Durante la mayor parte de nuestra evolución, lo importante para sobrevivir no era anticipar los rarísimos cisnes negros que pudieran darse, sino el principio de causalidad. Darse cuenta de que al primo Urgh, después de haberse tomado esas bayas, le empezaba a doler la tripa y se moría, era clave para sobrevivir y trasmitir tus genes a la siguiente generación. En cambio, aquellas sociedades simples, ¿qué cisnes negros podían tener? Tal vez que les cayera un asteroide encima y poco más. La incidencia de los cisnes negros ha aumentado a medida que las sociedades se volvían más complejas.
Nuestros cerebros no están preparados para aceptar que los grandes acontecimientos sean únicamente fruto del azar. Por instinto siempre tendemos a buscar las causas que pudieron haberlos originado. Nos olvidamos de que deducir a partir de una situación actual cuál era la situación de partida puede resultar mucho más difícil de lo que parece. El propio Taleb pone el siguiente ejemplo: si coloco un cubito de hielo en una acera de Sevilla a las tres de la tarde de un día de agosto, puedo prever que en 15 minutos tendré un charco de agua. En cambio, si me encuentro ese charco de agua, ¿de verdad puedo deducir lo que ha sucedido? Ha podido ser un cubito de hielo, o un camarero que pasada con un vaso de agua y ha derramado un poco, o el vecino del sexto que sacó a pasear a su perro. La moraleja, deprimente para los Historiadores, es que tal vez la Historia esté llena de hechos muy improbables, a los que intentar buscarles las causas sería como tratar de adivinar de dónde vino el charquito de agua en la acera de Sevilla.
Veamos el ejemplo del triunfo del cristianismo.
Si lo consideramos fríamente, era muy improbable que el cristianismo llegase a convertirse en la religión predominante del Imperio Romano. Su fundador era un judío del que sus propios correligionarios habían renegado. Judea era considerada como una provincia atrasada, habitada por unos bárbaros que se empeñaban en tener un solo Dios, con lo bonito que es tener un panteón bien nutrido. Los grecolatinos sentían poco respeto cultural por aquellos a los que consideraban bárbaros, con lo que una religión procedente de Judea tenía todos los números para fracasar. Y sin embargo, el cristianismo triunfó, ¿por qué?
Aquí Taleb seguramente diría que el triunfo del cristianismo es un ejemplo perfecto de cisne negro y que los historiadores se enciscarán buscándole causas, cuando no hubo más causas que el puro azar. En esto segundo ha acertado. Los historiadores han intentado aplicar la lógica del principio de causalidad para explicar el ascenso del cristianismo.
Edward Gibbon escribió en el siglo XVIII una monumental historia sobre la decadencia del Imperio Romano. Gibbon no le tenía mucha simpatía al cristianismo. En su obra señala cinco razones que llevaron al triunfo del cristianismo: 1) El celo intolerante de los cristianos; 2) La doctrina sobre el más allá, que mejoraba la oferta de los paganos; 3) Los poderes milagrosos atribuidos a la Iglesia primitiva; 4) La moral pura y austera de los cristianos; 5) La unión y disciplina de los cristianos, que fueron convirtiéndose en un importante grupo de presión en el seno del Imperio.
El clasicista irlandés E. R. Dobbs también apunta a que la intolerancia cristiana fue una ventaja, cuando estaban operando en un marco tolerante. Su soteriología ofrecía además una ventaja frente al paganismo: sólo tenías que optar por Jesucristo, para asegurarte la salvación. No había necesidad de ritos complicados o de sobornar a los dioses para asegurarse la salvación. Además, en un mundo en crisis, donde la vida se había vuelto muy incierta, ofrecía la promesa de un más allá mejor. Por otra parte, era una religión abierta a todos, ni la riqueza, ni la inteligencia tenían ningún peso. En una sociedad que se estaba desintegrando, ofrecía un refugio. Los cristianos se ayudaban mutuamente y ser miembro de la Iglesia ofrecía una sensación de pertenencia.
A finales de los 90, el sociólogo Rodney Stark publicó una obra que ha despertado gran interés: “The rise of Christianity: a sociologist reconsiders History”. En ella afirma que el despegue del cristianismo se debió a las epidemias que azotaron al mundo romano entre el 160 y el 230 d.C, que fueron además acompañadas por las invasiones bárbaras y la crisis de las instituciones romanas en el siglo III. En ese contexto, el cristianismo proporcionó a sus adherentes varias cosas: 1) Les proporcionaba un marco conceptual desde el cual explicar la crisis que estaban viviendo, algo que el paganismo tradicional no podía hacer, y además a contemplarla con esperanza; 2) La solidaridad entre los cristianos no sólo animaba su moral y atraía a los paganos, sino que también mejoraba sus tasas de supervivencia, ya que los enfermos cristianos recibían unos cuidados de los que los enfermos paganos estaban privados.
