sábado 17 de marzo de 2012

La islamización del paraíso (2)


Otro fenómeno que vino con el nuevo siglo fue una contestación renovada contra el Presidente Gayoom, favorecida por la emergencia de nuevos medios de comunicación. Dos fuerzas sociales muy distintas empezaron a presionar para que hubiera cambios. Por un lado estaban los reformistas laicos, cuyo principal representante era Mohamed Rasheed y su Partido Democrático Maldiveño (MDP según las siglas en inglés). Por otro, los islamistas.

Viendo su posición cada vez más amenazada, Gayoom se envolvió en la bandera del Islam. Aparentemente temía más al desafío del MDP que al de los islamistas. En sus discursos empezó a referirse a las amenazas que se cernían sobre el Islam maldiveño y llegó a afirmar que el MDP deseaba barrer el Islam de las islas. Colocó a los políticos del MDP en la tesitura de tener que demostrar que serían más musulmanes que nadie y que no tolerarían, si llegaban al poder, la más mínima sombra de libertad religiosa. Y a todo esto, los opositores islamistas dando palmas con las orejas y sintiendo que sus posiciones habían sido vindicadas.

En 2005, en el marco del proceso de apertura política, se autorizó la creación de dos partidos islamistas: el Adhaalath y el Partido Democrático Islámico (PDI). El Adhaalath fue creado por 50 jeques y defiende un Islam moderado, moderado en relación con el que defiende el PDI. Allí donde el Adhalaath aboga porque las mujeres se pongan el velo, el PDI pide eso y que se condene a muerte a los traficantes y consumidores de droga. Hubo dudas sobre si permitir el funcionamiento de estos partidos, ante el temor de que el islamismo dominase el espacio político, pero se impuso el criterio del Fiscal General Hassan Saeed, quien afirmó que si no se les dejaba operar abiertamente, pasarían a la clandestinidad y se radicalizarían. En mi opinión los temores de quienes querían prohibirlos, se han cumplido y en el proceso los partidos también se han radicalizado. Hemos tenido lo peor de los dos mundos.

En agosto de 2008 Maldivas se dotó de una nueva constitución, que habría de ser la constitución de la transición a la democracia. La constitución en su art. 2 define al país como una “república democrática basada en los principios del Islam”. El art. 10 dice: “La religión del Estado de las Maldivas es el Islam. El Islam será uno de los fundamentos de todas las leyes de las Maldivas. Ninguna ley contraria a alguno de los principios del Islam será aplicada en las Maldivas.” Y por si quedara alguna duda, el art. 9 señala que un no-musulmán no puede convertirse en ciudadano de las Maldivas. Por cierto que el art. 17 que señala la lista de motivos por los que ningún ciudadano será discriminado (raza, sexo, isla de origen, color de la piel…), no incluye en el listado la religión. ¿Implica eso que a los no-musulmanes se les pueden dar capones? Bien empezamos la construcción de la democracia: haciéndole una higa a la libertad religiosa.

En octubre de ese mismo año hubo elecciones presidenciales, que ganó Nasheed con el 53% de los votos. En mayo de 2009 se celebraron las elecciones legislativas. El Dhivehi Rayyithunge Party (DRP) de Gayoom fue el partido que consiguió el mayor número de escaños: 28 de los 77 del Parlamento, con el 24% de los votos. El MDP, aunque había conseguido el 30,8% de los votos, sólo obtuvo 26 escaños. Un magro consuelo para Nasheed es que, siendo la constitución de 2008 presidencialista, aún podía controlar más o menos la situación.

Las elecciones dieron indicios de que en Maldivas la democracia no es necesariamente positiva para la libertad religiosa. La religión fue uno de los ejes de la campaña electoral. El Presidente Gayoom acusó a la oposición de intentar meter a extranjeros y judíos en el país y de promover otras religiones y promovió la idea de que el Islam en el país sólo estaría seguro con Gayoom. La oposición no se quedó corta y dijo que Gayoom no era un musulmán sunní porque se negaba a decretar que fuese obligatorio el uso del velo por las mujeres. 

