lunes 8 de febrero de 2010

El cristianismo y los cisnes negros

Durante la mayor parte de nuestra evolución, lo importante para sobrevivir no era anticipar los rarísimos cisnes negros que pudieran darse, sino el principio de causalidad. Darse cuenta de que al primo Urgh, después de haberse tomado esas bayas, le empezaba a doler la tripa y se moría, era clave para sobrevivir y trasmitir tus genes a la siguiente generación. En cambio, aquellas sociedades simples, ¿qué cisnes negros podían tener? Tal vez que les cayera un asteroide encima y poco más. La incidencia de los cisnes negros ha aumentado a medida que las sociedades se volvían más complejas.


Nuestros cerebros no están preparados para aceptar que los grandes acontecimientos sean únicamente fruto del azar. Por instinto siempre tendemos a buscar las causas que pudieron haberlos originado. Nos olvidamos de que deducir a partir de una situación actual cuál era la situación de partida puede resultar mucho más difícil de lo que parece. El propio Taleb pone el siguiente ejemplo: si coloco un cubito de hielo en una acera de Sevilla a las tres de la tarde de un día de agosto, puedo prever que en 15 minutos tendré un charco de agua. En cambio, si me encuentro ese charco de agua, ¿de verdad puedo deducir lo que ha sucedido? Ha podido ser un cubito de hielo, o un camarero que pasada con un vaso de agua y ha derramado un poco, o el vecino del sexto que sacó a pasear a su perro. La moraleja, deprimente para los Historiadores, es que tal vez la Historia esté llena de hechos muy improbables, a los que intentar buscarles las causas sería como tratar de adivinar de dónde vino el charquito de agua en la acera de Sevilla.


Veamos el ejemplo del triunfo del cristianismo.


Si lo consideramos fríamente, era muy improbable que el cristianismo llegase a convertirse en la religión predominante del Imperio Romano. Su fundador era un judío del que sus propios correligionarios habían renegado. Judea era considerada como una provincia atrasada, habitada por unos bárbaros que se empeñaban en tener un solo Dios, con lo bonito que es tener un panteón bien nutrido. Los grecolatinos sentían poco respeto cultural por aquellos a los que consideraban bárbaros, con lo que una religión procedente de Judea tenía todos los números para fracasar. Y sin embargo, el cristianismo triunfó, ¿por qué?


Aquí Taleb seguramente diría que el triunfo del cristianismo es un ejemplo perfecto de cisne negro y que los historiadores se enciscarán buscándole causas, cuando no hubo más causas que el puro azar. En esto segundo ha acertado. Los historiadores han intentado aplicar la lógica del principio de causalidad para explicar el ascenso del cristianismo.


Edward Gibbon escribió en el siglo XVIII una monumental historia sobre la decadencia del Imperio Romano. Gibbon no le tenía mucha simpatía al cristianismo. En su obra señala cinco razones que llevaron al triunfo del cristianismo: 1) El celo intolerante de los cristianos; 2) La doctrina sobre el más allá, que mejoraba la oferta de los paganos; 3) Los poderes milagrosos atribuidos a la Iglesia primitiva; 4) La moral pura y austera de los cristianos; 5) La unión y disciplina de los cristianos, que fueron convirtiéndose en un importante grupo de presión en el seno del Imperio.


El clasicista irlandés E. R. Dobbs también apunta a que la intolerancia cristiana fue una ventaja, cuando estaban operando en un marco tolerante. Su soteriología ofrecía además una ventaja frente al paganismo: sólo tenías que optar por Jesucristo, para asegurarte la salvación. No había necesidad de ritos complicados o de sobornar a los dioses para asegurarse la salvación. Además, en un mundo en crisis, donde la vida se había vuelto muy incierta, ofrecía la promesa de un más allá mejor. Por otra parte, era una religión abierta a todos, ni la riqueza, ni la inteligencia tenían ningún peso. En una sociedad que se estaba desintegrando, ofrecía un refugio. Los cristianos se ayudaban mutuamente y ser miembro de la Iglesia ofrecía una sensación de pertenencia.


A finales de los 90, el sociólogo Rodney Stark publicó una obra que ha despertado gran interés: “The rise of Christianity: a sociologist reconsiders History”. En ella afirma que el despegue del cristianismo se debió a las epidemias que azotaron al mundo romano entre el 160 y el 230 d.C, que fueron además acompañadas por las invasiones bárbaras y la crisis de las instituciones romanas en el siglo III. En ese contexto, el cristianismo proporcionó a sus adherentes varias cosas: 1) Les proporcionaba un marco conceptual desde el cual explicar la crisis que estaban viviendo, algo que el paganismo tradicional no podía hacer, y además a contemplarla con esperanza; 2) La solidaridad entre los cristianos no sólo animaba su moral y atraía a los paganos, sino que también mejoraba sus tasas de supervivencia, ya que los enfermos cristianos recibían unos cuidados de los que los enfermos paganos estaban privados.


A las causas apuntadas por estos tres historiadores, habría que añadir otra que he visto señalada varias veces: el ejemplo de los mártires. El ejemplo de los mártires animaba a los cristianos a perseverar en su fe y a los paganos les inspiraba respeto.


Podría traer causas aducidas por otros historiadores, pero creo que Gibbon, Dodds y Stark ejemplifican bien el tipo de razones que se han dado para explicar el triunfo del cristianismo.


Todos parecen convenir en que un factor clave en el ascenso del cristianismo fue la dislocación social del siglo III d.C. Es cierto que los momentos de dislocación social son momentos de cambio de valores. Las viejas certidumbres ya no sirven y la gente busca nuevos caminos. Sin embargo, voy a jugar el papel del abogado del diablo: ¿no estaremos ante un caso de historiadores buscando causalidades, cuando no hay más que un cisne negro? Por ejemplo, ¿cómo explicar el ascenso del cristianismo entre la muerte de Cristo y el 160 d.C., que fue un momento de paz en el Imperio Romano? Realmente, ¿es tan cierto que una grave dislocación social puede llevar a ese cambio de creencias? La Peste Negra en el siglo XIII y la Guerra de los Treinta Años en Alemania fueron momentos de mortandad y dislocación social y no fueron acompañados por cambios en las creencias religiosas. Más sospechoso todavía: también el ascenso del Islam, la propagación del budismo y la aparición de la Reforma protestante se han explicado por dislocaciones y cambios sociales. ¿No podría ocurrir que la explicación de la dislocación social se haya convertido en una justificación muy buena de cualquier cambio religioso que nos encontremos?


