Dicen que las enemistades más enconadas son las que se dan entre mujeres. Cuando dos mujeres se odian, se dicen de todo menos “guapa”. Si son dos verduleras, tal vez se tiren una sobre la otra y se arañen la cara. Si son dos políticas, la cosa se pone mucho peor. ¿Alguien se imagina la vida política española si Zapatero y Rajoy fuesen mujeres? Algo así es lo que han tenido estos años en Bangla Desh y es para echarse a temblar.
Las dos mujeres se llaman Jaleda Zia y Sheij Hasina y sus diferencias van más allá de si tú me robaste las elecciones del 11-M. El 15 de agosto de 1975 los militares dieron un golpe de estado al primer Presidente del Bangla Desh independiente, Mujibur Rahman. Algo salió mal. Las tropas que fueron a su casa a detenerle, acabaron matándoles a él, a su mujer y a tres de sus hijos. Sheij Hasina era su hija y se salvó porque vivía en Alemania junto a su marido. El líder de los golpistas era el General Ziaur Rahman, el marido de Jaleda Zia. Ya tenemos el escenario para una tragedia de Shakespeare o para la tragicomedia que ha sido la vida política bangladeshi en los últimos años. Además como en toda buena tragedia la sangre salpica en ésta: Ziaur Rahman fue asesinado en una intentona golpista en mayo de 1981.
En noviembre de 1981 el General Ershed dio un golpe de estado, que esta vez sí que salió bien, e implantó una dictadura. Jaleda Zia, que siempre sospechó que Ershad había tenido que ver con la muerte de su marido, entró en política y en muy poco tiempo llegó a alzarse con el liderazgo del opositor Partido Nacionalista Bangladeshi (BJD son sus siglas en bengalí).
Los ochenta fueron un período curioso en Bangla Desh. Había una dictadura militar y los dos partidos principales de la oposición a la dictadura casi pasaban más tiempo tirándose los trastos a la cabeza que luchando contra el General Ershed. Uno era el BJD de Jaleda Zia. El otro era la Liga Popular Bangladeshi (Bangladesh Awami League). Por cierto su líder era… Sheij Hasina.
Bueno, entre golpe y golpe, Jaleda y Hasina encontraban tiempo para arrearle algún capón al General Ershad. El 27 de noviembre de 1990 el General Ershad declaró el estado de emergencia y siete días después dimitió. Dicen que fueron las protestas callejeras las que forzaron su dimisión. Yo creo que más bien fue el “efecto cubo de la basura”. El “efecto cubo de la basura” describe la situación del marido que está recostado en el sofá viendo el fútbol y llega la mujer y le dice: “¿Has tirado ya el cubo de la basura?” Las opciones son: levantarse ya mismo e ir a tirarlo o escuchar la misma pregunta repetida a intervalos de veinte segundos durante el resto de la noche. Algo así debió de pasarle al General Ershad. Cada veinte segundos, vendrían a preguntarle: “¿Vas a dimitir ya o qué?” Y con el agravante de que en su caso la preguntona no era una mujer, sino dos.
El 27 de febrero de 1991 hubo elecciones y las ganó la BJD de Jaleda Zia. La administración de Jaleda Zia se caracterizó por tres rasgos: el conservadurismo islámico, el liberalismo económico y la promoción de un modelo presidencialista. La jeque Hasina debió de pensar: “¡Con que ésas tenemos! ¿Eh?” y sospecho que sólo por joder, se puso a defender una línea de progresismo laico y un sistema parlamentarista reforzado.
Jaleda Zia hizo lo que por aquel entonces hacían los líderes políticos de países tercermundistas poco imaginativos y con el agua al cuello (ella respondía a ambas categorías): seguir las recetas del FMI. El programa de ajuste estructural logró frenar la inflación y estimular el crecimiento del PIB. También logró que muchos bangladeshis quedaran en paro, sin programas sociales que les ayudasen. Nunca llueve a gusto de todos, aunque con el FMI de por medio siempre suele llover a gusto de unos pocos.