Lo malo es que, necesitando aliados, Nasheed tuvo que formar una coalición en la que incluyó a esos chicos tan majos del Adhaalath que querían que las mujeres fuesen veladas. Para que estuviesen contentos, creó un Ministerio de Asuntos Islámicos, que fue copado por el Adhaalath. Al frente del Ministerio colocó al jeque Abdul Majeed Abdul Bari, otro chico majo que pensaba que la apostasía, el adulterio y el asesinato tienen que ser castigados con la pena de muerte. La explicación más plausible es que Nasheed temiera que sus credenciales de buen musulmán se vieran cuestionadas y pensara que la mejor manera de evitarlo era hacerse amiguito de los fundamentalistas. Se olvidó de que los fundamentalistas religiosos son insaciables.

El propio Bari llegó a entender que las urnas habían otorgado a Nasheed un mandato para frenar las conductas no-islámicas. Una manera de frenarlas sería concienciar a los maldiveños sobre la verdadera naturaleza del Islam, vamos lo que en otras latitudes se llamaría adoctrinamiento. Asimismo el Ministró estimó que no era preciso dar espacio a otras religiones, ya que Maldivas es un país especial en el que el 100% de la población es musulmana. Así, en abril de 2009 puso en marcha un programa de concienciación religiosa en las escuelas, pero la única religión sobre la que se concienciaba era sobre el Islam. Las demás no existían. 

Durante su presidencia, la libertad religiosa no hizo más que retroceder, al tiempo que el Islam rigorista avanzaba. En noviembre de 2008 un maldiveño al que se le encontró una Biblia en inglés en su equipaje fue investigado. Esa Nochevieja, el Ministro Bari prohibió las discotecas y las fiestas aduciendo que el Islam veda que personas de distinto sexo bailen juntas. El Ministerio de Asuntos Religiosos, o sea los fundamentalistas de Adhaalath, empezó a controlar los sermones de los viernes. E incluso para poder hacer proselitismo musulmán, se requería la presencia de un representante del Gobierno. Incluso las tradicionales visitas a las tumbas de los santones sufíes fueron proscritas. A los extranjeros se les permitía la práctica de su religión, siempre que fuera en la intimidad de sus hogares. La más mínima sospecha de que se estuvieran dedicando a actividades proselitistas se sancionaba con la deportación.

El Presidente Nasheed no tuvo una presidencia fácil. En el parlamento la mayoría estaba en manos del DRP de Gayoom, que regularmente le acusaba de no-islámico, acusación que suscitaba cierto entusiasmo entre sus supuestos aliados del Adhaalath, cada vez más radicalizados. Entre las historias que circulaban sobre Nasheed estaban que durante su visita a la India había bebido alcohol, que consumía drogas, que hacía la ola a funcionarios israelíes y que estaba embarcado en oscuros planes para suprimir el Islam en las islas. En la calle, los fundamentalistas estaban cada vez más crecidos y cualquiera que disintiese con ellos podía verse en problemas. A un tal Mohamed Nazim al que se le ocurrió identificarse como ateo en el curso de una conferencia que daba un estudioso islámico, le dieron una somanta de palos, una ONG pidió que le condenasen a muerte y dos funcionarios del Ministerio de Asuntos Islámicos fueron a su domicilio a partirle las pier…, digo a esclarecerle las dudas que pudiera tener sobre el Islam. Tanto interés por la salvación de su alma ablandó a Nazim que vio la luz y regresó al sendero del Islam.

En la primavera de 2011, tal vez para soltar presión, Nasheed accedió a las demandas de Adhaalath de desarrollar reglamentariamente la Ley de Protección de la Unidad Religiosa de 1994. Bari venía insistiendo en que el insulto al Islam y las conductas pecaminosas se habían convertido en el pan nuestro de cada día en las islas. Peor todavía, elementos extranjeros estaban intentando introducir en las islas esa cosa tan perniciosa llamada “libertad religiosa”.

La redacción de los reglamentos corrió a cargo de once estudiosos religiosos, un equipo de juristas, el Presidente y los tres Fiscales Generales. El Ministerio de Asuntos Islámicos supervisó el proceso de elaboración. La nueva normativa estableció la obligatoriedad de obtener un permiso gubernativo antes de dar un sermón o una enseñanza islámica. Ilegalizó la propagación de otras religiones o el intento de convertir a un musulmán a ellas. Igualmente ilegalizó el despliegue público de símbolos o máximas de otras religiones o atraer interés sobre ellos y la introducción o exhibición de materiales impresos de otras religiones. La pena era de cinco años de prisión para los maldiveños y la deportación inmediata para los extranjeros.