Otra explicación del éxito del cristianismo es que ofrecía cosas que el paganismo no ofrecía. Parece cierto que muchos paganos se vieron atraídos por la solidaridad que veían en las comunidades cristianas y por su estilo de vida más simple y austero. También he leído opiniones sobre una supuesta superioridad religiosa del cristianismo sobre el paganismo y ahí entramos en un terreno resbaladizo. Podemos afirmar que una silla hecha de acero para que la use una persona con obesidad mórbida es superior a una hecha de mimbre. En el terreno de las ideas podemos afirmar que una religión que hable de perdonar a los semejantes es superior a otra que hable de rebanarles el pescuezo cada vez que te pisen un callo. Pero más allá de ahí, ¿podemos realmente afirmar que el cristianismo era espiritualmente superior al paganismo? Lo afirmamos en el fondo porque sabemos que el cristianismo desplazó al paganismo y llegamos a la siguiente conclusión: lo suplantó porque era superior. ¿Y si hubiese sido un mero azar esa suplantación? Sin ese azar, si el paganismo hubiese triunfado, ahora estaríamos diciendo que el paganismo triunfó porque era superior.


Un error muy habitual es asumir que sólo había un paganismo y, peor aún, identificar ese paganismo con cuatro aldeanos analfabetos que se creían que Zeus se convirtió en cisne para echarle un quiqui a Leda, a la que parece que iba la zoofilia. No. El paganismo del siglo III d.C. presentaba una oferta para todos los gustos: a los que les iba el rollito New Age, tenían los cultos mistéricos; los intelectuales un poco escépticos podían recurrir al estoicismo o al pirronismo; los intelectuales de tendencias más místicas podían entregarse al neoplatonismo; los amantes de las novedades podían regalarse con el culto a Isis, con Mitra o con cualquiera de los cultos orientales que se expandieron por el Imperio Romano en aquellos años; hasta los militares tenían un culto para ellos, que era el del Sol Invictus.


Podríamos decir que el paganismo antiguo se estaba renovando en aquellos siglos. Esta incorporando nuevos elementos, fruto del contacto con nuevos pueblos y religiones, y por la necesidad de responder a un mundo que estaba cambiando. El cristianismo fue una oferta más de las que estaban compitiendo en ese terreno. A favor del cristianismo jugaron su cohesión, la solidaridad de sus comunidades y el sentido de pertenencia que daba a sus seguidores, y también su intolerancia. El cristianismo era como un agujero negro: lo que caía dentro, ya no salía. Un adorador del Sol Invictus mañana podía compaginar ese culto con el de Isis, o hacerse estoico. El cristiano raramente apostataba y, desde luego, no compartía las prácticas cristianas con las de ningún otro culto. Afirmar que el cristianismo triunfó porque era superior ideológicamente es mucho afirmar. Tampoco parece acertado pensar que su triunfo era inevitable. El triunfo del cristianismo parece más bien uno de los cisnes negros de Taleb.


Un creyente podría entonces hacerse la siguiente reflexión: si no podemos encontrar una causa humana que explique el triunfo del cristianismo, ¿no podría haber sido consecuencia de la Providencia divina? Dios no necesita de causas naturales para hacer milagros. Pues sí, pero en ese caso, la Providencia también habría estado detrás del ascenso del Islam, del budismo y de la Reforma protestante. En tal caso, tendríamos que asumir que la Providencia tiene un sentido del humor de lo más peculiar.

viernes 5 de febrero de 2010

Nunca he estado mejor



Cuando leí la colección de relatos “Nunca he estado mejor” (“Never been better”) de O Thiam Chin, les encontré una cierta familiaridad con los relatos de Christine Suchen Lim. Ambos apuestan por historias intimistas, centradas en Singapur y donde lo dramático y los secretos familiares juegan un papel clave. La diferencia está en que allí donde Suchen Lim presentaba historias cerradas, donde el cariño acababa jugando un papel redentor, Chin deja las historias desmoralizadamente abiertas.

En varios medios en Asia describen a Chin como a un escritor de relatos muy prometedor. Puede, pero no me ha convencido. Hay veces en las que me da la sensación de que estuviera aplicando en sus relatos fórmulas aprendidas en un taller de escritura y asimiladas regular. El resultado final son cuentos de temática muy diversa (las andanzas de un inmigrante chino en Singapur, la fuga de dos chicas internadas en un centro para adolescentes con problemas, dos hermanos que a la muerte de su padre descubren que tuvieron un hermano mayor que nació muerto…), pero que tienen un aire de familia. Y es que es más fácil ser original en los temas que en el estilo.

O Thiam Chin realiza planteamientos interesantes en sus historias: en “Polilla” (“Moth”) un chico da clases a su primo más joven, que ha cogido la manía de recoger animales muertos; el padre del primo está muriéndose de cáncer. El protagonista se acuerda de la novia que le abandonó y de su hermano menor, al que su madre vendió. Cuatro elementos prometedores para tejer una historia. Sin embargo, en manos de O Thiam Chin nunca llegan realmente a entretejerse en una historia. Cada elemento tiene vida propia. Unos, como la muerte del padre o la obsesión del primo con los animales muertos, alcanzan una conclusión. Otros, como el dolor del protagonista por la ruptura amorosa o la añoranza por su hermano vendido, quedan como flotando en el aire. Un cuento es la condensación de una historia. ¿Es válido en el espacio limitado de un cuento introducir elementos que no conducen a ninguna parte? En una novela uno puede introducir todas las subtramas que quiera. La novela tiene una estructura fuerte, es como el déficit público en manos de un político torpe: lo aguanta todo. En un cuento, manejar demasiados elementos despista al lector. Al final uno se pregunta: bueno, ¿y para qué me contó que vendieron a su hermano menor?