También fue durante su mandato que la escritora Taslima Nasreen (la de “Hay que cortarle la cabeza a Taslima Nasreen”) fue objeto de una fatwa a causa de una novela que había escrito sobre la persecución que había sufrido unos años antes la minoría hindú. El Gobierno de Jaleda, que se apoyaba, entre otros, en la Conferencia Islámica de Bangladesh (a pesar del nombre rimbombante, no es más que un partido político, pero ¡ojo! que es de esos partidos que con un número pequeño de diputados te coge por los mismísimos y te dice: “¿A que ahora vamos a hacer lo que yo diga?”), ni se inmutó. ¿Qué significa una escritora contestataria, comparada con un buen aliado parlamentario?
Jaleda Zia aguantó frente a viento y marea y logró llegar, con bastantes rasguños, a las elecciones de febrero de 1996. La oposición boicoteó las elecciones. De los 300 escaños convocados sólo pudieron ser cubiertos 207 y de éstos 205 fueron para el BJD. La oposición gritó “¡fraude!” y llamó a la desobediencia civil. Se armó la marimorena.
Jaleda decidió que había tenido bastante y dimitió el 30 de marzo. Hubo nuevas elecciones en junio y esta vez la gente sí que fue a votar. El partido de Sheij Hasina obtuvo 176 escaños frente a los 113 del BJD. ¡Por fin podría gobernar!
Lo primero que hizo Sheij Hasina en su mandato fue clamar venganza. En noviembre de 1996 el parlamento abrogó la ley que confería inmunidad a los asesinos de la familia de Hasina. En noviembre de 1998 los 15 ex-oficiales del Ejército envueltos en el crimen fueron fusilados.
Venganzas aparte, Hasina fue una Primera Ministra concienzuda, que centró sus esfuerzos en un desarrollo económico ordenado del país. Fomentó las exportaciones de textiles, promovió la cooperación con los países vecinos y logró contener la inflación. Y eso a pesar de un ciclón devastador en 1998, del problema de la contaminación por arsénico del agua y de una demografía disparada (en aquel entonces 127 millones de habitantes en una extensión semejante a la del Benelux, con la diferencia de que Bangladesh no es el Benelux, sino un país tercermundista situado en el delta de un río y con una elevación mínima sobre el nivel del mar. Hoy en día la densidad del país es de 912 habitantes por kilómetro cuadrado; si uno extiende los brazos por pura cuestión de estadística lo más probable es que golpee a alguien).
En cuanto Jaleda hubo recuperado sus fuerzas, se dijo: “Me las hiciste pasar putas durante mi mandato. ¡Te vas a enterar!” Desde comienzos de 1997 el BJD empezó a incitar algaradas callejeras y huelgas. Acusaban a Sheij Hasina de corrupta, ineficiente, antidemocrática y sumisa a la India. Lo último es algo que jode en Bangla Desh, casi como decirle a un italiano que no le gusta la pasta. El insulto se lo lanzaron a Hasina porque había firmado varios tratados con la India y había seguido una línea conciliadora con dicho país. Línea inteligente, cuando se comparan los tamaños de ambos países y se piensa que una buena parte de Bangla Desh está compuesta por el delta del Brahmaputra, cuyas fuentes y mayor parte del recorrido son controladas por la India.
Al igual que Jaleda antes, Hasina se resistió con todas sus fuerzas a adelantar las elecciones y llegó renqueante al término de su mandato. En las elecciones de octubre de 2001 cambiaron las tornas y el BJD ganó con el 47% de los votos. Esto empieza a parecerse cada vez más a ese Pakistán en el que Benazir Bhutto y Nawaz Sharif no paraban de turnarse en el poder.
Jaleda consiguió 194 de los 300 escaños del parlamento e hizo lo que hubiera hecho cualquier otro con una mayoría tan amplia: abusar. En esos momentos estaba muy próxima a su hijo Tarique Rahman, que funcionaba como una especie de asesor político. Así que al formar gobierno no sólo había que colocar a los amigos de ella, sino también a los de él. Por suerte los gobiernos son como los chicles, que se estiran tanto como haga falta. El de Jaleda se estiró hasta que cupieron 60 amigos, amigotes y amiguetes. Lo divertido fue que Tarique procuró que las Subsecretarías y las Secretarías de Estado las ocupasen sus leales y así se llegó al despropósito de que en los Ministerios los números dos y tres mandaban más que los Ministros titulares.