Parecen unas regulaciones jodidas, ¿verdad? Pues al Adhaalath no le parecieron suficientes. En noviembre de 2001 abandonó la coalición gubernamental, aduciendo que el MDP había enmendado las regulaciones acordadas antes de su publicación oficial. Poco después la presión de los fundamentalistas en la calle contra el Presidente aumentó. En diciembre hubo manifestaciones en Male, pidiendo el cierre de los spas de los resorts turísticos, aduciendo que eran burdeles encubiertos, y pidiendo la prohibición del alcohol en todo el país, incluidos los resorts. Ya puestos a pedir estupideces, también pidieron que se demoliesen unos monumentos donados por Pakistán para conmemorar la cumbre de SAARC, aduciendo que incitaban a la idolatría, y que se frenasen los planes para iniciar vuelos directos con Israel. Todo podría resultar hasta divertido, a menos que uno sea Nasheed o un maldiveño que sólo quiera que le dejen vivir su vida según su leal saber y entender.

El pasado 7 de febrero las bromas se terminaron. Una combinación de protestas callejeras, policía mirando a otro lado y tejemanejes de varios partidos políticos, empezando por Adhaalath, forzó la dimisión de Nasheed. Algo me dice que la islamización de las Maldivas va a proseguir en andante.

jueves 15 de marzo de 2012

La islamización del paraíso (1)



Cuando uno piensa en las islas Maldivas se le vienen a la cabeza imágenes de playas de arena fina, buceo y palmeras. Para actualizar la imagen, convendría que a uno se le empezasen a venir imágenes de mujeres en burka e imanes barbados.

Las islas Maldivas se islamizaron en el siglo XII cuando un santón musulmán que según unos venía de Sri Lanka, según otros del norte de África y según unos terceros de Irán (esto es lo más probable) convenció al rey Dharmavan de que Dios no había más que uno y Mahoma era su profeta. El rey ordenó a sus súbditos que se convirtiesen echando leches y a los monjes budistas del reino les dio la alternativa de separarse de su fe o de sus cabezas. Parece que la islamización fue rápida y posiblemente volaran las hostias para los que no se quisieran convertir. La destrucción de monumentos y manuscritos budistas fue completa. Tanto que a partir de ese momento el ser musulmán se convertiría en el elemento identitario básico de los maldiveños.

Los maldiveños son sunníes y siguen la escuela shafií. Mal comunicado con los grandes centros musulmanes de Oriente Medio y de Asia, el Islam maldiveño absorbió muchas prácticas y costumbres tradicionales y el nivel de conocimiento teológico de buena parte de la población fue bajo. Para muchos el Islam se limitaba a cumplir con el ramadán y las oraciones y poco más.

Teniendo poco que ofrecer económicamente, las Maldivas sólo atrajeron un lejano interés por parte de los europeos: unos cuantos conquistadores portugueses tocando las narices durante algunos lustros en el siglo XVI y un suave protectorado holandés a finales del XVIII, que fue traspasado a los ingleses en el XIX. En 1887, mediante un tratado, los británicos formalizaron su protectorado sobre las islas, que fue suave y dejó pocas huellas.

La historia de las Maldivas durante el protectorado británico fue la historia de las luchas entre unos sultanes ineficaces y sus Primeros Ministros y las disputas sobre la presencia militar británica en Gan y Hittadu. También fue la historia de la redacción de Constituciones, práctica que a los maldiveños parece gustarles todavía más que a los thailandeses: entre 1932 y 1965, cuando accedieron a la independencia, Maldivas se dotó de 8 constituciones (1932, 1934, 1937, 2 en 1942, que fue un año muy productivo en lo que a constituciones se refiere, 2 en 1954 y 1964).