Otra característica de Chin que encuentro un poco irritante es la acumulación de detalles. En el siglo XIX uno creaba ambiente realizando descripciones detalladas. Leí que en una novela victoriana la autora conseguía dedicar dos páginas a describir un dormitorio sin mencionar la pecaminosa cama. En la actualidad ya nadie realiza esas descripciones. El lector echaría a correr. Ahora el truco consiste en dar dos o tres pinceladas que den autenticidad a la imagen. Por ejemplo, en el cuento “Silencio” (“Silence”), Chin describe una de esas escenas que uno puede ver cuando está sentado frente a otra persona en un café y por un momento presta más atención a lo que se ve detrás de la otra persona que a lo que le están diciendo: “… Detrás suyo, había más gente ahora, y la misma camarera estaba saltando de mesa en mesa, tomando pedidos, sirviendo bebidas y platos de ensaladas, sándwiches, hamburguesas. En la mesa más cercana, una señora con el pelo peinado muy tieso, que llevaba un collar de perlas y hablaba alto y gesticulando con las manos, tiró un vaso de agua y el sonido del cristal roto hizo que otros comensales se girasen hacia ella. Hizo una mueca y se disculpó profusamente cuando la camarera vino a limpiar el desaguisado.” No sé. A mí, esta escena ni me ayuda a visualizar mejor a la protagonista en la cafetería ni me aporta nada. La descripción de lo que hace la camarera es tan general que sobra. La rotura del vaso por la cliente resulta también gratuita: no crea realmente ambiente y tampoco ayuda a que avance la acción. En una novela sería perdonable, pero en el relato la economía de medios debería primar. Si algo no contribuye a la historia, mejor quitarlo.

Esa profusión de elementos innecesarios no es algo que ocurra sólo en párrafos concretos, sino que está presente a lo largo de toda la historia. “Éxodo” (“Exodus”) es la historia de Yichang, un joven inmigrante chino que se desplaza a Singapur para mejorar su vida. El cuento tiene 39 páginas. El relato incluye: sus reminiscencias del ladrón que capturaron en su pueblo en China y al que cortaron una mano, la relación de su compañero de piso De Yao con su novia Esther, que a Yichang le hace tilín, la timba nocturna en el dormitorio de los trabajadores de la construcción y la prostituta vietnamita con la que se acuesta después… En fin, todo el cuento es una sucesión de estos episodios, que dejan al lector con la sensación de que Chin se entusiasmó tanto escribiéndolos que se olvidó finalmente de la historia que tenía entre manos. “Éxodo” no es el peor de los cuentos, porque aquí al menos el lector capta adónde quiere llegar el escritor: al final del cuento Yichang está paseando por East Coast Park y pensando en la gente de su pueblo que regresó y los que no y “se prometió a sí mismo que nunca haría eso [es decir, “quedarse lejos y olvidarse de sus raíces y su familia” ], que volvería a casa, a su pueblo, ocurriera lo que ocurriera.” Este final es magnífico, porque para entonces el lector ya ha comprendido que Yichang nunca volverá a su pueblo.

Podría parecer que O Thiam Chin no me ha gustado, pero eso sería simplificar las cosas. Siento como si me hubieran servido una exquisita tortilla de patatas, pero en lugar de patatas le hubiesen puesto zanahorias, chorizo y queso. Me diría que es un buen cocinero, pero que le ha puesto que cosas que sobraban y lo más esencial se lo ha dejado.

miércoles 3 de febrero de 2010

El Presidente y el General

Dicen que la victoria tiene muchos padres y la derrota es huérfana. La victoria del Gobierno de Colombo en la guerra civil contra la guerrilla tamil tuvo dos padres, el Presidente Rajapakse y el General Fonseka. Pero precisamente hay dos cosas en la vida que jode compartir: el cónyuge y la victoria. Apenas habían derrotado a los tamiles, que Rajapakse y Fonseka ya se estaban tirando de los pelos por ver quién había contribuido más a la victoria. En pocas semanas el General Fonseka pasó de compartir con el Presidente los carteles celebrando la victoria a ver cómo le daban una patada para arriba, al nombrarle Jefe del Estado Mayor Combinado de Defensa, típico puesto que suena muy bien y sirve para poquito.

En otoño Rajapakse decidió convocar elecciones anticipadas, para aprovechar la popularidad que le había dado la victoria militar. Lo malpensados piensan que se trataba de celebrar elecciones mientras durase la euforia militar y los ciudadanos no se fijasen en el estado de la economía. Los años de guerra impusieron muchos sacrificios y nada muestra que la situación vaya a mejorar en breve. En julio de 2009 el Gobierno consiguió un préstamo del FMI, que le obliga a reducir su déficit fiscal al 5% del PIB para 2011. El Gobierno ya ha anunciado que ampliará la base impositiva y que reducirá las exenciones fiscales. Si, como se espera, no reduce el gasto en el Ejército y la policía, la única manera de cumplir con el objetivo de déficit es reducir el gasto social, aunque los comunicados oficiales digan otra cosa. Comoquiera que sea y por si los dividendos de la paz no se materializasen, lo más sensato parecía no aguardar a 2011 para celebrar las elecciones.

La sorpresa fue que el General Fonseka, que el 15 de noviembre había abandonado el Ejército (o le dieron la patada, que no tengo claro cuánto hubo de voluntario en su abandono del uniforme), decidió presentarse también a las elecciones. Pronto se formó en torno a Fonseka una peculiar y dispareja plataforma electoral a la que lo único que la mantenía unida era su odio al Presidente Rajapakse. Entre los que apoyaban a Fonseka estaban: el Frente Popular de Libertación, un partido marxista cingalés, el Partido Nacional Unido, partidario del libremercado, y la Alianza Nacional Tamil, que en el pasado había apoyado a los guerrilleros tigres tamiles a los que Fonseka derrotó en mayo de 2009. Realmente la política srilankesa es un poco complicada.

El Presidente Rajapakse hizo campaña con su “Visión para el Futuro” (“Mahinda Chinthana” en cingalés, que es un nombre tan sonoro que parece más apropiado para nombre de una banda de trompetas y platillos). Los políticos que ofrecen visiones me dan un poco de miedo. También tenía visiones mi tío Emilio y terminó en un psiquiátrico. Prefiero los políticos que ofrecen soluciones de sentido común para los problemas de ahora mismo. Para crear el paraíso en la tierra, prefiero ponerle velas a San Pancracio.

En su magnífica Visión, Rajapakse ofrecía convertir a Sri Lanka en “la maravilla de Asia”. Sería un país próspero y rico, “con estilos de vida convenientes y satisfactorios”, frase que parece sacada de prospecto de un gimnasio o de un club de vacaciones. También sería una sociedad “disciplinada y respetuosa de la ley” y “un estado unitario, indivisible” con “valores compartidos, desarrollo rápido y paz duradera”. Casi me gustaba más la parte de los estilos de vida. Esta me parece que huele un poco a democracia orgánica y “Franco, Franco, Franco”. Por cierto, lo difícil que tiene que ser repetir a toda velocidad “Rajapakse, Rajapakse, Rajapakse.”