Sheij Hasina se tomó fatal su derrota. Impugnó los resultados, alegando fraude, aunque todos los observadores estaban de acuerdo en que las elecciones habían sido limpias. Jaleda Zia se tomó fatal su victoria, aparte de preparar a su hijo Tarique para que fuese su sucesor político, desencadenó una vendetta política contra la Liga Awami de Sheij Hasina.
De todo lo que se podría contar del segundo mandato de Jaleda Zia, me quedo con tres cosas. La primera es que la inflación subió. La segunda es que para combatir la criminalidad y las mafias creó una Brigada de Acción Rápida (BAR); de pronto muchos pequeños criminales empezaron a caer víctimas de “un cruce de fuego con el BAR”, lo que en otros países se hubiera denominado: “una ejecución extrajudicial”. La tercera es que al menos Bangla Desh logró el número uno en una categoría: fue declarado el país más corrupto del mundo.
Jaleda Zia dimitió el 29 de octubre de 2006 para dar paso a un gobierno interino. Los políticos bangladeshis desconfían tanto de las dos damas, que introdujeron una enmienda constitucional por la cual es un gobierno interino el que debe preparar las elecciones y dar paso al gobierno que salga de ellas. Con eso se asegura la neutralidad del proceso electoral y que Jaleda Zia y Sheij Hasina no se tiren de los pelos en la ceremonia de traspaso de poderes.
El gobierno interino estuvo encabezado por Iajuddin Ahmed. Desde el primer día tuvo que enfrentarse a la Liga Awami, que les acusó a él y a la Comisión Electoral de favorecer a Jaleda Zia y dijo que no se presentaría a las elecciones a menos que se garantizase su limpieza. Para terminar de fastidiar pidió también que se castigase a los Ministros y funcionarios corruptos del anterior gobierno. Iajuddin Ahmed reaccionó como el marido que lleva tres horas oyendo a su mujer lo del cubo de la basura. “¡Está bien! ¡Me voy a echarla!”. Eso mismo dijo: “¡Me voy!” Lo reemplazó Fakhruddin Ahmed que, como era duro de oído, tenía más aguante.
Fakhruddin, además de duro de oído, debía de tener su genio. El 11 de enero de 2007 impuso el estado de emergencia y suspendió las elecciones que hubieran debido celebrarse el 22 de enero. Tal vez pensase que para que salieran elegidas o bien Jaleda o bien Hasina no merecía la pena tanto dispendio.
El gobierno interino inició una campaña anticorrupción y pronto la cárcel de Dhaka empezó a parecer un consejo de ministros: siete ex-ministros y siete altos cargos la visitaron de forma permanente desde febrero. La estrategia para reformar la vida política bangladeshi hubo quien la denominó la estrategia “menos dos”, o sea una política consistente en ocuparse de los anhelos reformadores de todos los bangladeshis, excluidas dos personas. No resulta muy díficil imaginarse de quiénes se trata.
Al comienzo el gobierno interino intentó decirles lo de: “Este país es demasiado pequeño para que quepamos todos” (lo cual en Bangla Desh es bastante cierto) e invitarlas a que se marcharan. Pensar que cederían, era no haber seguido su trayectoria política en los últimos veinte años.
Viendo que no cedían, el gobierno encarceló a Sheij Hasina por un delito de extorsión a un empresario cuando estaba en el poder y a Jaleda Zia por corrupción. Tiene ironía imaginarse a las dos rivales encerradas en sendas celdas y separadas sólo por un tabique. Podría hacerse una película con sus andanzas. El título sería “Dos mujeres y un destino” y las protagonistas Loles León y Chus Lampreave, que además se les parecen un poco.
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