Hasta que a Maldivas le entró la fiebre constitucionalista, el sistema legal consistía en la shariah interpretada a la luz de las costumbres tradicionales. Los sultanes se hacían asesorar por una serie de consejeros, entre los que había sabios musulmanes. La posición de estos sabios era equívoca: podían ejercer mucha influencia sobre el gobierno del país, pero el día que al sultán se le cruzaban los cables, les daba la patada y a otra cosa.   

Hasta finales de los setenta, las Maldivas permanecieron al margen de los movimientos que, inspirados por los Hermanos Musulmanes de Egipto y por el Jamaat-e-Islami de Pakistán, agitaron al Islam global. La cosa cambió cuando Maumoon Abdul Gayoom llegó al poder en 1978.

Gayoom había sido uno de los primeros maldiveños en estudiar en la universidad cairota de El-Azhar en los cincuenta. Su área de estudio fue la jurisprudencia musulmana. Allí entabló contacto con los Hermanos Musulmanes y llegó a asistir a prédicas de su fundador, Sayyed Qutb. También se vio influido por el nacionalismo progresista de Nasser y uno sospecha que sus métodos expeditivos y autoritarios no le dejaron del todo indiferente.

Gayoom era básicamente un islamista moderado, nacionalista y autoritario. Yo encuentro que en la islamización que promovió hay muchos elementos comunes con la que Mahathir promovió en Malasia. En ambos hubo una combinación de convicción y cálculo político. Ambos creían firmemente en el Islam y ambos vieron cómo les podía ayudar a mantenerse en el poder. En el caso de Mahathir se trataba de evitar que la oposición del PAS pudiera hacer del Islam una bandera que utilizar en su contra. En el de Gayoom, se trataba de desacreditar al régimen de su predecesor y a las antiguas élites, que eran laicistas.

La promoción del Islam en los ochenta tomó formas que en principio pudieron parecer no muy amenazadoras: construcción masiva de mezquitas; establecimiento de escuelas coránicas; edificación de la gran mezquita de los viernes en Male, que fue financiada, entre otros, por capitales de los Estados del Golfo, Pakistán, Brunei y Malasia y fue una señal del creciente influjo de los países árabes sobre el Islam maldiveño; becas para cursar estudios islámicos en Oriente Medio y Pakistán (Gayoom viviría para lamentar la concesión de esas becas). Dado el bajo nivel de conocimiento de la religión musulmana que tenían los maldiveños las medidas podían ser vistas hasta con simpatía.

Gayoom hizo del Islam una herramienta para afianzar su poder. Primero le había ayudado a desacreditar y deslegitimizar a sus predecesores. Ahora le serviría para rodearse de una aureola de infalibilidad. Aprovechando sus credenciales de licenciado en estudios islámicos por la prestigiosa universidad de Al-Azhar, llegó a autodesignarse en el artículo 38 de la Constitución de 1998 como “la autoridad suprema para propagar los principios del Islam en las Maldivas.” Gayoom estableció una simbiosis con las madrasas y los predicadores: él los financiaría generosamente y ellos promoverían el tipo de Islam sunní estatalizado que él quería. En su afán controlador, Gayoom fue tan lejos como distribuir a las mezquitas los sermones que debían predicar los viernes.

No obstante, como también descubrieron los malasios, la religión es un genio que cuando lo sacas de la botella, ya no lo puedes volver a meter en ella. Algunos de esos jóvenes a los que Gayoom había becado con tanto entusiasmo, regresaron del extranjero imbuidos de wahabismo y salafismo, decididos a arabizar el Islam maldiveño. Gayoom reaccionó promulgando la Ley de Protección de la Unidad Religiosa de 1994 cuyo objetivo era unificar la práctica y la predicación del Islam, al tiempo que restringía la práctica y manifestación de cualquier otra religión. Con esta Ley y la Constitución de 1998 quien creyese en Allah de una manera que no fuese la prescrita por Gayoom lo llevaba jodido.

Con todo y con eso, para comienzos del siglo XXI, el ascenso del Islam radical ya era un hecho ante el cual el mismo Gayoom tenía que doblar la cerviz. En 2003 aparecieron posters con la cara de Osama bin Laden en Edhyafushi. En 2005 una tienda de Male fue atacada por haber exhibido un Santa Claus. Aparecieron centros de difusión del Islam radical, el más notable de los cuales fue la mezquita de Dar-ul Khair en Himandhoo. En octubre de 2006 el gobierno ordenó su demolición que hubo de hacerse frente a la resistencia de los lugareños, que poco después la reconstruyeron. En septiembre de 2007 se produjo el primer atentado terrorista en el país, cuando una bomba rudimentaria estalló en Sultan Park, en Male, e hirió a doce extranjeros.