Fonseka también insistió en su campaña en la recuperación económica y también habló de los abusos cometidos contra los tamiles y de la reconciliación con éstos, interesante en boca de quien los derrotó en la guerra que terminó en mayo. Ya he dicho que la política srilankesa es un animal muy raro. Otro elemento de la campaña electoral de Fonseka fue el ataque contra la corrupción y las críticas al autoritarismo del Presidente Rajapakse. Ahí Rajapakse se lo había dejado muy fácil con el inmenso amor que siente por su familia: mientras que él mismo detenta la cartera de Finanzas, su hermano Gothabaya es el Ministro de Defensa, otro hermano, Chamal, es Ministro encargado de los Puertos y la Aviación, donde tiene colocados a dos hijos, y Basil, el hermano que faltaba, es Asesor del Presidente. Bueno y el hermano de su mujer es el Presidente de Air Lanka, un primo de Rajapakse es Embajador en Rusia, una prima es secretaria de coordinación de la Presidencia y su marido preside un banco propiedad del Gobierno… Al final va a resultar que los que le acusan de nepotismo no lo hacen solamente por envidia, sino que algo de eso hay.

La campaña electoral fue movidita. Lanzaron bombas contra la casa de Tiran Alles, un ex-amigo de Rajapakse, que se había pasado al campo de Fonseka. También hubo un intento de asesinato contra Gayan Sanjeewa, otro miembro de la oposición y una granada contra la casa de un simpatizante del Consejo Musulmán de Sri Lanka. Los medios de comunicación estatales fueron cualquier cosa menos neutrales durante la campaña, aunque dudo que nadie se esperase otra cosa. Entre el 17 de noviembre de 2009 y el 20 de enero de 2010 se registraron 382 violaciones de la ley electoral. Al final el número de muertos durante la campaña fue de solamente cinco. Ya quisieran en muchos países tener esa cifra.

Aunque durante toda la campaña los analistas estuvieron anunciando que los resultados serían muy ajustados, cuando llegó el momento del recuento, Rajapakse había conseguido el 57’9% de los votos, frente al 40’1% de Fonseka, seis millones contra cuatro millones de votos. Fonseka hizo lo que hay que hacer en estas ocasiones: denunció que había habido un fraude evidente. Aunque es cierto que muchos tamiles en el norte no pudieron votar y que hubo irregularidades, no existen pruebas convincentes de que haya habido un fraude masivo y que a Fonseka le hayan arrebatado la victoria con malas artes.

Así que tenemos Presidente Rajapakse para seis años más. Rajapakse ha dicho: “De hoy en adelante, soy el Presidente de todos, me hayan votado o no.” Espero que en estos seis años sea tan buen Presidente para los srilankeses como lo fue en los pasados cinco para su familia.

lunes 1 de febrero de 2010

La matanza de Nanking (2)


Iris Chang ha seguido en “The Rape of Nanking” una estrategia narrativa que estaría bien en un novelista, pero que en un libro de Historia deja que desear. Consiste en presentar la historia sucesivamente desde cuatro perspectivas diferentes: la de los japoneses, la de los chinos, la de los occidentales que intentaron socorrer a las víctimas y la del mundo exterior que apenas se enteró de lo que había sucedido.

Iris Chang comienza haciendo un somero esbozo sobre el espíritu samurai y el imperialismo japonés en las décadas de los 20 y 30 para intentar poner en perspectiva cómo los soldados japoneses pudieron llegar a cometer la salvajada de Nanking.

Desde el inicio, lo de Nanking olía mal. Desde el momento en que iniciaron la ofensiva a finales de noviembre, los japoneses ya comenzaron a cometer atrocidades en las zonas rurales. Uno de los tres ejércitos japoneses que convergieron sobre Nanking estaba mandado por Nakajima Kesago, quien ha sido descrito como “un Himmler en miniatura, un especialista en control del pensamiento, intimidación y tortura.” Otro de los ejércitos estaba mandado por Yanagawa Heisuke, sobre el que he leído cosas contradictorias. Iris Chang recoge las afirmaciones de su biógrafo, quien dice que había sido marginado por los más radicales porque intentó frenar el golpe de estado militar de 1932. Sin embargo, otros datos que he leído sobre él, como su defensa a ultranza del shintoismo, me hacen pensar que el adjetivo “moderado” no se le aplica demasiado bien. El alto mando de la operación lo ejercía el general Matsui, quien parece que era un hombre culto y moderado. Tal vez las cosas habrían transcurrido de otra manera si el 7 de diciembre no hubiera llegado el Príncipe Asaka Yasuhiro, tío del Emperador, para asumir el mando de los ejércitos en torno a Nanking. Iris Chang estima que la llegada de Asaka sólo sirvió para empeorar las cosas: tenía relaciones estrechas con Nakajima y Yanagawa y es posible que hubiese sido enviado a China para que hiciera méritos, ya que políticamente resultaba un tanto tibio. Matsui, tal vez oliéndose lo que se vendría, redactó una orden recomendando a sus tropas buen comportamiento y generosidad con los vencidos. Por Asaka, Nakajima y Yanagawa, como si la hubiese escrito en checo.

Iris Chang transcribe una orden que recibió el batallón 66 del mando de la brigada en el que se le ordena que mate a todos los prisioneros. La orden detalla cómo debe llevarse a cabo la ejecución: dividiéndolos a partes iguales entre las compañías, para que todos participen a partes iguales de la fiesta, y luego sacándolos de 50 en 50 para ejecutarlos. La orden es tan meticulosa que especifica que las ejecuciones deben empezar a las 5 de la madrugada y estar terminadas para las 7 y media. Es de suponer que el batallón 66 no sería el único que recibiría este tipo de orden.

