficientes para seguir las tres líneas. Habría que sacrificar alguna de ellas. Al final fue el norte de África lo que se sacrificó, pero por poco. No faltaron voces en la Corte que abogaron por abandonar Asia.

También en Asia hubo sus debates sobre las estrategias a seguir. Si el gobernador Martim Afonso de Sousa (1542-1545) centró lo mejor de sus esfuerzos en el Índico oriental, el Sudeste Asiático y la ruta hacia China, su sucesor Joao de Castro (1545-1548) volvió a poner las prioridades donde los portugueses siempre las habían tenido, en el Índico occidental. Aun así, algo de lo iniciado por Sousa perviviría: en lo sucesivo el comercio con China vía Macao y el comercio con Japón tendrían una importancia creciente, que se haría evidente sobre todo a partir de 1560.


Al debate sobre el área geográfica a privilegiar, se unió el de la estructura que el imperio debería tener, si centralizada o descentralizada. Otro debate de aquellos años fue si la Corona debía participar en las actividades comerciales en Asia y, en caso afirmativo, cómo debía realizarse esa participación. Como en tiempos de Dom Manuel, seguía habiendo quienes defendían para la Corona un papel esencialmente militar, de lucha contra el infiel y que pensaban que el comercio era mejor dejarlo en manos de los comerciantes privados. A la larga lo que primó fue la progresiva retirada de la Corona de la actividad comercial. El ejemplo español y el crecimiento de una clase de mercaderes con ganas y capitales para involucrarse en el comercio asiático resultaron esenciales. Para finales del siglo XVI la Corona sólo explotaba tres rutas: las que unían a Goa con Mozambique, Sri Lanka y las Molucas. Todas las demás funcionaban en régimen de concesión. 

viernes, 3 de octubre de 2014

El imperio portugués en Asia (1)


Los portugueses fueron los primeros europeos en llegar a Asia y también los últimos en marcharse. De Goa les echaron los indios en 1961, catorce años después de que se hubieran ido los ingleses. Su colonia timoreña en el archipiélago indonesio sobrevivió casi tres décadas a la presencia holandesa en la región. Incluso su enclave de Macao duró dos años más que la británica Hong Kong. Sin embargo, fuera del mundo lusófono es poco lo que hay impreso sobre el imperio portugués. Uno de los pocos historiadores no procedentes de la Lusofonía que ha estudiado los avatares de los portugueses en Asia es el indio Sanjay Subrahmaniam. En este breve resumen de lo que fue la presencia portuguesa en Asia, me basaré básicamente en sus libros “El imperio portugués de Asia 1500-1700” y “Vasco de Gama. Leyendas y tribulaciones del virrey de las Indias”.

Lo primero que hay que quitarse de la cabeza es que los portugueses tuvieran una idea clara de lo que querían conseguir cuando Vasco de Gama partió de Lisboa en 1497 para buscar la ruta marítima hacia la India. Había círculos que temían que el establecimiento de una ruta comercial directa con la India reforzaría el poder real. Otros preferían centrarse en el norte de África, en el que veían su esfera natural de expansión. Realmente si hubo expedición en dirección a Asia en 1497 fue porque el Rey Dom Manuel se impuso a sus contradictores.

Casi desde que Vasco de Gama hubo regresado a Portugal en 1499, se puso de manifiesto que los portugueses no tenían una estrategia única para Asia. Para la Corona se trataba de establecer una ruta comercial entre Lisboa y la costa malabar, que la enriqueciese y, de paso, contribuyese al aumento de su poder. Al final la Corona portuguesa acabaría desarrollando un comercio triangular: de la costa oriental de África extraería el oro con el que compraría los textiles de Gujarat, que luego revendería en África, y la pimienta y las especias que terminarían en Lisboa. A este objetivo puramente mercantil, el Rey Dom Manuel, que tenía complejo de Mesías, le añadiría otro: coger en pinza a los musulmanes y triturarlos. La búsqueda del mítico reino cristiano del Preste Juan y el afán por encontrar cristianos en la India (los había, pero no tantos como creyó Vasco de Gama en su primera expedición, que llegó a pensar que eran la mayoría de la población) lo que pretendían era encontrar aliados religiosos en la retaguardia del mundo musulmán. Mientras esos cristianos asiáticos golpeaban al Islam en Oriente, Portugal haría lo propio en el norte de África y a poco que se esforzasen, conquistarían Jerusalén y destruirían La Meca. Era un planteamiento más medieval que renacentista y bastante ilusorio, pero es que Dom Manuel se las traía.