Lo peor fue que los radicales maldiveños para entonces ya habían establecido contactos con las redes islamistas internacionales. Un momento clave para esos contactos fue el tsunami de diciembre de 2004. Una serie de organizaciones islámicas internacionales desembarcaron en las Maldivas con el pretexto de realizar tareas humanitarias. Entre ellas estaba Idara Khidnat-e-Khalq (IKK), que es el brazo “caritativo” del grupo pakistaní Lashkar-e-Tayyiba (alias también Jamaat-ud-Dawa). Parte de la ayuda humanitaria de IKK consistió en enviar a jóvenes maldiveños a que se “formaran” en madrasas radicales de Pakistán. La mejor muestra de que Maldivas había entrado en las redes del fundamentalismo islámico fue que empezó a detectarse la presencia de maldiveños en grupos extremistas internacionales. El primero fue Ibrahim Fauzee, un clérigo que fue capturado en 2002 en una casa que se sospechaba que era una base de al-Qaeda en Karachi. 

lunes 12 de marzo de 2012

¿Cuán feliz eres?



El Producto Interior Bruto, el PIB, ese gran fetiche de nuestros días es una invención relativamente reciente. En la lucha contra los efectos de la Gran Depresión, el Presidente Roosevelt advirtió lo difícil que era combatirlos con datos incompletos. En aquellos días, para hacerse una idea de la marcha real de la economía, los gobernantes utilizaban índices indirectos como el nivel de los inventarios o los índices de producción industrial. La Administración Roosevelt encargó al economista Simon Kuznets y a su equipo de la Oficina Nacional de Investigación Económica que elaboraran un sistema de contabilidad nacional que ofreciese una visión de conjunto más ajustada del estado de la economía nacional. El fruto del trabajo de Kuznets y sus muchachos fue el PIB.

El PIB es la suma agregada del valor de todos los bienes, infraestructuras y servicios producidos en un país durante un año. Sería el sumatorio del consumo doméstico, realizado tanto por las familias como por las empresas, la inversión, el gasto del gobierno y las exportaciones menos las importaciones.

La Administración Roosevelt apreció enormemente la nueva herramienta de política económica que Kuznets y su equipo habían puesto en sus manos. Su utilidad la apreciarían todavía más los planificadores militares durante la II Guerra Mundial. Aquéllos que habían estado envueltos en la gestión de la economía durante la I Guerra Mundial, pudieron comprobar que planificar los gastos bélicos con y sin el PIB era equivalente a la diferencia entre pilotar guiado por un radar o mirando las estrellas.

En 2000 el Departamento de Comercio de EEUU, del que en su día había dependido Kuznets, no pudo evitar darse una medallita a sí mismo y declaró que el PIB había sido “su logro del siglo”. Paul Samuelson y William Nordhaus en su libro “Economics” escribieron: “Al igual que un satélite en el espacio puede estudiar el tiempo en todo un continente, el PIB puede dar una imagen de conjunto del estado de la economía (…) Sin las medidas de  macromagnitudes económicas como el PIB, los decisores políticos se verían a la deriva en un mar de datos desordenados. El PIB y los datos relacionados son como faros que ayudan a los decisores políticos a fijar el rumbo de la economía hacia los objetivos económicos clave.” En condiciones normales, los economistas me dan un poco de repelús, pero cuando encima se ponen líricos y abusan de las metáforas, me dan ganas (no metafóricas) de vomitar. El Premio Nobel de Economía James Tobin otorga al concepto de PIB buena parte del crédito por la buena marcha de la economía en la segunda mitad del siglo XX. Afortunadamente para él, no vivió para ver el inicio de la crisis en 2007 y pudo morir con su confianza en la economía y el PIB incólumes.