Dado el gran número de prisioneros chinos que se esperaban, y cuyo número acabó siendo mayor del anticipado, los japoneses optaron, como los nazis hicieron en muchas ocasiones con los judíos, por no asustarlos. Decirles a todo que amén, que se estuvieran tranquilitos, que estaban tomando disposiciones y una vez los tenían confiados, cargárselos. Iris Chang describe, a título de ejemplo, cómo ejecutaron a unos 14.000 prisioneros de guerra el 17 de diciembre a orillas del río Yangtsé. Les dijeron que les iban a trasladar a una isla en el centro del río y por seguridad les tenían que atar las manos a la espalda. La operación les llevó toda la mañana y el inicio de la tarde. A media tarde los dividieron en cuatro columnas y los llevaron hasta la orilla del río. Les tuvieron esperando allí entre tres y cuatro horas; el tiempo de que los japoneses les rodeasen y dispusiesen las ametralladoras. De pronto empezó una lluvia de fuego que duró una hora. Cuando hubo terminado, los japoneses pasaron la noche bayoneteando los cuerpos uno por uno. ¡Eso es ser meticuloso y concienzudo! Y también un poco hijoputa.

Entre los muchos horrores ocurridos en Nanking estuvieron las masivas violaciones. Hubo mujeres que fueron repartidas entre las compañías y a cada una le tocó ser violada por 15 o 20 hombres. Como en principio la política del Ejército era prohibir las violaciones, los soldados simplemente las mataban una vez que habían terminado porque, como años después recordaría un veterano, “los cuerpos muertos no hablan”. Un soldado señaló: “Quizás, mientras la violábamos, la veíamos como una mujer, pero cuando la matábamos, simplemente pensábamos de ella lo que pensaríamos de un cerdo”. Algunos oficiales, que también fueron culpables de violaciones, advertían a sus soldados que eliminasen las evidencias del crimen o bien dándoles dinero o bien eliminándolas en algún lugar apartado. Los soldados obviamente elegían lo segundo, que era más barato. Las historias sobre estas violaciones acabaron alcanzando a Occidente y los japoneses se sintieron avergonzados. ¿Qué hicieron entonces? ¿Ofrecer reparaciones a las víctimas, castigar a los culpables y renunciar al militarismo? No. Lo que hicieron fue montar burdeles institucionalizados para sus tropas, en los que prestaban sus servicios mujeres reclutadas a la fuerza en los países conquistados.

¿Cómo fue la matanza de Nanking vista desde el lado chino? Iris Chang comienza describiendo el dilema que se le planteó al líder nacionalista chino Chiang Kai-shek con la caída de Shanghai, la “Nueva York de Asia”, en manos japonesas. ¿Debía quedarse a defender Nanking o retirar la capital a un sitio más seguro? Chiang decidió hacer ambas cosas: él se retiraría a un sitio más seguro y le dejaría la patata caliente de resistir a Tang Sheng-chih, quien además le caía un poco gordo.

Los preparativos para la defensa de Nanking no pudieron empezar peor. Había un Generalísimo, Chiang-Kai-shek, que decía que resistirían, pero que salía huyendo, seguido por sus oficiales, sus ministros y sus burócratas. Había un encargado de la defensa que estaba mal de salud y que había aceptado el encargo porque le pusieron entre la espada y la pared y decir que se negaba, no era una opción. Había decenas de miles de soldados chinos; superaban en número a los japoneses, pero estaban en su mayoría desmoralizados y muchos habían sido reclutados a toda prisa y no habían recibido ni el entrenamiento más elemental. Lo que no había eran aviones (la proporción de aviones japoneses a aviones chinos era de 10 a 1), equipos de comunicaciones modernos (se los habían llevado todos los oficiales y burócratas que huyeron), ni un idioma común (una parte de los soldados hablaba cantonés y la otra mandarín).

Como cualquier situación mala, siempre tiene margen para empeorar, el 11 de diciembre, después de cuatro días de batalla, que iban ganando los japoneses, Chiang kai-shek ordenó a Tang que se retirase para salvaguardar al Ejército para futuras batallas. O sea, que el fugitivo Chiang le estaba pidiendo a Tang que bajo el fuego enemigo sacase a unas tropas bisoñas y desmoralizadas de sus trincheras, las hiciese cruzar el río Yangtsé y que encima toda la operación transcurriese de una manera organizada. Los japoneses aún complicaron un poco más las cosas minando el río. La retirada, iniciada el día 12, se convirtió enseguida en una desbandada. Y lo peor estaba por llegar.

Así llegamos al capítulo más angustioso del libro: “Seis semanas de horror”. Cuesta saber con qué horror quedarse. Está la historia de Tang, un aprendiz de 25 años, que sobrevivió a un concurso entre japoneses por ver quién cortaba cabezas más rápido. Están las breves descripciones, ilustradas con fotografías en la mitad del libro, de los distintos métodos empleados por los japoneses para matar a los chinos: enterramientos vivos, crucifixiones, rociar con gasolina y luego prender fuego, atacarles con perros… Luego están las violaciones en masa, de las que ya he hablado. Como de todo uno se acaba por aburrir, al final hasta los japoneses terminaron por encontrar que tanto violar se hacía monótono e inventaron variedades para hacerlo más divertido: empalar a la víctima con la bayoneta, meterle un petardo en la vagina y encenderlo, forzar a familias a cometer incesto entre sí… Lo más abominable son los comentarios sobre las sonrisas de los soldados, que a veces incluso sacaban fotos de recuerdo. Para ellos no era más que un divertimento.

Por suerte, incluso en medio de las peores atrocidades hay personas que no olvidan que son humanos y tratan de socorrer a las víctimas. A ellos dedica Chang el quinto capítulo del libro. Hubo muchas almas caritativas en Nanking que ayudaron y dieron cobijo a las víctimas, enfrentándose a los japoneses aun a riesgo de sus propias vidas. Chang opta por centrarse en sólo tres de ellos: el nazi alemán John Rabe, que actuó como un auténtico héroe y que había decidido no huir de Nanking porque se sentía responsable de la suerte de sus empleados chinos; Robert Wilson, el único cirujano que quedó en la ciudad y que pasó semanas operando gratis y sin parar a las víctimas que le iban llegando; la norteamericana Wilhelmina Vautrin, que defendió contra viento y marea, desafiando a los soldados japoneses, a los chinos refugiados en el Ginling Collage.