A las causas apuntadas por estos tres historiadores, habría que añadir otra que he visto señalada varias veces: el ejemplo de los mártires. El ejemplo de los mártires animaba a los cristianos a perseverar en su fe y a los paganos les inspiraba respeto.
Podría traer causas aducidas por otros historiadores, pero creo que Gibbon, Dodds y Stark ejemplifican bien el tipo de razones que se han dado para explicar el triunfo del cristianismo.
Todos parecen convenir en que un factor clave en el ascenso del cristianismo fue la dislocación social del siglo III d.C. Es cierto que los momentos de dislocación social son momentos de cambio de valores. Las viejas certidumbres ya no sirven y la gente busca nuevos caminos. Sin embargo, voy a jugar el papel del abogado del diablo: ¿no estaremos ante un caso de historiadores buscando causalidades, cuando no hay más que un cisne negro? Por ejemplo, ¿cómo explicar el ascenso del cristianismo entre la muerte de Cristo y el 160 d.C., que fue un momento de paz en el Imperio Romano? Realmente, ¿es tan cierto que una grave dislocación social puede llevar a ese cambio de creencias? La Peste Negra en el siglo XIII y la Guerra de los Treinta Años en Alemania fueron momentos de mortandad y dislocación social y no fueron acompañados por cambios en las creencias religiosas. Más sospechoso todavía: también el ascenso del Islam, la propagación del budismo y la aparición de la Reforma protestante se han explicado por dislocaciones y cambios sociales. ¿No podría ocurrir que la explicación de la dislocación social se haya convertido en una justificación muy buena de cualquier cambio religioso que nos encontremos?
Otra explicación del éxito del cristianismo es que ofrecía cosas que el paganismo no ofrecía. Parece cierto que muchos paganos se vieron atraídos por la solidaridad que veían en las comunidades cristianas y por su estilo de vida más simple y austero. También he leído opiniones sobre una supuesta superioridad religiosa del cristianismo sobre el paganismo y ahí entramos en un terreno resbaladizo. Podemos afirmar que una silla hecha de acero para que la use una persona con obesidad mórbida es superior a una hecha de mimbre. En el terreno de las ideas podemos afirmar que una religión que hable de perdonar a los semejantes es superior a otra que hable de rebanarles el pescuezo cada vez que te pisen un callo. Pero más allá de ahí, ¿podemos realmente afirmar que el cristianismo era espiritualmente superior al paganismo? Lo afirmamos en el fondo porque sabemos que el cristianismo desplazó al paganismo y llegamos a la siguiente conclusión: lo suplantó porque era superior. ¿Y si hubiese sido un mero azar esa suplantación? Sin ese azar, si el paganismo hubiese triunfado, ahora estaríamos diciendo que el paganismo triunfó porque era superior.
Un error muy habitual es asumir que sólo había un paganismo y, peor aún, identificar ese paganismo con cuatro aldeanos analfabetos que se creían que Zeus se convirtió en cisne para echarle un quiqui a Leda, a la que parece que iba la zoofilia. No. El paganismo del siglo III d.C. presentaba una oferta para todos los gustos: a los que les iba el rollito New Age, tenían los cultos mistéricos; los intelectuales un poco escépticos podían recurrir al estoicismo o al pirronismo; los intelectuales de tendencias más místicas podían entregarse al neoplatonismo; los amantes de las novedades podían regalarse con el culto a Isis, con Mitra o con cualquiera de los cultos orientales que se expandieron por el Imperio Romano en aquellos años; hasta los militares tenían un culto para ellos, que era el del Sol Invictus.
Podríamos decir que el paganismo antiguo se estaba renovando en aquellos siglos. Esta incorporando nuevos elementos, fruto del contacto con nuevos pueblos y religiones, y por la necesidad de responder a un mundo que estaba cambiando. El cristianismo fue una oferta más de las que estaban compitiendo en ese terreno. A favor del cristianismo jugaron su cohesión, la solidaridad de sus comunidades y el sentido de pertenencia que daba a sus seguidores, y también su intolerancia. El cristianismo era como un agujero negro: lo que caía dentro, ya no salía. Un adorador del Sol Invictus mañana podía compaginar ese culto con el de Isis, o hacerse estoico. El cristiano raramente apostataba y, desde luego, no compartía las prácticas cristianas con las de ningún otro culto. Afirmar que el cristianismo triunfó porque era superior ideológicamente es mucho afirmar. Tampoco parece acertado pensar que su triunfo era inevitable. El triunfo del cristianismo parece más bien uno de los cisnes negros de Taleb.
Un creyente podría entonces hacerse la siguiente reflexión: si no podemos encontrar una causa humana que explique el triunfo del cristianismo, ¿no podría haber sido consecuencia de la Providencia divina? Dios no necesita de causas naturales para hacer milagros. Pues sí, pero en ese caso, la Providencia también habría estado detrás del ascenso del Islam, del budismo y de la Reforma protestante. En tal caso, tendríamos que asumir que la Providencia tiene un sentido del humor de lo más peculiar.