Grandes elogios para un invento cuyas limitaciones eran reconocidas por su mismo padre. Kuznets advirtió de algo que muchos han olvidado después: que “el bienestar de una nación difícilmente puede ser deducido de una medición del ingreso nacional.” Kuznets también nos pidió que distinguiéramos entre cantidad y calidad del crecimiento, entre los costes de crecer y los beneficios, entre el corto y el largo plazo. El objetivo de crecer un 3% este año, parece sensato y deseable. Mantener ese mismo objetivo invariable año tras año durante 50, ¿es igual de sensato y deseable? Y la pregunta del millón que uno no suele ver en los informes oficiales: “Los objetivos de más crecimiento deberían especificar más crecimiento de qué y para qué.”

Incluso alguien tan poco sospechoso de radicalismo o de defender puntos de vista alternativos, como es el fracasado ex-Presidente de la Reserva Federal norteamericana Greenspan, reconoció que “no es necesariamente una medida de bienestar o al menos una medida significativa del nivel de vida.” Y lo ejemplifica con un ejemplo que voy a traducir a España. Imaginémonos un verano caluroso. Imaginémonos que la vida en Sevilla y en La Coruña fuera idéntica en todo salvo por el clima. Pues bien, ese verano caluroso el PIB de Sevilla sería superior al de La Coruña en razón de su mayor consumo de aire acondicionado. El PIB es incapaz de recoger en sus cálculos algo tan agradable como una brisa marina que te permita abrir la ventana para dormir fresco. Otro ejemplo de las carencias del PIB que recoge Greenspan y que ha generado un debate no resuelto es cómo manejar e incorporar el output de los hogares que no se comercializa. Un ejemplo: si yo cuido de mi anciano padre en casa y le tengo feliz, el PIB no lo refleja. Si lo traslado a una residencia de ancianos, se coge una depresión de caballo que le obliga a consultar dos veces por semana con un psicólogo que lo atiborra a prozac, el beneficio económico es inmenso: salen ganando el sector servicios (residencia de ancianos + psicólogo) y la industria farmacéutica.

Y ya puestos a encontrarle fallos al PIB, los críticos le han encontrado un montón en los últimos años, tantos que hasta la propia OCDE, y no es la única, organizó en 2007 una conferencia con el título “Más allá del PIB. Midiendo el progreso, la riqueza verdadera y el bienestar de las naciones”. Veamos algunas otras críticas que se le han hecho: promueve el exceso de producción; no toma en consideración el medio ambiente, ya que no mide la contaminación generada por la actividad económica (o incluso la puede imputar como crecimiento: por ejemplo, si la contaminación de una fábrica aumenta el número de cánceres de pulmón, lo que incrementa la cantidad de servicios médicos y hospitalarios demandados); puede estimular un consumo insostenible de los recursos naturales, ya que al no medir su agotamiento, éste se convierte en irrelevante a efectos estadísticos; hay muchas cosas que no mide, pero de cuya importancia para el bienestar somos cada vez más conscientes, como por ejemplo la belleza natural (mantener un paisaje natural inmaculado no se refleja en el PIB; permitir la construcción de un hotel de veinte plantas en el sitio tiene un impacto enorme y benéfico sobre el PIB); no recoge la disparidad en la distribución de la renta (éticamente es neutro. Le resulta indiferente que los 100.000 millones de euros producidos por una economía vayan todos a una persona o se repartan equitativamente entre la población).

Ha habido en los últimos años muchas propuestas para sortear las carencias clamorosas del PIB. Una de las más originales es la propuesta bhutanesa de reemplazar el PIB por la Felicidad Nacional Bruta (FNB). La propuesta parte de la base de que un objetivo humano fundamental es la felicidad que proviene de “vivir una vida en plena armonía con el mundo natural, con nuestras comunidades y con nuestra herencia cultural y espiritual y de saber y confiar en que nuestros líderes se preocupan por el bien común.” Esto último es mucho suponer, pero vamos a asumir que sí, que tenemos buenos líderes que velan por nuestro bienestar.

Para lograr esto debe haber un equilibro entre nuestro capital natural, humano y socio-cultural y nuestras infraestructuras (los bhutaneses hablan de “capital construido” pero creo que se entiende mejor si utilizo este otro término). Para que este equilibro funcione debemos vivir de manera sostenible, dentro de las capacidades que ofrece el planeta, y distribuir equitativamente los recursos dentro de cada generación, entre generaciones y entre los seres humanos y las demás especies. La naturaleza finita de los recursos obliga a utilizarlos de manera eficiente.