A la mayor parte de los hidalgos que participaron en la empresa, las ideas de Dom Manuel se la refanfinflaban, pero tenían una virtud: les daban la excusa perfecta para dedicarse al corso en las aguas del Índico y del Mar Rojo y saquear a todo navío musulmán con el que se cruzasen. La Corona tuvo que aceptar que los hidalgos se dedicasen a la piratería, porque a menudo era el único incentivo que podía ofrecerles para que fuesen a Asia: que se hiciesen un capitalito a base de esquilmar a pobres comerciantes musulmanes que no les habían hecho nada.

En 1505 fue enviado a la India el primer Virrey portugués, Francisco de Almeida. La carta de instrucciones que le dio el Rey esboza ya una estrategia para Asia: conseguir el monopolio del comercio de la pimienta y las especias. Para ello el Rey le encomienda que construya una fortaleza en la embocadura del Mar Rojo para cortar el comercio del Imperio Mameluco con la India. A esa fortaleza deberían unirse otras en el perímetro del Índico occidental para asegurar el monopolio comercial portugués. Esa estrategia, además, permitiría reforzar a los cristianos del reino del Preste Juan, con los que Dom Manuel seguía contando para su cruzada antimusulmana.

Almeida cumpliría con tibieza y parcialmente las instrucciones de Dom Manuel. Entendía que la fuerza de Portugal estaba en su armada y pensaba que construir fortalezas llevaría a desviar recursos y a la postre a debilitar a la armada. Albuquerque le sustituyó en 1510 y él sí que realizaría los designios de Dom Manuel. A su muerte en 1515, Portugal cuatro fortalezas claves en el Índico: Kilwa, Ormuz (que permitía a Portugal cerrar el Golfo Pérsico y daría muchos quebraderos de cabeza a los gobernantes musulmanes ribereños), Goa y Cannanore. Con Albuquerque, además, los portugueses se hicieron presentes en el Sudeste Asiático: en 1511 conquistaron el importante puerto de Malacca.


La conquista de Malacca colocó a Portugal en el centro de una red comercial que conectaba a toda una serie de puertos del Índico Oriental: Pulicat, Chittagong, Pegu… Estas rutas (denominadas “carreiras”) eran gestionadas por la propia Corona, cuyos representantes viajaban a bordo de los barcos y a menudo se veían obligados a ejercer labores diplomáticas, además de las puramente marineras y comerciales. Por otra parte, la conquista de Malacca convirtió a Portugal en un actor político en el Sudeste Asiático y en el mundo indonesio. 

martes, 30 de septiembre de 2014

Las 36 estratagemas


Aunque es probable que un texto impreso con las estratagemas ya hubiera circulado a finales de la dinastía Ming, la leyenda más extendida dice que el original de la versión que se ha popularizado de las 36 estratagemas fue encontrada por casualidad en la provincia de Shanxi a mediados del siglo XX e impresa por un editor de Chengdu. En 1961 las 36 estratagemas empezaron a adquirir notoriedad, cuando el Diario del PCCh de Guangming publicó una revisión de las estratagemas. La fecha no fue casual: era el momento de las tensiones con la URSS.

Ha habido muchos intentos de atribuírselas a uno u otro pensador. Un candidato obvio ha sido Sun Tzu, el autor de “El arte de la guerra”. Aunque las 36 estratagemas responden al mismo espíritu que “El arte de la guerra”, el estilo es muy diferente, son más abstractas y están menos elaboradas. Otro al que se las han atribuido es Zhuge Liang, un general de la época de los Tres Reinos que pasa por ser uno de los mejores estrategas que haya tenido China. Otro candidato a su autoría es el General Wang Jingze, que vivió en la época de las dinastías del norte y del sur. En mi opinión, resulta inútil buscar un autor. Las estratagemas tienen todo el sabor de las máximas populares que no son de nadie. Posiblemente, alguien, -nunca sabremos quién,- se entretuvo en comentarlas y sus comentarios pervivieron y llegaron hasta nosotros.

Las estratagemas consisten en una breve máxima que condensa la estratagema. Le sigue un breve comentario que explica la máxima y es que, efectivamente, sin comentario algunas de las máximas son incomprensibles. Por ejemplo: “Patea la hierba para asustar a la serpiente” (estratagema 13). Ediciones posteriores añaden ejemplos de la Historia china en los que se empleó una de las estrategias y casos en los que se emplearon en el mundo empresarial.