¿Qué supo el mundo de lo que había ocurrido en Nanking? El mundo llegó a saber bastante, gracias al trabajo de algunos corresponsales valientes. Japón se vio forzado a emprender una campaña de desinformación masiva. Acordonó la zona e impidió el acceso a periodistas extranjeros. Difundió noticias que hablaban de cómo la situación se había normalizado en la ciudad. Organizó visitas guiadas para japoneses, que uno de los occidentales que las vio en enero de 1938 describió de esta manera. “Les condujeron cuidadosamente por las pocas calles que ahora estaban limpias de cadáveres. Graciosamente daban caramelos a los niños chinos y daban capones cariñosos a sus cabezas aterrorizadas (…) [los visitantes japoneses] parecían muy satisfechos consigo mismos y con la maravillosa victoria japonesa., pero evidentemente no oyeron nada de la verdad real…” En enero los japoneses organizaron actos de aclamación “espontánea” de los chinos y filmaron escenas entrañables de médicos japoneses atendiendo a los enfermos y soldados repartiendo golosinas. Un periódico projaponés editado en Shanghai describió así el 8 de enero de 1938 la atmósfera que se respiraba en la ciudad: “Hombres y mujeres, ancianos y jóvenes, se postran de hinojos para saludar al Ejército Imperial y expresar su respeto… Las vastas muchedumbres congregadas en torno a los soldados bajo la bandera imperial gritan “banzai” para expresar su gratitud… Los soldados y los niños chinos están contentos juntos y juegan alegremente en los toboganes. Nanking es ahora el mejor sitio para que lo vean los demás países, pues aquí uno respira una atmósfera de paz y trabajo contento.” Una cosa son los eufemismos y otra el cinismo más descarnado.

Por desgracia, la matanza de Nanking no repercutió todo lo que hubiera debido en otras latitudes. Para los europeos, Hitler era una amenaza más inminente que el Imperio japonés. Por otra parte, tanto en Europa como en EEUU había quienes todavía pensaban que podrían llegar a un acuerdo con el Imperio japonés y procuraban no provocarlo. Más tarde, los horrores de la II Guerra Mundial y el Holocausto hicieron que el mundo acabase por olvidar lo que había ocurrido en Nanking.

sábado 30 de enero de 2010

La matanza de Nanking (1)



Iris Chang nació en Estados Unidos de padres que habían emigrado de China. Iris recuerda que de pequeña sus padres le hablaban de las barbaridades de la guerra chino-japonesa y muy especialmente le pedían que no olvidase la matanza de Nanking. "Los japoneses, me enteré, partieron a bebés no sólo por la mitad sino en tres y cuatro partes; el Yangtsé fluyó rojo de sangre durante días. Con sus voces temblándoles por la indignación, mis padres definían la Gran Masacre de Nanking o "Nanking Datusha", como el acto más diabólico perpetrado por los japoneses en una guerra que mató a más de diez millones de chinos."

Estando en el instituto, intentó investigar más sobre la matanza y se encontró con que no había nada publicado. Olvidó el asunto durante dos décadas hasta que el azar hizo que se cruzase con dos productores que estaban preparando un documental sobre la matanza. Iris recuperó su interés por la historia y empezó a hacerse una pregunta: ¿por qué la matanza de Nanking no ha calado en las conciencias? ¿por qué el mundo es consciente de los horrores del Holocausto, de las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki, de la suerte que tuvieron más de cinco millones de prisioneros de guerra soviéticos, del bombardeo de Dresden, pero no sabe nada de la matanza de Nanking? La respuesta es muy sencilla: la conveniencia política hizo que se silenciase la matanza. Todos, hasta los propios chinos, preferían ignorarla.

La II Guerra Mundial terminó en Asia de una manera extraña. Incluso con bombas atómicas, Estados Unidos no estaba seguro de si la rendición de Japón no exigiría una durísima campaña en el archipiélago japonés. Fue la colaboración del Emperador con su mensaje del 14 de agosto a la población, la que garantizó que las fuerzas armadas japonesas aceptarían su derrota y pararían la lucha. A cambio de esa colaboración, los Aliados no llevaron a cabo en Japón el mismo proceso de depuración de responsabilidades que llevaron a cabo en la Alemania nazi. Se conformaron con las cabezas de los comandantes más notorios y no tocaron nada más. Luego, poco después, Japón se convirtió en un aliado imprescindible en la región, con lo que nadie en Washington tuvo ganas de recordarles a los japoneses cómo en la II Guerra Mundial se habían pasado varios pueblos.

Si Estados Unidos no tenía ganas de sacar a colación la matanza de Nanking, Japón las tenía menos todavía. La versión más o menos predominante en Japón es que la guerra le fue impuesta a Japón por Gran Bretaña y Estados Unidos y que las tropas japonesas entraron en Asia como liberadoras frente al colonialismo occidental. Asimismo las versiones japonesas de la guerra insisten en lo mucho que sufrió el país y en el lanzamiento de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki. Con ese nivel de adoctrinamiento no es raro que muchos japoneses crean que las historias sobre las atrocidades japonesas en general y sobre la matanza de Nanking en particular son fabricaciones de sus vecinos, que les quieren mal.

Comentando la actitud japonesa, Iris Chang menciona un comentario hecho por un norteamericano que fue víctima de los japoneses en la II Guerra Mundial a propósito del templo de Yasukuni: es como "erigir una catedral a Hitler en medio de Berlin." La comparación no es del todo exacta. Pienso más adecuado decir que sería lo mismo que si los alemanes hubieran erigido en medio de Berlin una catedral para todos los caídos en la guerra, incluidos Hitler, Himmler y los demás, anduviesen diciendo que Francia e Inglaterra les forzaron a atacar Polonia y redujesen el Holocausto a la muerte de un par de decenas de judíos, al tiempo que recordasen cada año el brutal bombardeo sobre Dresden.

Que los japoneses no quieran hablar sobre la matanza de Nanking es comprensible. Más raro resulta que los propios chinos no hayan estado muy interesados en sacarla a colación. Iris Chang lo atribuye a que tanto Taiwán como la República Popular China estaban interesados en mantener relaciones económicas con Japón y competían por asegurarse su reconocimiento, con lo que ninguno quería estropear las relaciones por unos pocos millones de muertos.