En último extremo, para realizar este paradigma, hace falta un cambio en la manera de pensar las cosas. Hay que reconocer primero la naturaleza finita del planeta y que la felicidad y el bienestar requieren mucho más que el mero consumo material. También hay que reconocer que debemos modificar el paradigma actual del crecimiento sin límites.

Como todo no puede quedar reducido a declaraciones de buenismo, los bhutaneses proponen algunas medidas muy concretas. Voy a señalar algunas que me llamaron la atención: desmantelar los incentivos al consumo, incluyendo la prohibición de los anuncios dirigidos a los niños; limitar los consumos excesivos, las rentas no ganadas y la apropiación de los bienes comunes; crear sistemas de comercio justo que promuevan métodos de producción sostenibles y ofrezcan ingresos justos a los productores; modificar los sistemas de contabilidad para que incorporen los costes reales para la sociedad y el medio ambiente de la actividad económica…

¿Suena utópico y buenista? Puede, pero después de haber visto adónde nos ha llevado la senda que habíamos tomado, lo mismo merecía la pena probar la iniciativa bhutanesa.

viernes 9 de marzo de 2012

China en África: ¿es oro todo lo que reluce?


Todo depende de con quién hable uno. Para unos, China es el nuevo salvador de África, cuya acción benéfica viene a ofrecer a las naciones africanas una alternativa al perverso neocolonialismo occidental. Para otros, China es un expoliador sin escrúpulos de recursos naturales, al que el bienestar de las poblaciones africanas le importa una higa. Cuando las opiniones son tan extremadas, la verdad seguramente esté en algún lugar intermedio.

Dos de los mejores libros sobre la presencia de China en África, “The Dragon’s Gift: the Real Story of China in Africa” de Deborah Brautigam y “China’s African Challenges” de Sarah Raine, no ofrecen una visión demasiado negativa.

Brautigam comienza señalando que muchas de las críticas que se formulan a la acción de China en África provienen de la falta de información, cuando no de la información. Resulta clave entender que China está aplicando a África su propia experiencia de desarrollo cuando pide que las infraestructuras que realiza le sean pagadas en materias primas. Es cierto que así sacia su hambre de materias primas, pero también lo es que con este sistema resulta más difícil el desvío de fondos hacia cuentas en Suiza.

Existe la idea en Occidente de que la ayuda china en África está exenta de condicionamientos políticos y que por eso gusta más a los líderes africanos. Esto no es completamente cierto. China también usa su ayuda para promover sus objetivos políticos. La diferencia es que éstos no son la defensa de los derechos humanos o el buen gobierno, sino otros más descarnados como que los regímenes ayudados no reconozcan a Taiwán, que no reciban al Dalai Lama (incluso un país tan importante como Sudáfrica se avino el pasado octubre a denegarle visado por recomendación china) o que en determinadas votaciones en NNUU se alineen con China.

Pero una visión de la política china en África como cínica, brutal y descarnada, tampoco le haría justicia. En los últimos cinco años China ha comprendido que no todo vale y como gran potencia que es, no puede desentenderse completamente de ciertas realidades. Así, China tiene una implicación creciente en las operaciones de mantenimiento de la paz de NNUU. En la actualidad tiene 1.925 participantes en ellas (decimoquinto a nivel mundial por número de participantes) y ha tomado parte en las siguientes ocurridas en África: MINURSO (Sáhara Occidental), UNMIL (Liberia), UNOCI (Costa de Marfil), MONUC (República Democrática del Congo), UNAMID (Darfur, Sudán) y UNMIS (Sudán). Su papel en la crisis de Darfur no siempre fue tan negativo como se señaló. En noviembre de 2006 el Presidente chino Hu Jintao instó al Presidente sudanés a que cooperase con Naciones Unidas y permitiese el establecimiento de una fuerza de mantenimiento de la paz en la región. Para 2007 hasta los chinos se habían dado cuenta de que Mugabe es un cabrón con pintas y cuando el Presidente Hu Jintao visitó varios países del África Austral, Zimbabwe no fue incluido en el recorrido. China coadyuvó más tarde a los esfuerzos del entonces presidente de Sudáfrica Mbeki para lograr un acuerdo de reparto de poder entre Mugabe y el líder de la oposición, Tsvangirai. E incluso en diciembre de 2008, cuando una epidemia de cólera azotó Zimbabwe, China aportó ayuda humanitaria y emitió un comunicado en el que señalaba “su preocupación con el actual deterioro constante de la situación política y económica de Zimbabwe”.