Tomemos, por ejemplo, la estratagema 9: “Mira los fuegos que arden al otro lado del río”. Así, sin más, uno pensaría que es el consejo de un pirómano. El comentario es: “Demora la entrada en el campo de batalla hasta que todos los otros actores se hayan agotado luchando entre sí. Entonces ve con todas tus fuerzas y recoge las piezas”. Por cierto que según el libro que consulte, el comentario cambia, pero siempre yendo en el mismo sentido: “Deja que tus enemigos luchen entre sí mientras descansas y observas. Después derrota al extenuado superviviente.”

Un ejemplo de la Historia china en el que se aplicó esta estratagema ocurrió durante el período de los reinos combatientes. Los reinos de Qi y Chu estaban haciéndose la guerra por la hegemonía. El Rey Hui de Qin quería intervenir del lado de Qi. Su consejero Chen Zhen le aconsejó que no lo hiciera y que esperara a que ambos se hubieran agotado antes de intervenir. Esta historia aparece en la obra histórica “Estratagemas de los Reinos Combatientes” y allí se habla de “sentarse en la montaña y ver cómo se pelean los tigres”. La similitud, aunque las denominaciones sean distintas, me hace pensar que las 36 estratagemas procedían del folklore tradicional y que no cabe atribuirlas a ningún autor concreto.  

Como ahora está de moda aplicar las estratagemas chinas al mundo empresarial, sacaré a colación un ejemplo de su aplicación en el mundo de la empresa. A finales de los setenta, dos empresas norteamericanas emprendieron un proceso judicial a propósito de la semejanza de los nombres de sus exterminadores de cucarachas. Uno era el Cal Mex Bug Destroyer, que utilizaba un procedimiento electrónico, y el otro el Calameks Bugs Killer, que empleaba una sustancia química. ¿Qué ocurrió? Que apareció en el mercado la empresa japonesa Maebashi Industries y conquistó el mercado con su exterminador de cucarachas sónico.

Lo que más me interesa de las 36 estratagemas es lo que revelan sobre la mentalidad estratégica china y lo que la diferencia de la occidental.

La primera gran diferencia es que en Occidente concebimos la paz y la guerra como los dos extremos de un continuo. En un extremo tenemos la paz total y en el otro la guerra. La situación es binómica: o paz o guerra. Ojo, que aquí me estoy refiriendo al pensamiento occidental clásico. En la actualidad, los analistas hablan de conflictos de baja intensidad, situaciones grises que no son de paz, pero tampoco de guerra abierta. Además, el concepto de guerra y de pensamiento estratégico Occidente lo solía aplicar a un campo muy específico: el de la política. También aquí las cosas han cambiado y el concepto de guerra y de pensamiento estratégico se ha extendido al mundo empresarial.

En China la idea que prevalecía es que todo era un campo de batalla y no había ninguna esfera de las relaciones humanas a las que el pensamiento estratégico no se pudiera aplicar. Por ello, cuando ahora los occidentales se lanzan sobre Sun Tzu y buscan aplicar sus máximas al mundo empresarial, no están haciendo nada nuevo que los chinos no llevasen haciendo un par de milenios.

En cuanto a la segunda gran diferencia con Occidente, creo que la mejor manera de mostrarla es exponiendo brevemente las ideas de von Clausewitz, cuyas ideas sobre la guerra han sido determinantes en el pensamiento occidental.

Para von Clausewitz el objetivo de la guerra es desarmar al enemigo y ello no puede conseguirse sin derramamiento de sangre. Las recetas que da von Clausewitz van dirigidas a facilitar la evaluación correcta de las fuerzas enfrentadas y cómo maximizar nuestras ventajas. Von Clausewitz aboga por concentrar toda la fuerza en un punto y buscar la batalla decisiva. “En la guerra, el encuentro es la única actividad efectiva; en él, la destrucción de las fuerzas oponentes es el medio para alcanzar el fin (…) En la guerra, la decisión por las armas equivale, tanto en las operaciones grandes como en las pequeñas, al pago al contado en las transacciones comerciales. Por remotas que sean estas relaciones, por más que las liquidaciones rara vez se produzcan, al final tienen que realizarse (…) La decisión por la fuerza de las armas se halla en la base de todas las combinaciones posibles…Von Clausewitz es consciente de la importancia de la moral y del papel que juegan la inteligencia y las estratagemas, pero todo eso va encaminado a adquirir la ventaja en lo que es la esencia del arte de la guerra, la batalla.