Iris Chang escribió su libro para "inspirar a otros autores e historiadores a que investiguen las historias de los supervivientes de Nanking antes de que las últimas voces del pasado (…) se extingan para siempre." Y más ambicioso todavía, Iris Chang pretende que su libro "remueva la conciencia de Japón de forma que acepte su responsabilidad en este incidente." Lo malo de escribir un libro de Historia desde la pasión y desde la indignación moral, es que el aspecto científico se resiente. Como libro de Historia, la obra sabe a poco y da la impresión de que no ha sido lo suficientemente trabajada. Pero cuando se piensa en lo poco que se ha escrito sobre la matanza de Nanking y se cae en la cuenta que olvidar a las víctimas de los genocidios y menospreciar sus sufrimientos es un poco como matarlas una segunda vez, el libro de Iris Chang aparece como una obra imprescindible de leer.

miércoles 27 de enero de 2010

La Sábana Santa (3)

Viendo las pasiones que despierta la Sábana Santa, que son muy distintas de las que despierta la Dama de Elche, uno sospecha que lo que está en juego es mucho más que una mera disquisición entre arqueólogos que discuten sobre si un objeto es 100 años más antiguo o más moderno.


Juan Pablo II, a quien la arqueología le daba una higa, pero que de teología sabía un huevo, dijo cuando se encomendó el estudio de la Sábana a los especialistas para que hicieran el análisis del C-14: “La Sábana es un desafío a nuestra inteligencia. Primero de todo, pide que cada persona, especialmente el investigador, comprenda humildemente el mensaje profundo que manda a su razón y a su vida. La fascinación misteriosa de la Sábana plantea cuestiones sobre el Sagrado Sudario y la vida histórica de Jesús.(…) Para el creyente lo que cuenta sobre todo es que la Sábana es un espejo del Evangelio. De hecho, si reflexionamos sobre la Sábana Santa, no podemos regir la idea de que la imagen que presenta tiene una relación tan profunda con lo que los Evangelios cuentan de la pasión y muerte de Jesús, que toda persona sensible se siente tocada en su interior y conmovida al contemplarla. (…) La Sábana es así una señal verdaderamente única que apunta a Jesús, la verdadera Palabra del Padre, y nos invita a que modelemos nuestras vidas sobre la de Aquel que se entregó por nosotros.(…) La Sábana es también una imagen del amor de Dios así como del pecado humano. Nos invita a que redescubramos la razón última de la muerte redentora de Jesús.”


Las dos últimas frases apuntan muy bien al sentido extraarqueológico y extrahistórico de la Sábana. De alguna manera los creyentes, sienten que si se llega a determinar que la Sábana es auténtica y que no hay manera científica de explicar cómo se formó su imagen, tendremos una prueba circunstancial de que Jesucristo existió y resucitó, lo que probaría que tenía una relación especial con Dios y, que en última instancia, Dios existe. A veces veo a agnósticos y ateos atacar la autenticidad de la Sábana con tal pasión, que pienso que ellos se temen lo mismo.


Y sin embargo, si la Sábana resultase cierta y probase que Jesucristo resucitó, puede que sus implicaciones teológicas fueran menores de lo esperado. Veamos. Durante 2.000 años ha habido miles de millones de personas que han estado de acuerdo en que Jesucristo tenía una relación especial con Dios y que la Biblia ha sido divinamente inspirada por Dios y es verdadera. Uno podría pensar que con un acuerdo sobre cosas tan fundamentales los puntos de desacuerdo serían peccata minuta. Pues no, si tenemos en cuenta con que entusiasmo los cristianos se han degollado en los últimos 2.000 años.


A pesar del acuerdo sobre lo fundamental, ha habido desacuerdos sobre: la exacta naturaleza de Cristo; la virginidad de la Virgen María; el papel de los santos; si existe o no el limbo; si el infierno está lleno a rebosar o casi vacío; si el Papa de Roma posee una autoridad que le viene del propio Cristo, por intermedio de San Pedro, o si es un usurpador; qué ocurre exactamente en la Eucaristía


La confirmación de la autenticidad de la Sábana Santa reconfortaría y daría seguridad a los creyentes, pero no bastaría para basar sobre ella una teología que fuese incontestable. Incluso podría defenderse que prueba que Jesucristo fue una emanación del bodhisattva de la compasión y que en lugar de morir, se desvaneció en el cuerpo arco iris.


La confirmación de la autenticidad de la Sábana Santa comportaría otra cuestión interesante: ¿qué papel juega en el plan salvador de Dios?


Jesucristo dijo en cierta ocasión: “Benditos los que no han visto y han creído.” La implicación es obvia: tendrán mucho más mérito quienes en el futuro crean en Mí, sin haberme visto directamente, que vosotros. Si así son las cosas, la Sábana Santa sería una apoyatura mandada por Dios para esos creyentes del futuro. Vale, pero ahí se me suscitan algunas preguntas: ¿por qué no mandar una apoyatura más explícita? La respuesta podría ser: porque si Dios con Su dedo hubiera escrito sobre la superficie de la luna “Éste es mi Hijo”, habría estado tan claro que tener fe no habría tenido mérito. Por cierto, la idea de escribir sobre la superficie de la luna me la dio una entrada de JdJ en su blog. Él parece pensar, no sin razón, que las señales de fe o se hacen a lo grande o no se hacen. Otra pregunta: si Dios envió esa señal para reconfortar a los creyentes, ¿por qué la medio ocultó de tal manera que hasta el siglo XX no ha sido realmente conocida por todos los cristianos del mundo? Hace poco leí que, cuando los misioneros franceses llegaron a Siam en el siglo XVII, el rey de Siam les hizo una pregunta parecida, para la que no hay respuesta satisfactoria: ¿por qué Dios se da a conocer sólo a una pequeña parte de la Humanidad y al resto los deja en Babia?


Espero con curiosidad que sometan a la Sábana Santa a una nueva prueba del C-14 y estoy seguro de que arrojará una datación de hace 2.000 años. No sé si algún día la ciencia encontrará la explicación a cómo se formó la imagen en la Sábana. Pero estoy convencido de que la confirmación de la autenticidad e incluso la constatación de que la imagen es inexplicable no cambiarán nada. Ni habrá conversiones en masa, ni el planeta se pondrá de acuerdo en una teología concreta. Seguiremos siendo igual de capullos.

domingo 24 de enero de 2010

La Sábana Santa (2)


Ya sé que la entrada anterior sólo convenció a quienes ya estuvieran plenamente convencidos. No sé qué tiene la Sábana Santa que es un tema en el que la gente se cierra en banda a cualquier argumento que vaya en contra de lo que piensa al respecto. Pero vamos a pretender que la entrada anterior fue ultraconvincente y ahora todos creemos que la Sábana Santa procede efectivamente del siglo I d.C. Ahora bien, por lo que he visto, nadie se ha planteado que pudiera ocurrir que la Sábana tuviera 2.000 años, pero no fuera el sudario de Cristo.