¿Significa esto que China está adoptando una posición más ética en sus relaciones con África? Tampoco exageremos. Los intereses mandan y por mucho que le incomode Robert Mugabe, tampoco se trata de echar por la borda todos los jugosos contratos concluidos en todos estos años. En noviembre del año pasado, Mugabe visitó Pekín y fue saludado como un “viejo amigo”. ¿Suena cínico? Pues sí, pero no más que la actitud de muchísimos otros países. No caigamos en el error de aplicarle a la política africana de China raseros éticos que muchos países no aplican a sus propias políticas.

Algo que China ya ha advertido es que mientras el Estado chino hace un esfuerzo por mantener buenas relaciones con los países africanos, sus empresas se comportan como toro en cacharrería y arruinan todo el capital de buena voluntad generado. Esto se revela en las encuestas que consistentemente muestran que, mientras las élites tienen muy buen concepto de China, la opinión de las sociedades africanas es bastante más crítica. Las acusaciones más extendidas contra las empresas chinas son:

+ Emplean mayoritariamente a chinos y apenas dan trabajo a africanos. Brautigam señala que esta acusación no es del todo cierta, que la contratación de africanos por las empresas chinas depende de la cualificación de la mano de obra en cada país concreto y que cuanto más tiempo una empresa china está en África, mayor es su propensión a contratar africanos.

+ Las condiciones laborales de los trabajadores africanos en las empresas chinas son durísimas. Cierto en muchos casos, pero no es por racismo: las empresas chinas tratan igual de mal a sus trabajadores en China.

+ Las empresas chinas no tienen ninguna preocupación por el medio ambiente. Cierto que son bastante depredadoras del medio ambiente, pero no se comportan de manera diferente en China.

+ Los chinos son unos negociadores implacables y cuando hace falta se escudan en su incomprensión del inglés para salirse con la suya. Quien piense que las empresas chinas han ido a África a hacer caridad y no a enriquecerse, se va a llevar un chasco muy duro. Sí, los chinos abordan los negocios con un a mentalidad similar a la del Bounderby dickensiano de “Tiempos difíciles”, pero, insisto, estamos hablando de hombres de negocios que se han tenido que ganar las habichuelas en el ambiente chino, no de alegres oenegeros.

+ China en general deja tras de sí infraestructuras flamantes, a veces de calidad dudosa, pero poco sostenibles. Además, en el proceso de su construcción, al emplear poca mano de obra africana, no forma los recursos humanos de los países en los que trabaja. Esta crítica tiene bastante de cierto.

+ Los trabajadores chinos viven en sus guetos y no se mezclan con las poblaciones africanas.

+ Tal vez la acusación más jodida: las empresas chinas al inundar África con artículos baratos y de baja calidad están haciendo una competencia durísima a las pequeñas empresas y al pequeño comercio africano. Bueno, esto no sólo ha ocurrido en África y entra dentro de la lógica de la globalización: si no puedes competir con mis productos en precios, ve pensándote en ganarte la vida de otra manera. Si la experiencia de otros países sirve de algo, que los africanos vayan preparándose para ver cómo los equivalentes al “Todo a cien” de nuestros lares pasan a ser todos propiedad de chinos.

Resumamos: China va entendiendo que ser gran potencia acarrea también ciertas responsabilidades, pero la “realpolitik” es la “realpolitik”. Sus empresas a menudo se dejan la ética en el perchero cuando salen de viaje para África y una vez allí, forrarse es lo único que cuenta. Yo me sitúo a mitad de camino entre los defensores y los detractores de la presencia africana de China a los que aludía al comienzo. China se comportará en el continente africano igual de bien y de mal que las potencias que le han precedido. Sería ingenuo esperar otra cosa.