Un chino que leyese a von Clausewitz se preguntaría si de pequeño no le darían una pedrada en la cabeza que le dejaría medio tonto, porque si no a ver cómo se explican tantas bobadas.

El objetivo del estratega chino no es tanto desarmar al enemigo como privarle de la voluntad de luchar, hacer que abandone el combate antes incluso de que haya comenzado. Sun Tzu dice: “La victoria completa se produce cuando el ejército no lucha”. Como vemos, un concepto completamente distinto del de desarmar al enemigo que preconizaba von Clausewitz.

Si hubiera que pensar en una palabra común para las 36 estratagemas, esa palabra sería “engaño”. Se engaña al enemigo sobre las intenciones propias (estratagema 1: “Engaña a los cielos para cruzar el océano”, esto es, disfraza tus objetivos reales, mostrando abiertamente que vas a por A, cuando realmente tu objetivo es B); se le engaña sobre la fuerza propia, apareciendo como más fuerte de lo que se es (la estratagema 32: “Abrir de par en par las puertas de la ciudad vacía”; cuando el enemigo te supera abrumadoramente, actúa con tranquilidad, muéstrate despreocupado, de forma que piense que tus fuerzas son mayores de lo que son y que tu tranquilidad se debe a que le has tendido una emboscada); se le engaña incluso acerca de la naturaleza misma de la realidad (la estratagema 7: “Crear algo a partir de nada”; hacer creer al enemigo que existe algo que en realidad no está ahí. El ejemplo más famoso de esta estrategia sería la Operación Mincemeat, por la que los británicos utilizaron un cadáver y lo hicieron pasar por el de un correo que había tenido un accidente junto a las costas españolas. El supuesto correo transportaba documentos con los planes para una invasión aliada de Grecia y llevó a que los alemanes distrajeran fuerzas del Atlántico y las mandaran a un frente que los aliados no tenían intención de atacar).

Las estratagemas tienen también muy en cuenta la situación en la que cada uno está. Pero allí donde von Clausewitz pensaba sobre todo en el emplazamiento físico de cada uno de los ejércitos, la concepción china de la situación es más amplia. La estratagema 15 dice precisamente: “Atrae al tigre fuera de las montañas”, esto es, cuando el oponente se encuentre en una posición ventajosa, fuérzale a que la abandone. 

Para las 36 estrategias, la guerra no es algo que uno pueda tomarse a la ligera. La guerra es un juego implacable donde uno debe estar dispuesto a cualquier sacrificio para conseguir la victoria. La estrategia 11 se llama “Sacrifica el ciruelo por el melocotonero”, esto es, sacrifica un objetivo a corto plazo o un elemento menor, a cambio del objetivo a largo plazo o del elemento mayor. Un ejemplo del empleo de esta estrategia ocurrió en agosto de 1944 cuando los aliados desembarcaron en el sur de Francia. Los alemanes no consiguieron crear una línea defensiva efectiva y para lograr la retirada del Grupo de Ejércitos G, decidieron dejar atrás a la división 242 que estaba en Toulon y a la 244 en Marsella. El sacrificio de esas dos divisiones permitió ganar tiempo para que el resto del ejército se retirara.

Otro elemento de las estrategias es la atención que ponen al manejo de los tiempos. Ya mencioné la estrategia 9 que recomienda la espera cuando dos rivales están peleando entre sí. La estrategia 4 recomienda “Relajarse mientras el enemigo se agota a sí mismo”, esto es, haz que el enemigo se canse inútilmente persiguiendo un objetivo ficticio, mientras descansas y aguardas a que llegue el momento de asestar el golpe. Alejandro Magno utilizó esta estrategia para forzar el cruce del río Hidaspes frente a las fuerzas indias de Porus. Cada mañana sacaba a parte de sus soldados y pretendía que iba a cruzar el río. Porus activaba su ejército para oponérsele y luego descubría que había sido una falsa alarma. Cuando finalmente los macedonios cruzaron el río, pillaron a los indios por sorpresa.


Y finalmente tenemos la estrategia 36, la más sabia de todas: “Si todo lo demás falla, retírate”. Efectivamente el que se retira a tiempo, estará ahí para combatir otro día.