¿Cómo determinar si fue el sudario de Cristo? El único procedimiento que se me ocurre es ver si las lesiones del hombre al que envolvió la Sábana se corresponden con las torturas que los evangelios dicen que sufrió Cristo. En mi opinión, aunque los evangelios hayan podido embellecerse para que su relato concordase con las profecías veterotestamentarias sobre el Mesías, contienen un núcleo de verdad y el relato que presentan sobre las últimas horas de Jesús procede de testimonios de testigos presenciales. Aprovecho aquí para hacer una observación: los romanos tenían un sentido del humor muy macabro y se complacían en innovar sobre el tema de la crucifixión. Que a uno le clavaran un pie sobre el otro o en posición sedente o con los brazos atados en lugar de atados, parecía depender el humor del centurión de turno. Así pues, podría ocurrir que el cuerpo de la Sábana Santa correspondiese a un crucificado que al que se hubiese aplicado un método distinto que el aplicado a Jesucristo.

Los evangelios establecen la siguiente narración de las torturas sufridas por Jesús: Le escupen, le dan puñetazos y bofetadas (San Marcos, San Lucas; San Juan reduce las bofetadas a una sola). Es azotado (San Mateo, San Marcos, San Juan)[San Lucas escribe que Pilatos le castigó, sin especificar en qué consistió el castigo, tal vez se refiriese a los azotes]. Le colocan una corona de espinas en la cabeza (San Mateo, San Marcos, San Juan). Le golpearon en la cabeza con una caña (San Mateo, San Marcos). Le crucificaron (San Mateo, San Marcos, San Lucas, San Juan). Los soldados le pinchan en el costado con una lanza para ver si sigue vivo (San Juan). En general los evangelios concuerdan sobre el trato sufrido por Jesús y aportan elementos que no eran comunes en todas las crucificiones: la corona de espinas; el rasguño en el costado y que no le hubiesen quebrado las piernas para acelerar la muerte.

El hombre envuelto en la Sábana Santa presenta heridas en la espalda y piernas que hacen pensar que fue flagelado. Hay quien asegura que la intensidad de los azotes que recibió el cuerpo de la Sábana Santa no era habitual. Los evangelios no aclaran la cantidad de azotes que recibió Jesús, pero no contradicen que fuera muy castigado. Muestra una hinchazón debajo del ojo derecho y la nariz está hinchada o rota, lo que probaría que fue golpeado con cierta saña como San Marcos y San Lucas cuentan. Presenta pequeños rasguños en la frente y el cuero cabelludo. Esos rasguños mostrarían que la corona de espinos no fue el círculo que solemos ver en las pinturas, sino algo más parecido a un casco, que también cubriría la parte superior del cráneo. Tambien tiene una herida en el costado que, dicen los expertos, le fue causada cuando ya estaba muerto. Finalmente, el cuerpo de la Sábana Santa no tiene las piernas quebradas. El tema de la corona de espinas es para mí el más importante, ya que, quitando el caso de Jesús, no se conocen otros ejemplos de que a la crucifixión se le hubiese añadido ese castigo. Algunos estudiosos encuentran también significativo que no le hubieran quebrado las piernas para acelerarle la muerte. No era habitual que un crucificado joven muriese al cabo de pocas horas como en el caso de Jesús. La agonía podía durar hasta dos o tres días y por ello se les rompían las piernas para que no tuviesen apoyo para respirar y muriesen en pocos minutos por asfixia o shock.

Hay otra prueba circunstancial de que la Sábana Santa tiene que ser la de Jesús: lo normal era que se dejase a los crucificados muertos en las cruces para escarnio. En cambio, los evangelios nos dicen que a poco de morir fue bajado de la cruz y envuelto en una sábana con la cual se le metió en la tumba. Según los expertos, el cuerpo envuelto por la Sábana Santa no se corrompió en ella, lo que nos lleva a dos posibilidades. La de los fieles, que resucitó y precisamente al resucitar dejó su imagen impresa en el sudario. La segunda sería que el sudario fue utilizado para amortajarle temporalmente, tal vez sólo para trasladarle a la tumba. Utilizar dos sudarios para un mismo muerto parece un derroche, a menos que alguien quisiera conservarlo como reliquia. No estoy seguro si concuerda con las concepciones de la época la idea de conservar una reliquia.

Bueno, hay una tercera teoría, que menciono por si algún lector es un entusiasta de Juan José Benítez y de Íker Jiménez. A ese tipo de lector seguro que esta teoría le gustará. Jesús no estaba realmente muerto cuando le bajaron de la cruz. Le habían narcotizado cuando le dieron a beber el vino mezclado con hiel. Jesús tenía muchos seguidores, incluso entre los legionarios romanos, que se confabularon para salvarle. Una vez le hubieron bajado de la cruz le envolvieron en la manta que llevaba mirra y otros aceites que tienen propiedades desinfectantes. Esos aceites, el reposo en la tumba y la propia fortaleza de Jesús hicieron el resto. Esta teoría me la encontré en "Jesus vivió y murió en Cachemira" de Holger Kersten.

A todo lo anterior yo añadiría otra prueba de que la Sábana Santa tiene que pertenecer a Jesús. Es extrañísimo que un sudario del siglo I d.C. nos haya llegado. Sólo puede haber llegado por pura casualidad o porque sus contemporáneos le otorgasen un valor especial que les llevase a cuidarlo escrupulosamente y a transmitirlo a la posteridad. El muerto de la Sábana Santa debía de representar tanto para un grupo de personas, que decidieron guardar su sudario. No es el tipo de recuerdos que a uno le gusta conservar del abuelo y desde luego a la cuarta generación acaban en la basura. Quienes guardaron el sudario no debían de ser familiares del muerto, sino seguidores suyos, gente que le apreciaba por algo especial. No me cuadraría que el sudario hubiera pertenecido a un Joshua bar Abbas, del que la Historia no nos cuenta nada. En cambio, sí que me cuadra que sea el de Jesús.

Sí, ya lo sé. He resultado igual de convincente que en la entrada anterior. Y la mala noticia es que aún me queda otra entrada sobre el tema.